—Aquí vivimos de mentiras. Decimos que ya no hay Esclavitud. Mentira: hay Esclavitud. Decimos que no hay Inquisición. Mentira: hay Inquisición. Decimos que ha venido la Libertad. Mentira: la Libertad no ha venido, y se está por allá muerta de risa... Verás un caso: había en Matalebreras un pobre labrador con familia, buen hombre... Pero le dio la ventolera por no querer ir a misa. Pues ha tenido que malbaratar su tierra, tomando lo que han querido darle, y salir pitando para las Américas. Te contaría mil casos; pero tú los irás viendo, si ya no los has visto... El que quiera vivir aquí en paz, tiene que hacer lo que hago yo, y es ponerse al son y al gusto de cada uno. Yo engaño al cura metiéndome a ratos en la iglesia... y venga rezar, y vengan golpes de pecho que se oyen en Jerusalén; yo le bailo el agua al alcalde alabándole cuantos desatinos hace, y a la esposa del juez municipal y a las señoras de los Gaitines les vendo con rebaja de un veinticinco por ciento. Gracias a este ten con ten, vivo y como... Pues tú, como no hagas lo mismo, trabajillo ha de costarte sacar a Pascualita de las uñas lagartijeras de don Saturio... Sutileza, hipocresía y engaño has de emplear antes que la fuerza.
No estaba conforme Gil con la flexibilidad reptante de su amigo, y más le gustara ir por derecho al asedio y toma de Cintia. Engolfado en estas ideas, solo prestó vaga atención a la charla del buhonero, y toda su alma iba en persecución de la imagen y alma de la Madre, pidiéndole auxilio para triunfar de la ímproba realidad. Encantado él, encantada Cintia, hallábanse bajo el imperio de la soberana Encantadora, y de esta dependía el que ambos vivieran gozosos o muriesen de pena... Y cuando emprendieron la marcha por veredas y atajos en dirección de Renieblas, Gil no tenía pensamiento más que para la invocación a la Madre, ni ojos más que para buscarla en una revuelta del sendero, o suponerla en acecho tras de la peña formidable o el espeso matojo. Su compañero a ratos le preguntaba:
—¿Qué miras, qué oyes?
Y él respondía:
—Oigo y veo lo que quisiera ver y oír...
Respetaba Cíbico estos nebulosos conceptos considerándolos rarezas del que tenía por hombre superior en calidad y entendimiento. «Es un león oprimido —se decía—, y yo el ratoncillo travieso que puede hacerle un buen recaudo.»
Renieblas era el último pueblo del mundo, o el más distante moralmente de la civilización hispánica; mas no por esto disfrutaba de mayor paz y felicidad, porque allí también llegaba el apestoso influjo de la familia gaitinesca. Alojáronse los viajeros en una casa humilde, y en ella tuvo Gil, a la siguiente mañana, ilusión tan intensa de ver a la Madre y de recibir muy de cerca su soberano aliento, que ello fue como la misma realidad... Dando a su amigo las últimas instrucciones y consejos antes de separarse, el hombre industrioso y ardillesco le dijo:
—Tengo que despachar aquí algunas baratijas, y cobrar lo que me deben del viaje pasado; luego me iré a Buitrago, donde pienso colocarle al cura unos Evangelios y Reglas de San Benito para preservar de enfermedades al ganado y personas. Tú, antes de ir a Soria, debes parar en Numancia, que según veo te llama y atrae con un son de poesía: allí puedes entretenerte viendo las cavas que hacen para desenterrar el cuerpo de la ciudad que tanta fama ganó con su valor.
—Sí, sí: iré a Numancia —dijo el encantado—, donde, seguro, seguro, encontraré a la Madre.
—Las Madres Concepcionistas no estarán allí: las encontrarás en Soria, junto a la parroquia de San Clemente. Te lo digo por si la Madre que buscas fuera de esas... Las de San Vicente están en la Beneficencia. También te digo que si en Numancia te dieran trabajo en las excavaciones, debes ajustarte y coger pala y picachón, que así ganarás algún dinero, y esperarás a que yo me junte contigo para llevarte a Soria... Yo he de ir allá, que en aquellas ruinas sagradas tengo un negocio de que no te hablé todavía; pero ya es llegada la ocasión de ponerte en autos. Bien podría ser que nos asociáramos para una granjería que da más que las minas soñadas del mamarracho de don Saturio... Ven acá, y sentémonos en este arcón.