Los guardias no pusieron a Gil reparo alguno, y devolviéndole la cédula, dijo uno de ellos:
—¿Y dónde han quedado Corre-corre y su ardilla? Así le llamo, porque ese apodo le daban en Aranda, donde le conocí.
—En Renieblas dejé a mi amo —replicó Gil muy sereno—. Aquí le tendremos al fin de la semana.
—¡Vaya con el cuajo del tal Corre-corre! —dijo risueño el guardia—. Tiene que traerme unas postales, chicas guapas... Me aseguró que recalaría en Garray el 8, y estamos a 17...
—Pues postales de esas trae, con muchachas muy lindas, bailarinas y cantaoras que dan la desazón.
En esto, Becerro y el otro individuo decidieron admitir a Gil con jornal de diez reales, y que se le daría por aquella noche albergue en la sobrestantía: la cena por cuenta de él. Terminado el pago, fueron desfilando los trabajadores que vivían en otras casas del pueblo. Salieron también los guardias, dando las buenas noches, y quedaron solos con Gil el señor de Becerro, el pagador y un hombracho que parecía capataz. Mientras hablaban, observó con gozo el caballero encantado que su persona no despertaba sospechas.
Delante Augusto y el otro sujeto, detrás Gil y el capataz, pasaron los cuatro a otra habitación de planta baja, extensa y anchurosa crujía donde vio Tarsis, arrimados a la pared, ladrillos que debían de ser romanos o celtíberos, infinidad de piezas de cerámica o fragmentos de ellas, lápidas y vestigios mil de civilizaciones que fueron. A la izquierda estaba la estancia del gran Becerro, de quien se despidió el pagador para irse a su casa en el interior del pueblo. En el fondo, vio Gil dos puertas por donde venían olores de cocina y cháchara de mujeres. Mientras don Augusto se internaba pausadamente en su albergue, el capataz llevó a Gil hacia el fondo, y le señaló un cuarto para que en él metiera su hatillo y se mudara de ropa antes de cenar. Así lo hizo el encantado, y repuesto de su mojadura y quebranto, se reparó del hambre en buena compañía del hombracho y de las hacendosas mujeres. Salió después con el que ya era su amigo a fumar un cigarrillo en la gran crujía, y allí se abocaron con el sabio, que ya despachado había su frugal colación, y se paseaba despacito con las manos a la espalda. Sentados los dos hombres en un banco arrimado a la puerta, no esperaban más que a consumir el pitillo para ir a su descanso. Becerro, en su vagar lento, echaba miradas inquisitivas a Gil; de improviso se detuvo, y llamándole con gesto amable, le llevó a pasear con él.
Lo que hablaron, como toda voz pronunciada en aquel prístino escabel de la Historia, merece ser reproducido fielmente.
Becerro. (Poniendo en su rostro de chivo, cada día más ahilado y mustio, una sonrisa cortés.)—Dispénseme, buen hombre. Desde que le vi a usted en la sobrestantía, y ahora viéndole aquí, estoy batallando con mi memoria... Vamos, que la cara de usted no me es desconocida... yo le he visto a usted... ¿dónde? ¿cuándo? Pues no doy con ello... Mis dolencias me han dejado el cacumen harto desfallecido, y...
Tarsis. (Sereno, poniéndose al instante en situación con un ingenioso embuste.)—Verá usted, señor don Augusto, cómo yo le avivo la memoria. ¿No se acuerda del estuquista y vaciador de yesos que trabajó tan cerca de usted cuando decoramos con escayola la escocia y techo de la Exposición de artes medioevales? Florencio Cipión: ¿no se acuerda? Yo era el primer oficial de Torelli.