—Antes que enamorado soy hombre de bien, y aunque en mí no ves más que un triste número de la Guardia civil, me tengo por caballero... Lo que acabas de decirme me arranca la última ilusión, la última... ya no más... Es mi destino sacrificarme: ayer por una madre, hoy por un amigo... Veo la flor soñada; me acerco... y una voz me grita: ¡atrás! ¡Bonito papel hago en el mundo!... cuadrarme para que pase otro. Bien, Florencio: de lo dicho no hay nada. Que tu novia sea tu mujer... Que seas feliz... El ser tú dichoso y yo desgraciado, no estorba, no, para que seamos amigos.
XVI
Refiérense nuevas aventuras y desventuras del caballero peregrino.
Estrecháronse con fuerte apretón las manos el guardia y Gil, con lo que el primero dio fe de su hidalguía y el segundo de su gratitud, correspondiéndose ambos en nobleza y caballerosidad. Bueno será decir que si Regino concedió fácilmente su amistad a Florencio Cipión a poco de tratarse, no tuvo poca parte en ello la idea de que bajo las apariencias del rústico se escondía un caballero, el cual, por reveses de fortuna o por otras causas impenetrables, disfrazaba su verdadera condición. Algo de esto debió indicarle Cíbico, y él no dejó de advertir la disparidad entre el humilde oficio del hombre y su habla, rostro y actitudes. Y dicho esto, conviene añadir que también Gil notaba en Regino disparidad análoga. Dentro del joven guardia civil alentaba un ser de calidad superior. Así lo revelaban sus expresiones y pensamientos, nunca villanos, casi siempre nobles; sus ojos azules, que dejaban transparentar una segunda mirada, en acecho de ocasión para ser primera y recobrar su prístino estado. Esto lo veía Gil, o se lo figuraba en el intenso erotismo de su imaginación.
Terminaron, como se ha dicho, la disputa de rivalidad amorosa, y procediendo los dos discretamente, hablaron de otro asunto y se agregaron al ruedo familiar de los amigos... Disuelta la tertulia y retirados los guardias, Florencio Cipión se acostó firmemente persuadido de haber encontrado en Regino un nuevo caso de encantamiento. «No tengo duda —decía—, encantado está; solo que aún se halla en el primer tiempo de la transformación mágica, y no se ha dado cuenta de que fue persona criada en esfera más alta, traída sabe Dios cuándo a la presente llaneza por delitos o graves ofensas a la Madre... ¡Pobre Regino! O no entiendo yo de encantos, o compañeros somos de esclavitud y expiación. La común desgracia nos hace hermanos... Adelante.»
Clavada esta idea en la mente del caballero, hizo propósito de estrechar su amistad con Regino hasta llegar a la compenetración de alma con alma; pero de tales pensamientos le distrajo, en la tarde del siguiente día, la llegada de Bartolo con premioso mensaje de Cintia-Pascuala. Fue así:
—A Soria fui con seda verde, y vuelvo con seda colorada. Me ha dicho tu novia que vayas allá inmediatamente. Ya tiene pensado dónde y cómo podréis hablaros, y decidir todo lo que toca a vuestras incumbencias para el hoy y para el mañana... Conque despídete, cobra, y esta noche vamos andando los dos... Se me olvidaba lo principal, y es que a Pascuala le han dado ya los señores Gaitines la escuela de párvulos que le ofrecieron. El lugar es Calatañazor, encaramado en un cerro, entre centinelas de picachos que asustan, y muros deshechos de un viejísimo alcázar o ciudadela.
Tomó resuello Bartolito para seguir informando:
—El pueblo es horrible, pobre; pero Pascualita se conforma esperando mejorar de localidad. Los tíos se quedan en Soria muy contentos de que la niña cobre del procomún unas miajas de sueldo, que suponen cocido flaco y sopas... En Calatañazor vive un Borjabad que trafica en cordelería... Viven también Gaitines, que esta casta maldita por todo el contorno extiende sus rejos y garfios... Que yo conozca, hay allí una Quiteria Gaitín, que es la más rica del pueblo. Tiene muchas cabras, cuatro cerdos, y un hijo que es secretario del Ayuntamiento. Te lo cuento para que sepas que te saldrán enemigos en aquellas peñas y ruinas de fortalezas, donde lo menos temible es el sin fin de escorpiones y sabandijas que moran en ellas. Lo primero es que hables con tu novia, la cual, combinando su agudeza con tu talento, discurrirá contigo lo que debéis hacer para salir de penas... Otra cosa se me olvidaba, que es muy importante: el bobalicón de don Saturio ha encontrado la horma de su necedad: un francés que ha caído en Soria con la fantesía de buscar tesoros ocultos. Para mí que es un farsante; pero él se intitula ingeniero, y ha vuelto al tío de tu novia más loco y más bobo de lo que estaba... Dice el francés que habrá capitales... Dice don Saturio que él, como buen zahorí, responde del mar de plata... Total: que mañana salen para la sierra del Almuerzo, donde harán calas y cataduras. Dígote esto, para que veas que tu peor enemigo se te aleja, o se va volando como las brujas, montado en la escoba de su mentecatez.
Con lo dicho y algunos detalles añadidos por Cíbico, quedó Gil bien informado, y prontamente se dispuso a levantar el campo... Al anochecer partió con Bartolito; en breve jornada llegaron a Soria y alojáronse en un posadón próximo a la iglesia colegial de San Pedro, no lejos del puente sobre el Duero. Eligió Bartolo este sitio por cercano a la vivienda de Pascuala, junto al Carmen. Lo primero que el buhonero recomendó a su protegido fue que permaneciera en la posada fingiéndose enfermo, pues el no dar a conocer su persona en las calles era un ardid estratégico de indudable conveniencia. Cíbico, trotando por la ciudad en el metisaca de su negocio, se encargaba de prepararle la entrevista con la guapa moza, la cual pudo efectuarse a la noche siguiente en un callejón anguloso y casi desierto, al costado del Carmen.