Dijo esto echando mano al bolsillo interior de su zamarra, de donde sacó un lío de periódicos, y de entre ellos una carterita sebosa. Viva curiosidad movió a Gil, que fue derecho a sentarse junto a Bartolo. Este desprendió el elástico que sujetaba la cartera, y con solemnidad religiosa mostró al mozo los peregrinos objetos que en ella guardaba. Silencio en los dos. La cara de Cíbico era toda orgullo comercial; la de Gil sorpresa y admiración...
—¿Qué me dices de esto? Aquí tienes medallas, monedas, camafeos... Proceden de Clunia, la ciudad romana que está soterrada en un poblacho que llaman Coruña del Conde. Los aldeanos que arando descubren estas preciosidades, las llaman chanflos del moro... Antes las vendían por cuatro o cinco cuartos. Hoy han abierto el ojo y piden más. ¿Ves este ópalo que tiene grabado un ciervo? Pues uno como este compré yo por dos pesetas, y en Zaragoza lo vendí en catorce duros. ¿Ves esta moneda de plata con letras que dicen Aug. Divi. Fi... y qué sé yo qué? Pues me la dieron por tres pesetas, y yo no la suelto por menos de cinco duros. Este medalloncito de piedra onix con un guerrero que lleva escudo y lanza, lo guardo para un marchante muy entendido que lo tendrá si afloja veinticinco duros.
El acto de mostrar Bartolo las monedas y camafeos fue el momento psíquico en que Gil tuvo la perfecta ilusión de la presencia de la Madre. No solo apreciaba su aliento cálido que le azotaba el rostro, sino que la vio inclinada entre los dos amigos, casi tocando con su cabeza a la de ellos, en figura corpórea, no tan diáfana como la de los espectros. A tanto llegó su alucinación, que se le escapó decir:
—¿Verdad que es bonito, Madre?
Y también creyó que la Señora sonreía como burlándose del traficante en polvo de los siglos muertos.
Luego Bartolo siguió así:
—Estas monedas de cobre y de plata son de Numancia. Proceden, no de la ciudad, sino del Campo Romano. Adquirí el año pasado una moneda celtíbera de cobre que me valió treinta y dos duros, o sea dos onzas... Conque ya ves si esto es buena ganga. ¿Creías tú que yo no trabajaba más que en ovillitos de algodón y en peines de a real?... Pues ahora, conociendo lo listo que eres, no necesito decirte que si te admiten en las excavaciones, y moviendo tierra ves que salta una moneda o medalloncito, no lo des al encargado, sino lo apañas con disimulo, me lo entregas, y de la ganancia que hubiere, mitad tú, mitad yo... No te digo que hagas lo mismo con alguna jícara o puchero que te saltara de entre los terrones, porque esto ya es más difícil de guardar... Tú a lo nuestro: ojo a las chapas, a los anillos, a los amuletos que aquellas pindongas romanas se colgaban entre los pechos...
Admirado Gil de no ver a la Madre, y buscándola con sus miradas en toda la pieza, nada contestó al pacotillero, el cual guardaba sus preciosas chucherías con avara solemnidad.
Al despedir a Gil antes de media mañana, llevole a la margen del pueblo por el Norte, y le señaló el camino que había de seguir:
—Remontas esta loma, y antes de llegar al primer caserío, tuerces a mano izquierda y te metes en un páramo... Adelante, adelante por el páramo... Traspasas un cerro, luego otro cerro, y a la bajada de este te encuentras en Garray, que es como decir en Numancia.