—Ven... huyamos... salvémonos de esta fascinación horrible... hechicería que no entiendo.

Tiró del brazo de Cintia, y esta clamó acongojada:

—Me haces daño. No puedo andar.

Oíase la cantinela infantil más cercana, como traída por un ventarrón que venía del pueblo. Y de súbito aparecieron, corriendo y brincando, niñas y niños... La primera tanda era de diez o doce... siguieron como unos veinte... luego fueron cientos, que a los ojos aterrados de Gil eran miles. Unos traspasaban el portillo, otros saltaban entre los huecos del muro despedazado. El enjambre no tenía fin; el griterío era como un inmenso piar de pájaros o zumbar de insectos. La turba rodeó a Cintia; innumerables manecitas se agarraron a la falda de la maestra, y mientras unos repetían el che, i, ene: chin, otros chillaban: «Pascua, nuestra Miga, no te vas... Pascua, no dejar tus nenes... Miga, ven con niños tuyos.»

Centuplicó Gil su voluntad, y echando los brazos al talle de Cintia, trató de vencer las ligaduras, que, por ser tantas, vigorosamente la sujetaban. Algunas criaturas, encaramándose sobre otras, subían hasta el cuello de la maestra, y la oprimían con sus brazos y apretaban sus caritas contra el rostro de ella. El colosal esfuerzo de Gil fue tan vano, como si arrancar quisiera un sillar empotrado en fuerte muro... Ahogada por los abrazos, inmovilizada por los tirones, Cintia solo pudo decir:

—No me dejan... Vete, Gil... Ya ves, no puedo... Esclava soy de esta menudencia...

Sintiose el caballero paralizado... Quiso hablar: no pudo. Vio a Cintia desaparecer bajo el arco del portillo conducida por la infantil turba, cuyos chillidos triunfales se apagaban en el interior del pueblo.

XVII

De las extraordinarias visiones, y del feliz encuentro que tuvo el caballero en su retirada de Calatañazor.

Cegado por la luz, que aumentaba en viveza, y sacudido por intensa vibración de toda su máquina muscular, cayó al suelo el pobre Gil, y sin conocimiento estuvo largo rato. Al recobrarse, advirtió mermada la luz absurda que hizo de la noche día. Levantose con lento mover de sus remos, como una bestia enferma; quiso dirigirse al pueblo; pero sus pasos torpes recaían sin ruido en el mismo sitio. Llegó a creer que el suelo se movía en dirección contraria... Fuerza irresistible le llevó hacia el humilladero, y a precipitarse desde allí veredas abajo... Huyó descendiendo, perseguido a su parecer por un gigante de estatura más que desaforada, que se despeñaba voceando, como inmenso témpano desgajado del monte y convertido en grotesca figura humana... A mitad de la cuesta, cuando ya se creía Gil a punto de ser aplastado, el gigante se rompió en pedazos mil, con chasquido de roca volada por el barreno. Respiró el infeliz hombre; sus pobres huesos requirieron el descanso, y por largo espacio indeterminable permaneció sin movimiento, al amparo de un enmarañado matorral. Cuando intentó seguir descendiendo hacia el soto, se había extinguido la luz rosada, y por Oriente, con dulce claridad, despegaba sus pestañas el nuevo día.