—Sí, hija mía; ¿pues cómo he de morir yo? —replicó Torralba consternado de dientes afuera, acariciando el crucifijo que la moribunda tenía entre sus flacas manos—. ¿Cómo ha de morir el que ha vivido católico a macha-martillo y ferviente soldado de la Iglesia?...
La señora trató de echar de su boca una queja, una frase; pero no salieron más que las primeras gotas:
—Sí; pero...
Minutos después entraba en la opaca región del Limbo.
De Torralba se decía que por docenas contaba los hijos naturales. Mas no era cierto. Esposas artificiales o esposas ajenas sí tuvo en gran número; pero muy rara vez pudo la opinión burlar el sigilo de sus aventuras, pues nadie le igualó en cultivar el arte de las apariencias. Frecuentaba los actos cultuales de ostentación pontificia, y en sus paseos acompañábanle frailones extranjeros bien vestidos, o caballeros ignacianos de capa corta. En los demás órdenes de la vida social, principalmente en el económico, era don Juan correctísimo, ayudándole a ello la cuantía de las saneadas rentas que disfrutó y heredó de su entontecida esposa.
El triunfante caballero de Cristo gastaba en su persona y en sus recónditos recreos tan solo un tercio de sus rentas; lo demás lo capitalizaba, formando una pella que sabe Dios para quién sería. No debía un céntimo; solo tenía deudas con el Altísimo, de quien hablaba como se habla de un amigo de confianza. Debíale su conciencia, pues, con todo su catolicismo, Torralba se daba sus mañas para reducir los actos de penitencia a una hueca fórmula. Pero ya se arreglaría con su amigo el Altísimo cuando le llamaran a ocupar un asiento en el tren del otro mundo. Ya sabemos que ciertos privilegiados van a la eternidad en tren de lujo con sleeping-car y coche-comedor. Al despedirse de la vida en el fúnebre andén, dejando sus riquezas aplicadas al servicio de Dios, se les da billete de paso libre al Paraíso, sin las molestias de Fielato, Aduana o Almotacén anímico.
III
Donde se verá el interesante coloquio del caballero Tarsis con sus amigos.
Gabinete con desordenada elegancia. Puertas que comunican por aquí con el baño; por acá, con un salón que se supone más ordenado que lo que está a la vista; por acullá, con el entra-y-sal de los que visitan.
Torralba. (Sentado junto a Tarsis, que no está vestido ni desnudo.)—No he venido a reñirte... No es cristiano reñir al necesitado, a quien no podemos auxiliar. Practico las obras de misericordia consolando al triste y visitando al enfermo, que enfermo estás de la voluntad, y diciéndote: Hijo mío, te compadezco; hijo mío, deploro tu desdicha, que es como decir que la lloro. Pero llorándola no puedo remediarla. Hacienda tuviste y hacienda tienes, aunque mermada por tus desaciertos... Con Bálsamo te basta para ordenar tus asuntos, si quieres hacerlo. Bálsamo es un águila de la administración. Haz lo que él te diga; sométete a su tratamiento, y te salvarás.