Saludáronse los cuatro cordialmente, y el ambulante abordó al guardia de este modo:
—Ahí tienes ya las postales. Esta noche te las daré: son muy lindas... Pero ¡ay! la más graciosa que te traía... ¡vaya una preciosidad!... una hembra como un capullo de rosa... y en camisa... con aire de inocencia deshonesta, como quien tapa y destapa. Pues, hijo, te has quedado sin ella... Me la birló el cura de Buitrago. (Risas.) Al darle otras que me había encargado, vistas de catedrales y de la Cara de Dios, que está en Jaén, se me fue entre ellas la tuya con la señorita vergonzosa en camisa... Una equivocación... (Carcajadas.) No te quiero decir cómo se puso el hombre al ver la profanía... Su cara echaba lumbre, rediós; le tembló la papada, apretó los puños... «Grandísimo canalla —me dijo—, voy a denunciarte al Gobernador para que te meta en la cárcel por vender estas porquerías»... Temblando del susto, le contesté: «Don Atanasio, yo... yo vivo con todos... Se la di porque venían mal barajadas... Venga esa porquería, que era para otro cura»... Y él: «No, no te la devuelvo, bandido, recadista del Infierno... Me quedo con ella, me la llevo a casa... pero es para quemarla... Contigo debiera la autoridad hacer lo mismo»... Yo: «Pero, señor cura, deme...» Y él: «No te la doy... Y para que veas que soy hombre de conciencia, te la pago... Toma.» Me pagó, y al partir me bendijo. (Gran fiesta y chacota.)
Separáronse, marchando las dos parejas en direcciones contrarias. Mientras Cíbico recorría casas de Garray buscando con huroneo sigiloso monedas o fragmentos de cerámica para su granjería arqueológica, Gil tiraba de pala y azadón en el lugar donde le habían puesto, y atento al trabajo manual dejaba que su vagabundo espíritu aleteara en la ilusión de ver a la ideal Cintia...
Y antes que llegase la hora de la tarde en que presumía el aparecer de su dama, Gil se vio acometido por segunda vez del engaño visual, consistente en ver agrandados desmesuradamente los objetos. «Vamos —pensó el mozo—, ya estoy otra vez entre gigantes. ¿Para qué me pondrá la Madre en los ojos del alma estos cristales de aumento? Sin duda para que la magnitud de lo que veo me enseñe la elevación de ideas.» Esto pensaba cuando vio a Cintia que de Garray venía, llevando de un lado a su tío, de otro al secretario del Gobierno; seguía detrás doña Baltasara con un bigardo peripuesto y de innoble facha, y en último término la pareja de la Guardia Civil. El secretario, que era un sujeto inflado, seco y vacío como un expediente, con bigote de moco y corbata colorada, se había hecho acompañar de la pareja para darse el pisto de llevar a sus invitados con escolta. Doña Baltasara era mismamente una bruja, y don Saturio, ocultos los ojos con gafas azules, los dedos gafos y nudosos metidos en guantes negros, el afilado rostro sin otra expresión que la de su inconmensurable imbecilidad, avanzó hacia las ruinas con andar y actitudes de hombre muy corrido y entendido, de esos que no se rebajan fácilmente a la admiración.
Entre esta corte de grotescas figuras iba Cintia o Pascuala como una reina, que si su hermosura la enaltecía, no la realzaba menos su modestia. Vestidita con deliciosa sencillez, sin sombrero, porque no lo tenía; la cabeza tocada de un velito, su traje de merino azul oscuro muy parco en adornos, sus guantes, su calzado de cuero amarillo, cuantos la veían pasar se la comían con los ojos. Ya se sabe que a los de Gil, las figuras de Cintia y sus cargantísimos acompañantes medían talla más que gigantesca. Si esto daba grandiosa monumentalidad a la gentil estatua de Cintia, a los otros les agrandaba la fealdad, haciéndola monstruosa. Con fija mirada les siguió Gil en sus movimientos y en su examen de las reliquias descubiertas. El inmenso majadero don Saturio señalaba enérgicamente al suelo con su bastón, y a ratos lo hincaba en la tierra, cual si amenazar quisiese a los antípodas, y hacía desaforados aspavientos, que el caballero de este modo tradujo: «Señores, hagan caso de mí; ajonden, que debajo de esta broza hay un mar de plata. Yo lo sé; soy perito en capas de la tierra. Tengo el secreto; no me falta más que dinero para ajondar.»
