Salió andando Gil con veloz carrera, semejante, a su parecer, a la que llevaba cuando traspasó las cimas de Urbión agarrado al velo de la Madre. Pronto le dijo su cansancio que iba por su pie, y no conducido por ninguna fuerza sobrenatural. «No viene, no viene conmigo —se decía desalentado, revolviendo en torno suyo ansiosas miradas—. No la veo, no la oigo... Seguiré solo hasta Numancia, que es su casa y su trono.» Con esta ilusión avanzó en su camino, sin hallar persona viva. Era una región solitaria, en la que Gil no encontraba más que la huella invisible de la Historia, y gráficas huellas de rebaños. Y reconociéndose solo, también se reconocía sin albedrío para proceder libremente. Sentíase sujeto por duras cadenas a una fatalidad misteriosa, y esta le llevaba por donde iba... No podría, no, dirigirse a otra parte. Lo más extraño era que su gusto y la fatalidad obraban en armonía perfecta, es decir, que era esclavo y gustaba de la esclavitud.

Toda la mañana anduvo sin novedad, y cuando apechugaba con el primero de los collados que le indicó Bartolito, vio que del Poniente, o más bien del Sudoeste, venía un cálido viento que levantaba negras nubes de aquella parte, tapando el sol a ratos, a ratos descubriéndolo. Truenos lejanos pronunciaban un alerta terrorífico. Siguió su marcha, y cuando descendía por pedregosas veredas a un barranco, que parecía copia del valle de Josaphat, el cielo tomó color plomizo; la nube cerró el paso a los rayos del sol, y el viento ardoroso sopló con más fuerza disparando goterones que al caer en tierra sonaban como balas. Claridades lívidas y pavorosas cruzaban por los aires, y el trueno chasqueante y repercutiente seguía las huellas del relámpago con intervalo brevísimo. Buscó Gil dónde guarecerse; pero solo encontró un peñasco que era en verdad el peor paraguas que pudiera imaginarse. Sobre el pobre Gil descargó un diluvio de granizo, del cual se defendió con el improvisado escudo de sus manos. En la rauda iluminación de los chispazos eléctricos, que en el aire describían las figuras geométricas más peregrinas y aterradoras, creyó ver Gil una silueta de mujer inconfundible con ninguna otra, y en su paroxismo de terror gritó:

—¡Madre mía, socórreme!

Debió de socorrerle la excelsa Señora, porque salió ileso del horrible pedrisco. Sobre él cayeron cantos de hielo, que empezaron garbanzos, luego fueron nueces, y por fin huevos de gallina de los de dos yemas... Pasó la nube, y el pobre mozo siguió escotero, apechugando con el segundo collado, por donde debía pasar de un barranco a otro. Andaba de prisa; iba en dirección contraria de la que llevaba el temporal; pero allá por Occidente, tirando al Sur, veía un segundo escuadrón de nubes, como segundo cuerpo de un grande ejército que acabaría de invadir el cielo en lo restante del día. Calado hasta los huesos, avivó el paso, y al llegar al caballete de donde veía la hondonada oscura, buscó con inquieta mirada un paredón o casucha donde abrigarse del nuevo diluvio que le amenazaba. Encaminose a una ermita en ruinas, y allí esperó el segundo chaparrón de agua y granizo, que no fue menos violento y azotador que el primero, y también acompañado de pirotecnia de relámpagos y de estrepitosa sinfonía de truenos. No abandonó aquel amparo hasta que las horripilantes nubes descargaron toda la furia que llevaban en sus entrañas.

Ya se venía encima la noche cuando Gil emprendió de nuevo la marcha por una pendiente en cuyo fondo no veía más que negruras informes. El suelo bajaba con él; piedras y hielo resbalaban ante sus pies o con ellos juntamente; caía, se levantaba, patinaba, y hacía mil figuras y cabriolas. De este modo, medio descoyuntado de brazos y piernas, llegó a un llano, encharcado por la lluvia. Siguió en derechura de unas luces que a regular distancia vislumbraba. El pueblo de aquellas luces debía de ser Garray. El peregrino, sin reparar en estorbos de charcos o pedruscos, siguió en recta línea hasta que pudo distinguir un edificio grande y blanco, como enlucido de lechada de cal, reciente. La blancura y la luz le guiaban. La claridad salía de una anchurosa puerta, juntamente con ruido de humanas voces... Avido de abrigo y descanso, no vaciló en meterse bajo el primer techo que encontraba. Traspasó la puerta balbuciendo tímidamente una petición de permiso... Dijéronle: «Adelante»... Vio algunos hombres en pie, agrupados en derredor de una mesa. Sentados junto a esta, la vista fija en papeles y en montoncillos de dinero, había dos personas. La que Gil vio a su derecha se ocupaba en pagar a los hombres, que tenían trazas de jornaleros de obras públicas. El señor que estaba de frente no hacía más que inspeccionar la operación de pago y cobranza. Adelantose Gil desflorando una frase de cortesía, y antes de que acabara de pronunciarla, quedó absorto y mudo... El señor aquel que la mesa presidía era el eximio sabedor de antiguallas don José Augusto de Becerro.

El primer impulso del caballero fue acercarse a su amigo para verle de cerca y exclamar alborozado: «Hola, mi querido Augusto... ¿Tú aquí? ¿No me conoces? Soy Tarsis.» Pero su mismo instinto de esclavitud le contuvo. No debía ni podía manifestarse en tal forma, sino en la de un pobre jornalero del campo, que medio muerto de fatiga, tronzado por el pedrisco y la lluvia, demandaba hospitalidad, y si podía ser, trabajo en las ruinas, cavas o lo que hubiera.

XIV

De la increíble presencia del espíritu de Becerro en las gloriosas ruinas, y de sus hechos y dichos.

Con buenos modos acogieron al mozo, y no fue menester que este diera pormenores de su necesidad, pues harto la declaraban el rostro aterido y el peso de fango y agua que llevaba en su ropa. Becerro y el otro señor que hacía los pagos deliberaron un momento sobre si le admitían o no al trabajo, y entonces vio el caballero que del fondo de la estancia emergían dos guardias civiles levantándose de un banco. No les había visto antes por hallarse en pie frente a ellos los trabajadores que aún esperaban la paga. Cuando vio Gil que los guardias iban hacia él, tuvo un momento de turbación; pero pronto se rehizo. Metió mano al pecho, diciendo:

—Aquí tienen mi cédula. Florencio Cipión. Soy criado de Bartolo Cíbico, y quiero trabajar aquí, mientras él anda en su tráfico; que los tiempos están malos, y hay que buscar un pedazo de pan donde quiera que lo haya.