Retirose Gil consolado con estas ofertas y planes, y se fue a su alojamiento en la sobrestantía, donde le esperaba la cena, y después la entretenida tertulia que allí solían tener el capataz, la pareja de Guardia civil y otros amigos. Apenas llegó al ruedo, le cogió Regino por un brazo llevándole aparte, y fuera de la puerta se sentaron para charlar de cosas que no interesaban a los demás. Era el joven guardia muy comunicativo, afable en el trato, como hijo de muy decente familia empobrecida. No carecía de instrucción elemental; distinguíase por su exactitud en el servicio, y por su proceder noble y generoso en la vida privada, por sus movimientos efusivos con derivaciones románticas. A poco de tratar a Gil, que en Numancia era Florencio Cipión, le dio paso franco a su simpatía, después a su amistad, pronto a su confianza. Contábale a menudo episodios interesantes de su vida, en la que fueron pocas las venturas, muchos y grandes los sacrificios. De sus amores desgraciados hizo relato que parecía novela. La última novia que tuvo le amargó la vida con horrible desengaño... Y él paseaba su tristeza por los caminos que la pareja había de vigilar, y consolábase con la idea de sorprender criminales en quienes descargar sus destemplados humores.

Pero de improviso surgió en el alma del buen Regino una ilusión potente, que le anunciaba nuevas alegrías y consoladoras esperanzas. Con impaciencia pueril anhelaba comunicar al amigo el sentimiento que, apenas nacido, no le cabía ya en el corazón; y de esto vino el cogerle y llevarle aparte para decirle:

—Deseaba verte para referirte lo que me pasa. Hoy ha sido para mí día grande, día de esperanza y de creer en Dios y en la Virgen. He visto hoy una mujer que me ha vuelto loco. Apenas la vi, la tuve por la mujer única, por la que ha de colmarme la vida. Engañado viví con otros amores, y ahora me alegro de que pasaran, y del martirio que me dieran me río, como se ríe uno de los castigos que le aplicaron en la escuela por no saber la lección.

Viéndole venir, Gil turbado y suspenso le interrogó con dos palabras, y el guardia se clareó al instante con estas candorosas explicaciones:

—La vi esta tarde visitando las ruinas con su familia y el Secretario del Gobierno de Soria, y solo de verla quedé perdidamente enamorado de ella, como si de antes enamorado estuviese por haberla visto en sueños. Luego he sabido que se llama Pascuala, que es maestra con título, y sobrina de aquellos señores adustos que la acompañaban... No hablé con ella, ni el respeto me lo habría permitido... Solo mediaron entre ella y yo estas palabras: «Sí... no... gracias... deme usted la mano... No tenga miedo... gracias... Para servir a usted... gracias...» ¡Qué metal de voz!... Se me metía en el alma como una música de serafines... ¡y qué ojos, Florencio; qué mirar semejante al mirar de las estrellas, cuando las estrellas le cogen a uno pensativo y con murrias!... Supongo que entenderás esto, pues eres hombre agudo... Y, por último, mañana mismo le escribiré a Soria pidiéndole relaciones; y si me atiende, como espero, y nos tratamos, y del trato quedamos de acuerdo... bien avenidos el uno con el otro, aquí tienes a un hombre dispuesto a casarse, y se casará como hay Dios.

No esperó Gil el final del concepto para levantarse, y en pie junto al guardia, con voz de convicción severa, le dijo:

—No te casarás, Regino, porque esa mujer, esa Pascuala... y de su verdadero nombre hablaremos luego... esa que llamas Pascuala tiene ya dueño. Y para que desistas de tu pretensión, bastará que sepas que es mi novia; debiera decir mi mujer, porque juramento de tal me ha hecho, y palabra de esposa me ha dado, sin que yo tenga la menor duda de su fe, y de la verdad con que me entregó su corazón en prenda de su mano.

Levantose también Regino, movido de sorpresa y del estímulo de su dignidad, hombre por hombre... y Gil prosiguió con mayor brío de este modo:

—Es mía esa mujer. Por ella estoy aquí; por ella soy o parezco esclavo, pegado a una herramienta vil. No está ya en mi poder por la malquerencia de unos tíos tan infames como imbéciles. Pero eso no me importa. Yo venceré con la ayuda de Dios... Y ahora te digo que si no me reconoces el derecho de primacía y te obstinas en pedir relaciones a mi mujer, se acabaron las amistades, y empieza desde este momento la enemiga más fiera entre los dos. O te mato yo, para quedarme solo frente a ella, o me matas tú a mí, para que sobre mi cadáver la enamores y la rindas, que no la rendirás. Di pronto si avanzas o retrocedes, si eres amigo o enemigo; y en caso de que te declares rival, no despuntará el día de mañana sin que se decida cuál de los dos quedará en este mundo.

Vaciló Regino en la respuesta. Los sentimientos que en el campo de su alma chocaron en brava pelea durante segundos, no pueden definirse. Quedó triunfante la honradez generosa, la cual no tardó en recibir aliento de las virtudes nativas que fortalecían su ser. Pasando su brazo sobre los hombros del amigo, le dijo con sinceridad valiente: