El Capataz. (Acercándose respetuoso.)—Déjele, don Angosto, digo, don Augusto. El pobre está rendido.
Becerro.—Idos al descanso... ¿Qué tenéis para mañana?... ¿Vais al campamento romano dejando a medio desescombrar la calle longitudinal de la ciudad celtíbera?... ¡Error, desatino! (Triste, sacudiéndose un cínife que picarle quería.) Si aquí mandase yo, establecería en los trabajos el sistema perpendicular combinado, concretándome a la calle numantina que puedo llamar calle maestra de la ciudad heroica... Descubierta la romana, apurar el descubrimiento de la celtíbera, y proceder luego a descubrir la ciudad prehistórica, dedicando a esto las calles transversales. Llamo a este sistema perpendicular combinado porque, ahondando siempre, exhumo a Numancia en el sentido de Norte a Sur, y a la ciudad prehistórica en las calles de Este a Oeste... Pero yo no mando, yo no dispongo nada... He venido de agregado al caos, o sea lo que llaman administración... Amigos, buenas noches. Que descansen: yo no tengo sueño y estudiaré hasta el alba... Un momento; óiganme dos palabras. La ciudad prehistórica, innominada y desconocida, es más interesante que todo lo romano y lo celtíbero. Para mí, la ciudad que yace debajo de Numancia es una de las que Gerión, natural de Caldea, fundó en esta comarca, ocupada siglos después por los arévacos... Y aquí fue donde los hijos de Gerión mataron, como ustedes saben, a Trifón, hermano de Osiris...
El Capataz.—Don Augusto, buenas noches.
Becerro.—Adiós. (Para sí, dirigiéndose a su cuarto.) Estas pobres bestias en dos pies son máquinas musculares, que no piensan más que en fortalecerse con la comida y en engrasarse con el sueño.
El Capataz. (Andando con Gil hacia su alojamiento.)—Este don Augusto está un poco ido.
Tarsis.—Enteramente ido. Sabe mucho.
El Capataz.—Sabe; pero no rige... Es un infeliz. Le han mandado aquí como para darle una limosna.
Becerro. (En su cuarto, requiriendo libros y papeles.)—¡Feliz hora esta de soledad y silencio! Sigo excavando en tu ser espiritual, ¡oh Numancia! como esos brutos desentierran tus huesos... Decidme, mujeres numantinas: ¿qué sentíais, que pensábais ante la ilustrada fiereza de Escipión Emiliano? Hablad, bárbaras hermosuras, inflamadas en el santo amor de vuestros héroes, sacerdotisas de la dignidad de vuestro pueblo. ¿Y vosotros, niños numantinos, con qué juegos os adestraban para la guerra? ¿Jugábais a manejar la honda, a imitar las catapultas y arietes de vuestros enemigos?... Quiero saber si vuestras madres os llevaban pegados a sus pechos cuando iban a disparar flechas contra el romano... Héroes, decidme qué os daban de cenar vuestras mujeres cuando volvíais de la pelea: ¿cenabais guiso de cecina con erebintos, que hoy llamamos garbanzos? ¿En los fieros combates os excitábais apurando esa bebida hecha de cebada, que llamabais celia? Señoras numantinas, lo que esta noche quiero desentrañar es si vuestra religión os permitía la poligamia, si vuestros sacerdotes eran castos, si erais charlatanas y presumidas, y os componíais mucho para ser gratas a vuestros hombres. Decidme si asistíais gozosas a esos templos formados por grandes peñascos enhiestos, si veíais con gusto correr la sangre en los sacrificios, si cuando descuartizábais al prisionero alababais a vuestras feroces divinidades, y si teníais fe en el arúspice que del examen de las entrañas de la víctima sacaba el conocimiento del porvenir... Decidme, hombres, si entre vosotros hubo sabios investigadores que se dedicaran, como yo, a esclarecer las oscuridades paleolíticas. Preguntadles, os lo suplico, si vuestra lengua procede del caldeo o del etrusco. ¿No llamáis a los gazapos laurices, al vino bacho y al escudo cetra?... A los sabios preguntad si la población prehistórica enterrada bajo vuestra Numancia es Andarisipo, fundada por los Tartesios, según mi amigo Estrabón, o Copsanio, de origen cántabro, según Pomponio Mela... (Pausa. Prepárase a escribir.) ¡Hermoso silencio! El alma del erudito se extasía en la sublimidad de estas ruinas gloriosas. ¡Oh ensueño, oh dulce embriaguez de los enigmas atávicos! Ya que no venís a mí, hermanas pelásgicas, etruscas o fenicias; ya que no quiere Dios que yo penetre el misterio de vuestro origen, dejadme que busque y husmee vuestras huellas; y a estas piedras dormidas preguntaré si sois hijas de Atlas o Héspero, si os trajo Gárgoris, rey de los Curetos, para que fuerais fundamento y troquel de la civilización hispánica... Mientras Numancia duerme, el erudito vela, y entrega todo su ser al deliquio histórico... El enamorado de la antigüedad os busca, os persigue, os evoca con su abrasado aliento... (Poseído de frenético entusiasmo.) ¡Oh! ya me siento león... ya mis dedos son garras, ya sacudo la melena, ya la fiereza hierve en mi corazón, ya causo espanto, ya resoplo, ya rujo... Allá voy. (Salta por encima de la mesa y sale rugiendo.)
Tarsis. (Agitándose en su camastro.)—¡Ay de mí! ¿Qué es esto? Caí en el primer sueño como en un pozo, y ahora... ¿Qué ruido es ese que me atormenta?
El Capataz. (Despertando.)—¡Eh! ¿Qué te pasa? ¿Hablas dormido?