Becerro. (Examinándole el rostro muy de cerca, no despejado aún de sus dudas.)—¡Ah! sí... ya... El nombre de usted nunca lo supe. Cipión... ¡Qué coincidencia! ¡Llamarse usted como nuestro expugnador, Escipión! Le falta el cognomen, El Africano... Pues, efectivamente, ya voy recordando... la fisonomía, digo; que el nombre es nuevo para mí... ¿Y cómo ha venido usted a parar a estas soledades gloriosas?
Tarsis.—Rodando, señor, que el destino del pobre es rodar como esos cantos que fueron picudos, y con el rodar se vuelven lisos como huevos. Y usted, don Augusto, ¿está bien de salud? La última vez que tuve el gusto de verle, andaba usted medianillo.
Becerro.—¡Ay, no me diga!... Hallábame entonces en lo más agudo de un terrible ataque de neurastenia... ¡Qué noches, qué días! Entre mil aberraciones, padecí la de creerme encantado, y con poder para divertir a los demás jugando a los encantamientos recreativos.
Tarsis.—¿Y la Madre, dónde está? (Con todo su interés en los ojos.)
Becerro. (Atontado.)—¡La Madre!... Deje que me acuerde. Usted llama Madre a la que yo llamo Hermana mayor, que es aquella parte de la Historia patria que abraza desde la venida de los griegos hasta la caída de Numancia... Pues a esa Hermana debo mi curación. Sabrá usted que es amiga y familiar del Ministro... Ambos son de la misma edad... Mi excelente Hermana, o si usted quiere, Madre, tuvo la feliz idea de que cambiando de aires me pondría bueno; habló al Ministro, apretándole a que me diera una colocación en estas ruinas. El hombre estuvo pensándolo seis meses, y al cabo de ese tiempo y de otro tanto de expedientismo veloz, me trajeron acá. El destino que disfruto no es ninguna ganga. No tengo funciones técnicas, sino administrativas... Soy auxiliar de no sé quién... cobro del material... Pues aunque mi puesto es indecoroso y de cortísima remuneración, trabajo como un negro. Entre usted en ese cuarto, y verá mis planos, mi trabajo de reconstrucción, día por día, de los asedios que sufrió Numancia desde que a ella se acogieron los segedenses en el 153, antes de Jesucristo, hasta que quedó autodestruida... esa palabra empleo... en el 133...
Tarsis.—Y entretenido en esas tareas gratas, se ha curado usted de la neurastenia.
Becerro.—Sí, gracias a Dios... Estos aires, tan sanos como heroicos... la Historia alta, y llamo alta a la que nos cuenta las virtudes máximas; la Historia de altura es el mejor de los tónicos. Heme restablecido aquí. Ya no me queda más que un remusguillo del pasado achaque... Algunos días, cuando sopla ese viento que los griegos llamaban Apellotes, o aquel otro llamado Eurus, me siento un poquitín tocado. Ayer precisamente estuve todo el día estudiando la táctica y movimientos del primer expugnador de Numancia, Quinto Fulvio Novilio, el que trajo el escuadrón de elefantes... A estas bestias de gran calibre consagré yo mis cinco sentidos; las hice avanzar de tres en fondo sobre los numantinos; fijé el punto en que los animalitos, digo, animalotes, se espantaron, y volviendo grupas de improviso, llevaron la confusión y el desorden al campo romano... Pues anoche... Verá usted... salí a tomar el aire, y como de costumbre... me alejé... campo adelante. Hallábame tan despierto como ahora lo estoy, puede creérmelo... ¿Cuál no sería mi sorpresa al ver venir los elefantes desmandados, como le estoy viendo a usted ahora? Era un horror. Bajo las pisadas de aquellos monstruos temblaba la tierra... Quise huir, caí al suelo... Los terribles paquidermos pasaron sobre mí... Imagínese usted... Cada una de sus patas pesaba como una torre... ¡Ay, ay! testimonio de aquel desastre son los dolores que tengo en este lado, ¡ay!
Tarsis.—¡Pobre don Augusto! Debe usted descansar, recogerse pronto.
Becerro.—¿Para qué? ¡Si yo no duermo...! Con dos horas de sueño me basta. Trabajaré hasta las cuatro... Pase usted a ese tugurio donde me han metido, y verá lo que abultan mis papeles... A cada general de los siete que mandó Roma contra esta ciudad invencible, consagro un tomo... Los años suceden a los años, y Roma, que domina el mundo, no acaba de conquistar este palmo de tierra. En mi Historia acuso las cuarenta a cada uno de los bárbaros caudillos que vinieron acá, y lo mismo le sacudo a Pompeyo Rufo que a Hostilio y a Filón; y si a este le demuestro que robaba cuanto podía, al otro le descubro que era tartamudo y borracho. El tocayo de usted, Escipión, ya es otra cosa. Por sus antecedentes militares y sus victorias en África, le consagro dos tomos... Vino aquí cuando Numancia llevaba quince años de lucha contra Roma... El tal Escipión era hombre de cuenta. Lo primero que hizo fue limpiar su ejército: despidió a los buhoneros y cantineros, los Bartolitos de entonces... y despachó también con viento fresco a diez mil mujeres romanas de las que llamamos del partido. Ahí es nada: diez mil hetairas, que las tropas traían consigo para pasar el rato. Eran bonitas, juguetonas, venustas, maestras en danzas y garatusas para enloquecer a los hombres y llevarles a la molicie. Expulsadas por Escipión, las diez mil damas que ahora llamaríamos de las Camelias, se esparcieron por la feraz Hesperia, con lo que Roma realizó la penetración pacífica: unas se quedaron en el territorio de los Arévacos, otras en el de los Pelendones, donde hicieron asiento, vulgarizando el nombre de pilindongas... Pocas fueron a establecerse entre los Edetanos e Ilergetes; las más corrieron en busca de los pueblos ricos, y llegaron con sus gracias a la opulenta Hispalis, o a Gades frecuentada por extranjeros, a Cartago Espartaria, a la gran Barcino, ciudad generosa y abierta siempre a toda hermosura y elegancia. Con activa erudición de cazador de la Historia he seguido yo el paso de estas bellas peregrinas, y las veo instaladas muy a gusto en los pueblos que se llamaron Turdetanos, Bástulos y Túrdulos, donde si alguna novedad enseñan, más pueden aprender en achaque de danza y meneos graciosos con crótalo y laúd... Pero se cae usted de sueño, y no es bien que yo le robe el descanso.
Tarsis.—Sueño no falta... Pero el gusto de oír a un hombre tan sabio vale por diez camas... Siga.