Silenciosos ambos, y atentos al escabroso atajo por donde iban, el cual más que camino era un arroyo sin agua, avanzaban hacia el término de su viaje, guiados por la risueña lucecita. Ya próximos al humilde lugar, Gil habló de la desaparición de Cíbico, que había tomado carrera con furia loca, cual si quisiera correr todo el mundo en busca de su ardilla. A más de condolerse de la ausencia del amigo, esta le afectaba personalmente, pues en la carga de la burra iba el hatillo de la ropa de él, y no podría vestirse de limpio si la disparada bestia no parecía. Bien haría la Madre excelsa en compadecerse del pobre caballero encantado, y con solo que aplicase unas miajas de su poder maravilloso a la solución de tan insignificante conflicto, este quedaría resuelto, recobrados Cíbico y su asna, y hasta la traviesa y maleante ardilla. A esto contestó la ilustre Señora parándose y soltando una grave risa con donosas palabras:

—Me río, porque tu pretensión de que yo emplee mi poder en buscar una pobre alimaña escapada de la esclavitud, trae a mi memoria los requerimientos de aquellos hijos míos que en mi nombre dirigen la sociedad. Esos cuitados no saben determinar nada por sí. A lo mejor vienen a mí y me dicen: «Madre, se me ha perdido el entendimiento; se me ha perdido la fórmula...» ¿Qué es la fórmula? Pues una receta para confeccionar las mixturas y pócimas con que embriagan o adormecen a la muchedumbre gregaria. Y quieren que yo les busque la formulilla perdida, como tú pides ahora que busque y atrape la alimaña de Bartolo. El caso es el mismo. Si parece la ardilla, parecerá Cíbico, y tras él la burra, y tu ropa para poder mudarte. Pues ellos, paralelamente a ti, me piden la fórmula para poder vestirse de limpio... Pero no hablemos de esto ahora; yo veré si me conviene buscarte la bestezuela, o si es más hacedero y práctico proveerte de nueva ropa, pues aquella que dejaste en la pollina ya está, como sabes, hecha trizas de los golpetazos que dan las lavanderas sobre las piedras del río. Déjalo a mi cuidado, y sigamos, que ya estamos casi a las puertas de Boñices, pueblo en verdad digno de ser visto, porque él es el emporio de la miseria. Yo, cuando entro en él, como en otros igualmente consumidos y muertos, me parece que entro en mi sepultura... sí... no te espantes... en la sepultura que entre todos me estáis cavando para el descanso de estos antiquísimos huesos.

Tembló el caballero al oír esto, y una vibración glacial le corría por el espinazo.

XVIII

Refiérese lo que el caballero vio y oyó en el mísero y olvidado lugar de Boñices.

A la entrada del pueblo, fue recibida la ilustre pareja por una lucida representación de chiquillos descalzos y andrajosos; por una corte de damas escuálidas, ataviadas con refajos corcusidos de mil remiendos, y por algunos caballeros en quienes se suponían, sobre el paño pardo, las invisibles veneras de un trabajo estéril y el gran cordón de la infinita paciencia. Hicieron todos cortesías y zalemas cariñosas, de arcaico son y sentido, y la soberana vieja, que en aquella ocasión, de vieja venerable tenía todas las trazas, avanzó despacio, asida al brazo de su escudero. A cada paso de ella salían de las humildes puertas más desdichadas personas, y cada cual pronunciaba su saludo de afable reverencia. Las calles o ronderas del pueblo eran como ramblas angostas, llenas de cantos rodados, traídos por las aguas que en días nefastos descendían furiosas de la cercana sierra de Cabrejas. En angulosa encrucijada vieron la torre de la iglesia, alta, fantástica y muda; revelaba su mole una melancolía perezosa; sus campanas, si las tenía, guardaban avaras el son grave y místico. Al ver la torre, preguntó la Señora a sus acompañantes:

—¿Y mi buen amigo don Venancio, por qué no ha salido a recibirme?

Dijéronle que el cura tenía enfermos en su familia. Siguió la Madre, y a los pocos pasos entró en una casa que no era la mejor del pueblo, ni tampoco la peor, aunque en calidad poco se llevaban unas a otras. En la puerta fue recibida por una mujer vestida de negro, de estas que más parecen envejecidas que viejas, flaca, rugosa y desguarnecida de los dientes incisivos, la cual con tanto alborozo como respeto la saludó:

—Dios la traiga, señá María, consuelo y alegría de estos probes.

Derecha entró la Madre hacia la cocina, que al extremo del pasillo se anunciaba, y atraía con su dulce calor. Hombres y mujeres dieron a la dama bienvenida cariñosa. En la cocina fue a ocupar un sillón de madera rústica con asiento formado de un tejido de cuerdas. La luz era de teas, a la que pronto se agregó un candil macilento, encendido en obsequio a la excelsa visitante. Los que tras ella entraron, dos hombres y una mujer, quedando los demás en la puerta contenidos por la veneración, sentáronse frente a ella en el poyo macizo o en derrengadas banquetas, y a los pies de la Madre se sentó Gil en el santo suelo, con familiar abandono de sirviente leal o deudo preferido.