En la alegría de verse y estrecharse con efusión las manos, se les fue a los novios buena parte del tiempo marcado para la duración de la entrevista. Por primera vez desde las placenteras noches de Ágreda se veían juntos, en soledad amorosa, protegidos del silencio amigo y de la discreta luz que de la luna encapuchada venía. Repitieron la canción de sus puros afectos, y el madrigal de su inquebrantable constancia y desprecio de contrariedades del mundo, y en el poco tiempo que les quedó de estos apasionados dimes y diretes, reforzados con la doble cadena de sus brazos, que más sabían apretarse que distenderse, trataron de las resoluciones prácticas que habían de tomar.
Dijo Cintia que al día siguiente tempranito saldría para Calatañazor, a posesionarse de su escuela y comenzar su trabajo. Irían con ella su tío, en segundo grado, Aniceto Borjabad; la esposa de este, llamada Sabina, y un chico de Quiteria Gaitín que era secretario del Ayuntamiento. Desechara Gil sin vacilación alguna la idea de acompañarla en aquel viaje. Sería muy peligroso que las personas que habían de ir con ella conociesen a su novio. Este se quedaría en Soria, para salir dos días después con Cíbico, que en cuerpo y alma estaba con ellos, y de cabeza les amparaba y servía.
Oyó Gil con frialdad este plan que desbarataba el suyo, más expeditivo y de solución inmediata; pero hubo de ceder a las discretas razones de Cintia, que en aquel caso era la prudencia de la mujer atenuando la temeridad del hombre. Con tristeza se resignó este, y ofreció no aportar por Calatañazor hasta que le llevase en su ambulancia comercial el pacotillero, como llevaba su ardilla y los carretes de hilo y algodón. Sentía sobre sí el peso de la esclavitud que su encantamiento le imponía, y toda línea de conducta que él se trazara con libre voluntad, quedaba desvanecida por el férreo trazo de la misteriosa mano invisible.
Salió Cintia para Calatañazor con la guardia de enfadosos parientes o amigos; salieron con tres días de diferencia Bartolo y Gil, este en guisa de ayudante o escudero: llevaban una burra cansina y añosa cargada con la ropa de ambos, y los paquetes de género para una expedición que había de extenderse hasta Roa y Peñafiel. Compró Cíbico la pollina en Soria, donde algunos dineros tenía, aumentados con doce duros que le dio un inglés por el cuchillo neolítico, y que seguramente figuraría en un museo de Londres. Iba el jefe del convoy muy gozoso, alegrando al paso el país y la gente que encontraba; a Gil agobiaban de tal modo el peso de su tristeza y el embarazo de su esclavitud, que en largas horas de camino apenas pudo Bartolo sacarle del cuerpo escasas y frías palabras. Escala hicieron en Golmayo, con algunas ventas; escala provechosa en Carbonera; pasaron después a Villaciervos, donde les fue bien, y mejor en Villaciervitos; llegáronse luego a Mallona, donde tuvieron una larga estadía, por habérseles enfermado la burra (de catarro intestinal, según diagnóstico de Cíbico, que se vio precisado a oficiar de veterinario y clistelero), y al fin, a los veinte días de partir de Soria, despacito y con descanso, más por la burra que por las personas, avistaron la histórica villa de Calatañazor, empingorotada en un cerro, guarnecida de torres y de imponentes y ceñudos peñascos.
La impresión de Gil al trepar, casi gateando, por la pendiente que conduce al pueblo, fue horrorosa. ¿Vivía gente allí, habiendo en el mundo tantos y tantos lugares menos desapacibles? Traspasaron la muralla por una caduca puerta entre carcomidos torreones, y dentro seguían los desniveles espantables, calles en cuesta, calles con escalones, casas montadas sobre casas, arroyos lindando con tejados, una iglesia de aparato monumental, en las puertas gente asustada de ver forasteros, aunque de muchos eran conocidos Bartolo y su ardilla. Torciendo a la derecha, llegaron los caminantes al rincón menos áspero de la ciudad, una solana o miradero que dominaba un abismo, en cuyo fondo plateaba el río Milanos.
—Aquí tenemos nuestro albergue —dijo Cíbico a su escudero, parando la borrica en un portalón desvencijado—. Aquella casa que allí ves pintada de ocre, es la escuela. Aguárdate un momento aquí. Yo me acerco al templo de Minerva, vulgo Instrucción Primaria; meto el hocico, y si veo que está Pascuala sola con sus parvulitos, te miro, llevándome la mano a la gorra como si te hiciera saludo militar. Vas tú, la ves, hablas un poco, y yo te espero en el parador.
Así se hizo, y antes de llegar Gil al vetusto caserón recién pintado de amarillo, oyó el vocerío y cantorrio de los chicos y chicas, que se le metió en el alma cual una música venida del mismo cielo. Segundos después entraba en la escuela; Pascuala se demudó al verle. Suspendió la lección para saludar a su novio con un gracioso festejo de su cara y de todo su espíritu. La alegría súbita tuvo a los dos perplejos un instante, sin saber qué decirse... De las expresiones de sorpresa y contento pasaron pronto al diálogo tirado, que fue rapidísimo, nervioso, en violento zig-zag, por la precisión de decir mucho en tiempo corto. Se reproduce y extracta lo dicho por Cintia:
—¿Has visto pueblo más horrible?... Me han traído a una cárcel... Soy prisionera y mártir, Gil; me rodean y acorralan personas que el primer día me fueron antipáticas y hoy me son odiosas... ¡Ay, si tuviera tiempo de contarte...! Mi único consuelo está en las pobres criaturas que aquí ves... Las quiero, y ellas me quieren a mí... creo yo que tanto como quieren a sus madres... tal vez más... Aquí, practicando el magisterio... he descubierto que sirvo para educar niños y encender en ellos las primeras luces del conocimiento... ¡Ay, Gil de mi vida! te juro que ahora mismo huiría de Calatañazor si pudiera llevarme a mis nenes.
Replicó Gil que en otros pueblos menos desagradables había también niños que instruir, y que él la llevaría sin tardanza a donde pudiera conciliar su amor al magisterio con los demás afectos que embellecen la vida...
—Ven, disponte, vámonos, déjate robar.