Oyó esto Cintia con estupor, admitiendo y rechazando la idea. No tardó en aparecer el miedo en su expresivo rostro. Miraba con terror a las dos puertas de la sala escolar: la una daba a la calle, la otra a un patio... Temía la maestra que entraran importunos testigos a meter sus narices en la visita. Luego, turbada y temblorosa, dijo:

—Que venga Bartolo y hablaré con él... Pero tú no vengas, tú no... Conviene que nadie te conozca en el pueblo... ¡Ay qué vida, Gil de mi alma!... Mírame. ¿Verdad que en las tres semanas de este martirio, encanto, esclavitud, o lo que sea, ha enflaquecido tu pobre Cintia? Me quedaré en los huesos si no me llevan a otros aires, a ver otras caras y a oír otras voces... ¡Ay mis chiquillos! Sería yo feliz si pudiera llevármelos. ¿Por qué es tan linda y tan amorosa la infancia donde los mayores son fieras?... ¡Oh, siento pasos!... Alguien viene por el patio. Vete, Gil, vete... ¡Por Dios...! Hablaré con Bartolo, y por él sabrás... Pronto, Gil... Sigo mi lección. A ver, niños: tú, Pepe; tú, Nazario, Nicolás... Decidme, niñas... A ver: tú, Felisa, Zoila, Inés, vamos atrás... Be, a, ene: ban...

Salió el caballero, obediente al mandato de su dama, y en el mesón aguardó ansioso a que Cíbico volviese de su correría por el pueblo y le llevase noticias más concretas de Cintia y de su indudable sufrimiento. Bien seguro estaba de que Bartolo no volvería sin tener un careo con ella, y otro con las personas que la mortificaban... Cerca ya de anochecido llegó el buhonero, y con su ágil locuacidad dio cuenta de lo que ocurría. La tal Sabina, mujer de Aniceto Borjabad, era una bestial lugareña, crasa y soez; el marido no le iba en zaga, distinguiéndose de ella en la virilidad de su barbarie. Movíales el egoísmo, el temor de que Pascualita (a quien todos en aquel pueblo llamaban Pascua) se desviase por caminos distintos de los que había trazado el buscador de minas don Saturio. En ella veían una joya de gran precio que la familia debía conservar a todo trance.

Si molesta era la presión y vigilancia que el matrimonio ejercía sobre la infeliz doncella, el mayor suplicio de esta provenía del secretarillo del Ayuntamiento, Galo Zurdo y Gaitín, el más apestoso ganso de la localidad y de todo el territorio. Protegido por la familia de su madre, no ponía freno a sus apetitos, ni reparaba en medios para llegar a su fin. A ratos empalagoso, a ratos insolente, a Pascua requería por lo fino, ofreciéndole inmediato matrimonio, o por lo basto, solicitando con amenazas un amor irregular. No tenía fin el relato y pintura que hizo Bartolo de la salvaje presunción y cursilería del tal Galo Zurdo. Vibrante de indignación, Gil se puso en pie, y echando mano al cinto donde tenía la navaja, gritó:

—Dime, dime pronto dónde está esa bestia para matarla ahora mismo.

Cíbico logró calmar a su amigo con prudentes razones, y siguió exponiendo la situación y su posible remedio.

—Aunque el entusiasmo de su oficio —dijo— tiene a la pobre maestra como embargada por el cariño a las criaturas, ello es que ha de decidirse pronto entre el suplicio y la libertad... Libertad ha dicho al fin, después de amargas dudas, y libertad hemos de darle esta misma noche. Las últimas palabras que oí de su boca linda fueron estas, Gil: «Huiré con vosotros, si Dios quiere que yo logre escabullirme de la casa de estos tiranos sin que me estorben la salida. La mayor dificultad será que pueda sacar mi ropa... Mas aunque tenga que escapar con lo puesto, escaparé, llevando con vosotros toda mi alegría y una sola tristeza: el abandono de mis queridos niños.» Esto me dijo; y ahora, Gil, arrimemos a la obra todo tu ingenio y el mío, y mi travesura que vale por todo el talento de los siete sabios de Grecia.

Viendo a su amigo dispuesto a las resoluciones más audaces, lo primero que discurrió Bartolito fue llevarle a donde pudiera por sus propios ojos conocer y medir el campo de operaciones. Salieron, pues, solos, a las nueve dadas, como que iban a tomar el aire y encender un pitillo después de cenar, y Gil pudo inspeccionar la escena de su aún inédito drama. En aquella extremidad de la villa, las murallas estaban rotas; solo permanecía entero un torreón, en el cual, bajo un arco tapiado, abríase un portillo. En el tímpano del arco campeaba una imagen con faroles sin luz: no se distinguían la calidad y sexo de la religiosa figura. No lejos del portillo, por dentro, estaba la escuela, y a pocos pasos de esta, con un callejón intermedio, la casa de Aniceto Borjabad, donde Pascua moraba. Era vivienda humilde, prolongada en el dicho callejón y en otro de travesía por una tapia de corral o patio. Puerta vieron en la fachada, portalón en la tapia, como para el entrar y salir de animales de labranza.

Fuera del portillo se iniciaba un caminejo tortuoso, con abruptas peñas de una parte, de otra con vertiente también riscosa, camino que en largo trecho conservaba la rasante horizontal en sus ondulaciones. Estas eran bruscas, determinando anchuras seguidas de irregulares estrecheces. Recorrieron los dos hombres como unos doscientos pasos por esta vía torcida y llana, hasta llegar a un humilladero, ya de baja en la devoción popular. Desde allí partían veredas cuesta abajo, entre rocas y zarzas, difícil camino para recorrido de noche, pero muy apropiado para una fuga o desaparición en los profundos abismos. Explorado el terreno, trataron los amigos del plan de escapatoria. Despediríanse del parador a las diez de la noche, saliendo del pueblo con su burra y ardilla por donde habían entrado, y en un soto con arboleda, muy conocido de Cíbico, establecerían su base de operaciones. En el soto quedaría Bartolo con la burra, y Gil subiría por las veredas que antes le indicó desde arriba, situándose en la parte interior del portillo para esperar a Cintia, que después de las doce se escurriría lindamente fuera de su casa, llevándose toda la ropa que pudiera contener en un hatillo de fácil transporte.

Salieron, según se ha dicho, y aparentando las formas corrientes del trajineo mercantil, bajaron al llano y se corrieron hacia el soto.