—Buen hombre, si llevas que comer, vete a Matalebreras, y si no, pasa de largo, que en ese pueblo no ven en el forastero más que mismamente un ladrón que llega y les quita lo poco que tienen de comer. En dos puñaleras funciones que hemos dado, no hemos visto la cara de ninguna moneda del Rey, si no es la roña de ochavos morunos... Y no faltan pudientes; pero nos han tomado por gentuza que trae acá la corrumpición de los pueblos y el turriburri contra la religión...
Y el otro, colérico y vociferante, siguió así:
—Vinieron dos cuervos, alcalde y curángano, a decirnos que si no ahuecábamos pronto, nuestras costillas lo habían de sentir.
Bajo la curva del toldo dejáronse ver, agachándose, las dos mujeres desgreñadas y pitañosas. La una, que no era joven ni bonita, y aún conservaba en sus mejillas flácidas manchurrones del almagre y blanquete de la noche anterior, metió para adentro a la mona que allí estaba tomando el fresco, y soltó la catarrosa voz a estos bárbaros improperios:
—Oiga, joven, ¿va usté a esa Mataliebres o Matachinches? Diga de mi parte al reladronazo del alcalde que me voy con las ganas de pasearme por encima de sus tripas y de machacarle las ternillas... Y a ese judío del cura dígale que me chincho en su corona, y que se vaya a descomulgar a la perra de su madre.
La otra mujer, que en sus brazos había cogido a la mona y cuidadosamente la espulgaba, soltó después los clamores de su ira diciendo:
—¡Pueblo iznorante y farisón! Pa esos gansos, el arte no es nada... To’l dinero pa misas, y los probes artistas que ladremos de hambre.
Gil les consoló con medias palabras; gruñeron y blasfemaron los dos hombres; el jefe de la cuadrilla dio por terminado el descanso de sus burros; rechinó el carricoche. Con una despedida campechana se separaron, y Gil siguió su camino, lastimado del desavío de aquella pobre gente.
Avanzado el día, alto ya el padre sol, que acariciaba con sus rayos las espaldas del caminante, este llegó a las primeras casas de Matalebreras, y como en aquel punto sintiese cercano rodar de carros, pensó que serían los de la caravana de Pascuala y sus tíos. Escondiose tras de un espeso matorro para verlos pasar, y en efecto ellos eran. En el delantero alcanzó a ver el rostro ideal de Cintia, y la desapacible carátula de don Saturio amparada de un ancho sombrero; vio sus manos nudosas con guantes de lana, apoyadas en el puño de un recio bastón... Tras ellos asomaba el rostro afligido y siniestro de Baltasara. En el carro zaguero iba un hombre desconocido, entre colchones, trebejos y calderería. La familia desgraciada llevaba consigo todo su ajuar, que era bien pobre.
Viéndoles internarse en el pueblo, recordó Gil noticias que le dio Pascuala del enfadoso don Saturio. Acariciaba este infeliz señor en su cacumen la manía de que las sierras del Madero y del Almuerzo guardaban en sus entrañas riquísimos minerales de plata y oro, y de bermellón o cinabrio. No había más que abrir las peñas y hozar un poco en las tierras para encontrar tesoros tales, y bajo la seguridad de estas riquezas se escondía el barrunto de que, buscando plata, se encontraran esmeraldas y rubíes. Más de una vez derrochó sus mermados cuartejos en abrir pozos y calicatas de que no sacó nada valioso, ni siquiera la joya de su desengaño. Cuanto más vencido, más aferrado a su loca ilusión.