La Madre.—No temas, hijo. El lugar a donde vamos está muy próximo. Tiremos ahora de esta parte. ¿Ves aquella lucecita que parpadea cariñosa en un repliegue hondo entre dos cerros? Pues esa es la estrella que nos guía al portal o Belén de nuestro descanso, el cual es una aldeíta pobre y olvidada de los geógrafos, que se llama Boñices, que a poco que se resbale la lengua la llamaríamos Boñigas: tal es su insignificancia y humildad. En un cuarto de hora espero que llegaremos, y en el tiempo que yo permanezca entre los misérrimos hijos que allí tengo, Boñices será la capital de mis estados.

Tarsis.—Adelante, Señora. Gracias a la luz rosada, franquearemos sin tropezones este ingrato sendero.

La Madre.—La llovizna nos coge ahora de cara... Yo no la temo. Tengo mi rostro bien curtido para estas inclemencias que hacen a mis hijos duros, y tan insensibles al frío como al calor. Tú también te has endurecido, según veo, y te has dejado en los aires sutiles y en los ardores del sol tu antigua carita de galancete afeminado.

Tarsis.—En los días ásperos de la Aldehuela empecé a soltar mi máscara de cera, y cambié los goznes quebradizos de mi máquina corporal por otros de acero.

La Madre.—Al nombrar la Aldehuela traes a mi memoria algo que tenía que decirte, y es cosa en verdad lamentable. ¿Sabes que ha muerto el pobre José Caminero?

Tarsis. (Consternado.)—¡Ay, qué desgracia!... Dios le perdone a él y nos perdone a todos.

La Madre.—Herido de muerte cayó sobre el arado, como el atleta que espira al dar de sí el postrer esfuerzo, agotada la reserva vital. Luchó con la tierra; murió en la batalla, como un héroe que no quiere sobrevivir a su vencimiento. Si estuviéramos en la edad mitológica, Ceres y Triptolemo le llevarían a su lado en un lugar del Olimpo. Ahora, ni rastro de su nombre quedará entre los vivos.

Tarsis.—¡Pobre Caminero! Siento su muerte tanto como me apena el mal que le hice.

La Madre.—A buenas horas mangas verdes... Tu conciencia es de las que arguyen tarde, cuando el mal causado no tiene remedio. A la pobre Usebia encontré anteayer de vuelta de Nafría, desolada. Aunque nada me dijo, entiendo que había ido en tu busca para proponerte que entraras de nuevo a su servicio. Como no te encontró, llevaba en su alma doble luto. Ayer montó en su burra, llevando al chiquillo a la grupa. Iba camino de Tagarabuena, a pedir amparo a don Gaytán de Sepúlveda.

Tarsis. (Distraído.)—Séale don Gaytán benigno. Usebia es mujer trabajadora y de buen entendimiento. Saldrá adelante con sus tierras, si don Gaytán o Dios le deparan un criado fiel, que tenga conocimiento y práctica de las labores, y además... sea joven y bien plantado.