—Aquí me quedo yo —dijo Cíbico atando a un árbol la pollina—. Y ahora, pues tenemos luna nueva de cinco días, medio creciente, podrás enterarte bien del terreno... Aquí hay un puentecillo: pasémoslo... Desde esta cabecera parten las veredas que suben hasta el caminejo llano que arranca del portillo. La subida es agria: estúdiala, cuesta arriba, para que la bajada te sea fácil. Te sitúas en el portillo por la parte de dentro, que estará en sombra. Si Pascuala no puede salir, nuestro gozo en un pozo. Al amanecer te retiras... Si la moza halla medio de escabullirse callandito, te la traes acá... Con un silbo puedes anunciarte, y yo te contestaré imitando un ladrido de perro quejumbrón. Ya me lo has oído, y no confundirás mi ladrido artificial con el de los perros naturales... Y ya no más, que el tiempo apremia. Súbete corriendo, y la Virgen nos ayude y Dios haga la vista gorda... Si bajas con tu novia, montará ella en la burra, y ¡hala, hala! antes que sea de día llegaremos a Torreblascos; de allí, en buenas caballerías partiréis a la estación de El Burgo, y bien disfrazados y con nombre supuesto tomaréis billete para Valladolid... Dinero tengo para todo... Y basta ya de matemáticas... Yo, general en jefe, te mando que subas como un solo hombre a ocupar tu puesto.
En menos de media hora, subiendo aquí, gateando allá, pudo llegar el encantado Gil-Tarsis a la vera del portillo. Reconoció el sitio por fuera y por dentro, y viéndolo en discreta soledad, se ocultó en la parte de sombra, como un centinela se mete en su garita. Hallábase el hombre en un desconcierto nervioso tan agudo, que sus sentidos no apreciaban fielmente las cosas reales. Si sus ojos le daban la sensación de soledad, sus oídos no transmitían al cerebro impresión de silencio; oía rumores que no se avenían con la total ausencia de personas, animales y bultos movibles. Por un momento creyó el caballero que se le habían metido en las orejas moscardones infernales, que le fingían estruendos y voceríos atronadores. Primero sintió ruido de cataratas; después... del interior del pueblo venía un rumor completamente absurdo en hora tan avanzada de la noche. De la breve visita que en pleno día hizo a Pascuala, sacó pegado al tímpano el cantorrio de las criaturas deletreando en la escuela: be, a, ene: ban... Y en aquella hora crítica de la noche, el encantado cerebro repetía con estruendo de mil voces de chiquillo el be, a, ene: ban... Variaba de pronto así: che, i, ene: chin.
«¿Será posible —pensó Gil— que a estas horas esté Cintia dando lección a los chicos? No, no puede ser... Es engaño de mis oídos... pero ¡qué terrible engaño!»
En esta confusión, un nuevo extravío, quizás realidad anormal, le impresionó por el sentido de la vista. De la parte afuera del portillo venía un resplandor de luz verdosa que a cada segundo se hacía más lívida. Salió Gil a cerciorarse de tan extraño fenómeno, y vio que por encima de un alto monte, no situado al Naciente, salía la inverosímil aurora verde... La luna derivaba hacia Poniente, blanca y pensativa. La claridad lívida iluminaba todo el camino curvo y las pendientes que bajaban hacia el río. Diríase que celestes bengalas encendidas por ángeles, ya que no por demonios, imitaban o fingían un día que burlaba las exactitudes cosmográficas.
«No es el día —pensó Gil—; es una noche en que se insubordinan con loco humorismo los elementos... Esto es un carnaval de la Naturaleza, una burla que hacen de mí y de Cintia los encantadores perversos, enemigos de mi Madre... Madre, devuélveme mis tinieblas, apaga esas luces que adulteran mi noche.»
Fuera de sí, trató de volver al pueblo... La luz iba cambiando hacia un rosa tenue... Intenso rosa era ya, cuando Gil vio aparecer a Cintia franqueando el portillo con paso inseguro y actitud medrosa. Hacia ella corrió, vacilante entre la alegría y un dudar angustioso. ¿Era Cintia en cuerpo y alma, o falaz apariencia, obra de los genios malignos que habían trocado la noche oscura en día rosado? Tocó los brazos, el hombro y la cabeza de la hermosa mujer, diciéndole:
—Cintia de mi vida, creí que no eras tú, sino tu imagen... ¿Estás segura de ser tú?
—Yo soy —dijo Pascuala temblando—. No sé cómo he podido salir... Mi tía Sabina no quería dormirse, como si sospechara mi fuga... He podido sacar parte de mi ropa, que traigo en este envoltorio... Y aquí me tienes, Gil... quiero y no puedo. Cada paso que doy hacia ti me cuesta un esfuerzo enorme... Estoy paralizada... Estoy alucinada. Dime: ¿qué claridad es esta, y de dónde viene? Veo los montes, el sendero; véote a ti en una espléndida iluminación rosada...
—No sé quién ha encendido esta luz —dijo el caballero, poseído de estupor y ansiedad—. Explícame otro fenómeno que me confunde y anonada. ¿De noche das lección a tus chiquillos? He oído las voces tiernas deletreando.
—No doy lección de noche. Es absurdo... —repitió Cintia, cuya voz y actitudes eran como las de una sonámbula—. Y también yo... no sé lo que me pasa... yo también oigo el sonsonete de mis amadas criaturas... ¿Qué es esto? Parece que salen en tropel de la escuela... Vienen tras de mí.