Después que divagaron los visitantes entre montones de tierra y paredones desenterrados, volvieron en dirección de Garray para ver el Museo. La parada junto a donde Gil trabajaba fue lenta y no sin peripecias. Por los desniveles del terreno y los obstáculos que a cada paso se ofrecían, obligada se vio la bella joven a dar algunos brinquitos, recogiendo un poco su falda... Aquí le ofrecía la mano el Secretario, que pomposamente conciliaba la cortesía con la autoridad; allí, por encontrarse más cerca, la sostenía Regino. Cada mal paso era motivo de joviales comentarios. Al pasar Pascualita cerca de su enamorado, desplegó todo el arte mujeril para echarle tiernas miradas oblicuas sin que nadie lo notara... Alejáronse la familia de Borjabad y acompañantes: sus tallas gigantescas no presentaron otra disminución que la que marcaban las leyes de perspectiva... Desaparecida la señora de sus pensamientos, Gil quedó en un mundo enano y oscuro. El sol escatimaba su luz; apagábanse las voces, derivando en salmodia de tristes murmullos; hombres y animales eran seres canijos y desmayados, que pataleaban para no hundirse en la tierra húmeda. Esta se estremecía débilmente con amagos de terremoto, como queriendo sepultar a la generación presente junto a los huesos de la edad neolítica.
Con estas morbosas sensaciones, que eran las muecas de su melancolía, pasó Gil lo restante de la tarde; y a la hora de suspender el trabajo, fue a recogerle Cíbico, que le llevó a su alojamiento, en una casa de las más pobres del pueblo. Quería mostrarle algunas bagatelas arqueológicas recién adquiridas, migajas o raspaduras de la Historia: una chapa, dos fíbulas de cobre, y un cuchillo de piedra. Esta última pieza diputaba por muy valiosa, y se relamía pensando en los buenos duros que habían de darle por ella. Las fíbulas mostró a su amigo, dándole acerca de tales baratijas o adornos explicaciones muy eruditas. Eran al modo de broches con que las señoras y señoritas de Numancia se sujetaban el manto. Una era como culebrita de dos cabezas graciosamente curvadas; otra como una omega, con los trazos superiores en rosca.
—Me figuro yo —decía Bartolito— que las damas de aquel tiempo se componían y emperejilaban mismamente como las de hogaño, con una transcendencia de perfumería que daba gloria olerlas... Y me figuro yo que cuando iban a sus bailes y zambras, se pondrían sus mantones de Manila, o cosa tal, prendiditos al pecho con estas que llamamos fíbulas, y que vienen a ser como los imperdibles que yo vendo a real o real y medio... De faldas iban muy ligeras, calculo yo, y se las arremangaban hasta más arriba de la rodilla. Así lo he visto en unas pinturas de la Academia de Zaragoza... En la delantera o pechuga llevaban muy poca tela; de forma y manera que lo iban enseñando todo... Para mí, Gil, y esto es idea mía, las damas que moraban en esos terrenos que estás desescombrando, tenían tanta vergüenza como San Sebastián pantalones... Todo por culpa del gentilismo, verbigracia, religión de ídolos.
Atención tan vaga prestaba Gil a su amigo, que la charla de este poco más era que el zumbido de un moscardón. Comprendiéndolo así Cíbico, ya dispuesto a cenar en compañía de su ardilla, que le saltaba de las piernas al hombro y del hombro a la cabeza, varió así de registro:
—Cuando los Borjabades iban a coger el coche, me acerqué a saludar a tu novia. «Bartolo —me dijo Pascuala con un guiñito—, si vas a Soria mañana, no dejes de llevarme la seda verde.» ¿Has entendido? Seda verde quiere decir: «necesito comunicación». El recado que para ti me dé la flor de la maravilla, entrará en tus oídos mañana a estas horas.