—Mala está la noche para venir a pie desde Clavijo —dijo un anciano de largo pelambre, cegato, de corpachón abrupto y cansino, que ocupaba el asiento más cercano al hogar frente a la dama—. ¿Por qué no vino mi doña María en el carro?

—Porque a una de las mulas la tengo cojita, y la otra la he tenido trabajando todo el día en la noria. Me acompaña este criado, este buen Gil, a quien no conocéis, y que os presento como el más fiel de mis servidores.

Volviéndose luego a la dueña de la casa, que de rodillas ante el hogar avivaba el rescoldo, y acaldaba los pucheros entre la ceniza salpicada de brasas, le dijo:

—Como no me esperabas, Fabiana, no habrás dispuesto cosa mayor para que cenemos en tu compañía. Pero no vengo desprevenida, y por vosotros más que por mí os traigo los sobrantes de mi miseria, no tan rasa y monda como la vuestra.

Diciéndolo, metió mano al pecho por debajo del manto que holgadamente la cubría, y sacó una soberbia hogaza de ocho libras, olorosa aún de la reciente cochura. Al recibir el pan, Fabiana lo besó como a cosa bendita. Y ante el estupor de los presentes, metió mano la Señora por el otro lado del pecho y sacó una ristra de cebollas y una sarta de chorizos... luego, no se supo de dónde, dos perdices muertas colgadas por los picos. Y si todos se maravillaron de lo que vieron, Gil no salía de su estupor, pues al venir con la Madre no había notado en el cuerpo de esta el embarazo que supone traer entre la ropa objetos de tanto peso y bulto. Sin duda funcionaba el arte de magia o encantamiento...

—Pon a un lado las perdices —dijo la Señora—, y con el pan que te traigo nos harás unas buenas migas, aderezadas como tú sabes... Con las migas me basta para cenar, y los demás no han de estimar corta la cena.

—¿Qué ha de ser corta —dijo el viejo melenudo y cegato—, si, como sabe Vuecencia, estamos todos en el caso de aquel pueblo donde se pregonaba: Aquí es Villagorda, un garbanzo en cada olla?

El que así hablaba era el maestro de párvulos de Boñices, agraciado por la España oficial con el generoso estipendio de quinientas pesetas al año; hombre que en largos días de magisterio había sutilizado su corta ciencia doctorándose a sí mismo en la gramática parda y en la filosofía parduzca, sabio en recetas de vida, eruditísimo en refranes. Su nombre, largo como un alfabeto, era de los que empiezan y no acaban: don Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias; mas por abreviar le llamaban don Quiboro, que así las gentes acortaban kilómetros entre la primera y la última letra. El buen señor, rendido a su cansancio y a la miseria del pueblo, no enseñaba cosa alguna a los chicos, y les entretenía contándoles cuentos para que adormecieran el hambre, o salía con ellos al atrio de la iglesia para jugar al chito.

A don Alquiborontifosio siguió en el uso de la palabra la mujer que junto a él se sentaba, anciana de estatura tan lucida como la de la Madre, mas tan seca de rostro, que este se distinguía de las calaveras por el mover de la mandíbula sin dientes, emitiendo una voz de ultratumba, y por el brillo de sus ojuelos de lechuza, habituados a ver de noche más que de día. Era madre de Fabiana, cuatro veces viuda, y había dado al mundo veintidós hijos, de los cuales solo vivían tres. Su edad competía con la del siglo, pues nació en tiempo del intruso don José I. Ayudando a su hija en la preparación de las migas, le picaba el pan, mientras Fabiana disponía la sartén, el aceite y los ajos... A una pregunta de doña María, respondió con estas lúgubres razones:

—Mal tercio me ha hecho Dios teniéndome en este mundo tanto tiempo, para que vea disoluciones tales. La que aguantó cuatro maridos y parió hijos veintidós, parto doble tres veces, ¡ay! ya tiene derecho a estirar la pata y dormir la mona eterna... Si me manda relatar el mal de Boñices, direle que desde la última noche que vino acá Su Merced, tenemos más calamidades, más. Dos nietos míos, Luis y Macario, hombrachones recios como encinas, casados, y con tres criaturas el uno, con seis el otro, han salido ayer camino de un puerto de mar que llaman Santander para embarcarse en unas naves que van a las Américas... Se contrataron para trabajar en un campo de siete mil leguas, o qué sé yo... Llévanse a las mujeres y a los críos.