Tarsis.—Me ha despertado un ruido espantable...

El Capataz.—¡Otra! Se me olvidó decirte que ronco como un piporro...

Tarsis.—No es ronquido lo que oigo, sino el baladro, alarido de animal fiero.

El Capataz.—Oigo a los perros que ladran a la luna.

Tarsis.—Es más fuerte y temeroso que el ladrar de los perros. Ahora suena cerca de aquí, ahora se aleja. Escuche. ¿No tiembla usted?

El Capataz.—¿Yo qué he de temblar, contra? No tengo miedo a embelecos de las ánimas.

Tarsis. (incorporándose.)—¿Ánimas dice? Será el ánima de un león. Lo que se oye es el resoplido de una fiera. El rugido sale algo cascado, como si el león padeciera moquillo.

El Capataz.—¡Otra!... Ya sé lo que es. Los que andan de noche por las cavas dicen que han visto un león grande y flaco... que corre y salta furioso sobre las ruinas, dando resoplidos al modo de los perros que rastrean. Un trabajador de acá salió con escopeta, y le soltó un tiro sin hacer blanco... Es ánima del león de la antigüidad, que del otro mundo viene a la querencia de las piedras, y mete el hocico olfateando huesos, o ceniza de madera y ladrillos que entavía huelen a quemazón.

Tarsis. (Recostándose.)—El león de Hesperia...

El Capataz.—Duérmete, bruto, y otra noche saldremos a verlo...