Mostrose Cíbico en tan buena disposición para secundar los planes del amigo, que este se aventuró a proponerle mediación o tercería para comunicarse con la bella moza. Gil se mantendría escondido en cualquier hostal o parador, y Cíbico, con el mete y saca de su ambulante comercio, podría llevar y traer esquelas o recaditos.
Brillaban con cierta malicia rufianesca los ojos de Bartolito cuando dijo:
—Sí, sí: lo haré de muy buena conformidad, porque a ese tío le tengo yo gana por una judiada que me hizo el año pasado, y aguardaba yo coyuntura de cobrársela. Ahora es la mía. El viejo carcamal, desesperado de no encontrar oro ni diamantes, quiere hacer negocio con la California de su sobrina. Pues ahora nos veremos. Hoy mismo, amigo Gil, empezaremos a trabajar el negocio. Don Saturio estará alojado en casa de esos que llaman los Almuerzos. Pues allá me voy con mis pacotillas, echando por delante toda mi agudeza. Y para que se entere usted de quién es ese tío marrullero, oiga este golpe. Diez meses ha, me encargó una lente de gran aumento, de esas que llaman lupas, para examinar los granitos y polvitos que a él le parecen de oro. En Zaragoza compré la lente, y era tal que con ella veía usted los pelos del sobaco de una pulga... Se la traje... y el muy pindonguero, después de usarla muchos días, no quiso pagármela. Díjome que se había enfermado de la vista, porque el cristal tenía maleficio y qué sé yo qué. Resultado: que ni me pagaba, ni me devolvía el artículo... Lo que digo: hoy mismo empezamos.
—Yo le quedaré a usted muy agradecido, señor Cíbico —dijo el mozo con timidez—, y si salimos triunfantes, le recompensaré... Hoy habría de ser con alguna cortedad, porque ando escaso de moneda; mañana, otro día...
—¡Oh! no hablemos de eso —replicó el mercachifle con voz y ademanes de delicadeza—. Ya nos entenderemos... y lo que usted dice: a triunfar, a reventar a ese pelma y deshacerle la combinación. Bien veo yo, y perdone... bien veo que usted no es un cualquiera. Me ha dado en la nariz que aquí hay principalía, que debajo de un Gil hay un Torongil... ¿No me entiende?... Hágame el favor de enseñarme sus manos.
Mostró el caballero sus manos, y el ladino Bartolo las tocó, y apreció su dureza y callosidades. Después hizo lo propio en el antebrazo, apretándolo para enterarse de la tensión acerada del bíceps. Hecho esto, y clavando en Gil sus ojuelos vivarachos, le dijo:
—Amiguito, las manos y brazos son de cavador o de cantero; pero la cara, el mirar, el habla, son de otra calidad, son de otra encarnadura. A mí no me la da nadie. Soy perro viejo, que ha visto mucho mundo... Debajo del sayal hay al... y punto... Ya hablaremos, señor don Gil.
Diciendo esto, dio a la ardilla todo el largo de cuerda, que era como unas varas de libertad. Subiose el animal a un árbol con graciosa presteza, y después de brincar de rama en rama, persiguiendo los pajarillos, estuvo espulgándose y limpiándose el hocico hasta que el amo la llamó a su amorosa tutela, mostrándole cortezas de pan:
—Ven, rica... Venga mi paniquesa bonita y salada... Baja, toma... ¡Ay, qué juguetona y qué enredadora es la niña de su padre!
Llegáronse cautelosos hasta las primeras casas del pueblo, y en una de estas, que era casa de amigos, aposentó Bartolo a Gil, encareciendo la familiar asistencia. Luego partió a su correría mercantil, y tan diligente estuvo en lo tocante al negocio del amigo, que a media tarde le llevó noticias de su novia.