—Vamos, vamos allá hoy mismo, —volvió a decir Gil.

Y Bartolo, con semblante risueño, replicó:

—Hoy no vamos, por varias razones. La primera, que tu Pascuala y sus tíos vienen aquí esta tarde a visitar las ruinas. Les ha invitado, y en coche les traerá, el secretario del Gobierno Civil... Aunque ese gaznápiro de don Saturio hará el papelón de adorar el cuerpo santo de Numancia, viene con otra idea. Lo sé de su boca, que nunca miente cuando habla de sus necedades. Viene a proponer a los arqueólogos de acá y al señor ingeniero director de las cavas, que ajonden, que ajonden, como decía el gitano del cuento, porque debajo de todo este terreno que a la vista se ofrece, todo es plata. ¿No te ríes?... Otra cosa: me ha encargado Pascuala que no le hables, y tan solo la mires de lejos... Ella... supongo que a ti te mirará de lejos, y aun de cerca... que para eso del mirar fingiendo que no miran tienen las mujeres un juego de pupilas que ya, ya... Bueno: pues hay otra razón para que no podamos irnos hoy, y es que tengo que mirar a mi negocio. Me han dicho al llegar aquí que en estos días han salido de la tierra cosas muy lindas de barro y de metal. ¿Y a ti no te ha deparado San Antonio alguna monedita, o siquiera un cascote de ánfora con dibujo a rayas, de ese que los señores sabios llaman inciso?

Como Gil le respondiera negativamente, añadiendo que si algo hubiera descubierto lo habría presentado a los señores, Cíbico se burló de sus escrúpulos, espetándole la vieja fórmula vulgar de que lo que es de España es de los españoles.

Luego añadió, metiendo mano al bolsillo:

—Pues mira, por llegar pesqué esta medallita... Aunque es de cobre tiene un gran valor, por ser, como reza el cuño, del tiempo de un tal Sila. Es igual a otra que tuve y vendí. Se la compré esta mañana a un chico de Calatañazor que trabaja en el Campamento Romano.

Se pararon. Cíbico le señaló un lugar distante donde se vislumbraba hormiguero de cavadores, y dijo:

—Aquel es el primer campamento que estableció el sinvergüenza de Escipión... El hombre no se anduvo en chiquitas. No alojaba sus tropas en tiendas de lona, sino en casas de piedra, que formaban como ciudades, con sus calles y todo...

En esto vieron venir a la pareja de Guardia Civil, y oyeron la voz de Regino, que al aproximarse gritaba:

—Hola, maldito Corre-corre; ¿ya estás aquí? Gracias que te esperamos sentados.