Pensaba Gil que tal vez don Saturio y su caravana se detendrían en Matalebreras, patria verdadera o fingida de la sin par Pascuala, y no atreviéndose a entrar en el pueblo, temeroso de ser tratado en él como lo fueron los desdichados saltimbanquis, se situó a la salida, por donde a su parecer habían de pasar los viajeros cuando siguieran a Suellacabras... Serían las cuatro cuando Gil, escondido tras una cabaña en ruinas, vio aparecer los dos carros de la caravana, despacito, acomodándose al paso de varias personas que salían a despedirla. Entre ellas vio Gil a un cura inflado y de buen año, que debía de ser el mismo de quien la desesperada titiritera habló con ira y desprecio; a otro sujeto muy suelto de ademanes, que era sin duda el alcalde, y una pareja de humildísimo pelaje, que bien podía ser de las nobles alcurnias de Borjabad o de Arabiana. Les siguió con la vista, hasta que en un repecho se dieron los adioses. Ocultose Gil en espesura cercana, y hasta que se vio rodeado de intensa soledad campestre no emprendió su camino.
Aproximándose a una sierra, a ratos oía Gil el rechinar de los carros, a ratos no, según la vuelta que llevaban en los escalonados alcores. Así anduvo toda la tarde, y a punto de anochecer, se fue metiendo en espeso pinar. Pensó el encantado caballero que andando de noche por aquel misterioso bosque se perdería; mas sin arredrarse por ello, penetró más y más pinos adentro, sin que la negrura de la selva ni la quejumbre dolorida del viento en aquellas bóvedas le impusieran temor. Ya le rendía el cansancio, cuando sintió sobre la hojarasca resbaladiza pasos que no eran de bestias, sino de un activo caminante... Le vio venir; fuese a él, diciéndole:
—Buen amigo, ¿voy bien por aquí a Suellacabras?
Y el desconocido, sin detenerse, le respondió con buen modo:
—El mismo camino llevo yo. Paréceme que es usted nuevo en esta tierra. Yo me la sé de memoria. Óigame: aun andando sin parar toda la noche no llegará usted a Suellacabras antes de amanecer. Hay que tomarlo con calma. Del pinar saldremos pronto; sigue una nava no muy grande; luego un monte de hayas, boj y madroñera. Iremos juntos, y si usted no tiene demasiada prisa, descansaremos en un chozal de carboneros a media legua de aquí.
Agradó a Gil la cortesía del andarín. Pegada la hebra con franqueza locuaz por una parte y otra, no tardaron en hablarse como amigos:
—Yo vengo de Ágreda, y voy a Suellacabras en busca de trabajo...
—Yo soy mercader ambulante que vengo de media España, y a media España voy. Llevo a cuestas mi comercio por dos razones: porque me ha quedado poco género, y porque en Aldea del Pozo se me murió tres días ha la borriquilla que era mi tren de mercancías.
Oyendo esto, advirtió Gil que su compañero de camino, a más del envoltorio colgado a la espalda como mochila, llevaba sobre el hombro izquierdo un animalejo que al pronto le pareció ratón grandísimo, y luego vio que era ardilla, atada de una larga cuerda que el buhonero liaba en su brazo derecho. A ratos, volvía el hombre su rostro hacia la mansa bestezuela, y pasándole la mano por el lomo le decía palabras de paternal ternura... Mas como hablador descosido, su mayor gusto era platicar con el compañero de viaje.
—Si se puede saber, dígame, buen amigo, en qué trabaja usted y qué oficio tiene.