—Entré en la casa de sus primos, y mi buena estrella me deparó el ver a Pascualita. Me compró unas peinas que no pienso cobrarle. Después, aprovechando un momento en que nos quedamos solos, le hablé de Gil. Se puso muy colorada. Yo le dije que estaba usted en lugar seguro... y ella mudó de color; díjome que su tío... ¡Porra, qué tío!... «Pues sabrá usted que don Saturio se avistó esta mañana con el Gaitín que vive en Suellacabras, y concertaron que la Guardia civil le prenda a usted por vago, y le lleve atado codo con codo: ¿a dónde? ya no me acuerdo.» Esto me lo dijo la niña secreteando... Apareció la tía con su cara de alcuza y no pudimos hablar más. No hay que apurarse, amigo. Aquí no han de cogerle. La gente de esta casa es de toda confianza... Ahora voy a dar una vuelta por el pueblo, a ver si cobro algunos picos... Le traeré a usted una cédula; rompe la suya, y toma con nueva cédula otro nombre.

Intranquilo estuvo Gil hasta la noche y hora en que Cíbico le llevó con la cédula noticias peores. Había vuelto a la casa de Pascuala, que aterrada y trémula le entregó este mensaje, rápida y nerviosamente escrito en un papelejo: «Vete corriendo de aquí, y lleva la cédula que te dará Bartolo... Escóndete de Guardia civil... Irás vuelta de Soria rodeo largo. En Soria estaremos viernes. Bartolito darate señas... Bartolito amigo bueno... Bartol...» No siguió escribiendo... Gran susto... Oyose el carraspeo de don Saturio como una tempestad cercana.

XIII

Prosiguiendo en su vaga peregrinación, el encantado caballero va camino de Numancia.

Ganada la confianza con el largo palique, Bartolo y Gil llegaron a tutearse.

—Fíate de mí —dijo el pacotillero, dejando ambos los duros colchones a punto de amanecer—. Tú sales ahora, y yo contigo para llevarte, con el resguardo de mi persona bien acreditada, hasta las ruinas de un castillo de Templarios que tenemos como a un cuarto de legua. Allí te guareces; allí me esperas, pues acá me vuelvo a despachar mis cobranzas y recibir encargos. Al mediodía nos reuniremos para encaminarnos despacito hacia un pueblo de pesca que llaman Renieblas, donde tengo trabajo lo menos para tres días. Tú sigues por las veredas que te indicaré, bien apartadas del camino donde podrás encontrar los malditos tricornios. Y si los encontrares, fíate de tu cédula y no corras, aunque no esté bien decir de la cédula lo que de la Virgen decimos; y si apurado te vieres, te haces pasar por criado mío, que para esa comedia te daré un paquetito de medallas del Pilar, dirigido al ama del cura de Santiago, que las revende en su iglesia... y así vivimos todos.

Conforme al plan ideado por el sagaz Paniquesero, Gil pasó la mañana en los Templarios, esqueleto de rotos muros, que parecía maldecir y apostrofar a la dormida soledad que le rodeaba. Entretúvose el mozo en mirar el circular revuelo de las aves que allí tenían sus nidos, grajas, chovas y cernícalos, dueñas de las altas piedras y del aire. Creía encontrarse en un país inhabitado, o en el cementerio de una nación que ni memoria de sus hijos dejara. Fuera de algún pastor de cabras que conducía su rebaño a los zarzales y a las peñas revestidas de silvestres enredaderas, no vio alma viviente en aquellos contornos. Solo con su imaginación, Gil abandonaba el paisaje y las ruinas para pensar en su amor y en la bella Cintia, de quien le separaban, a su parecer, distancias inconmensurables y siglos de tiempo. Y adormido en sus añoranzas, le venían a la memoria los versos idílicos que el zagal Rodrigacho solía cantar en la majada guiando a sus ovejas en busca de mejor pasto. Era el tal Rodrigacho un poco poeta y erudito memorioso de versos pastoriles. Gil se los hacía repetir, y algunos se le quedaron en la memoria. Recostado entre las ruinas y puesto el pensamiento en su augusta dama, murmuraba: «Oh Venus, dea graciosa, — a ti quiero y a ti llamo...» Recordando otra canción muy lastimera, decía: «Bien sé que me ha de acabar — el dolor de esta partida, — que de verme y veros ida, — me ha tanto de lastimar — que en ello pierda la vida... ¡Ijujú!»

Llegó puntual a las doce el hombre inquieto y ágil con el animalejo que era su insignia en el palenque de la vida. Traía ración sobrada de fiambres y una mediana bota de vino, con lo que hicieron mesa de un peñasco plano y se sentaron a comer. Bartolo, que comiendo en sociedad honraba siempre el nombre de su pueblo natal, Taravilla, extremó aquel día su locuacidad, aprovechándose de que Gil medio se aletargaba en melancolías taciturnas. De la viva charla del buhonero se extracta lo siguiente:

—Si eres despejado y no pierdes la sangre fría, podrás zafarte de la Guardia civil. Hazte el valiente, aunque no lo seas, y si te cogen, di que te quejarás al señor Gaitín, o que pidan informes de ti a cualquier Gaitín, porque aquí no hay más ley que el capricho y el me da la gana de esa familia. Los alcaldes son suyos, suyos los secretarios de Ayuntamiento, suyos el cura y el pindonguero juez, ya sea municipal, ya de primera instancia. Como te coja entre ojos un Gaitín, encomiéndate a Dios... Porque aquí decimos que hay leyes, y mentamos la Constitución cuando nos vemos pisoteados por la autoridad. Nombrar esas cosas es como si cuando te estás ahogando en un río pidieras botas de montar. Los tiranos que aquí se llaman Gaitines, en otra tierra de España se llaman Gaitanes o Gaitones... Pero todos son lo mismo. Y para poder bandearme entre ellos, ando yo en esta vida vagabunda. No puedes ni respirar si no estás bien con el alcalde, con el juez, con la Guardia civil, con el cura. Y aquí me tienes que vivo con todos, es decir, que les engaño a todos. ¿Te vas enterando?

Replicó Gil que algo sabía ya del caso, y el de la ardilla prosiguió así: