—A todos no —dijo interrumpiendo el hombre que junto a la viejísima mujer se sentaba, el cual era un vecino llamado Cernudas, albéitar in illo tempore, sacristán después, y hogaño enterrador del pueblo—; a todos no, que la semana pasada enterré yo a dos de los de Macario y a uno de Luis. Si la Señora quiere saber la estadiquista, como dicen en Soria, la cuenta de sepulturas, sepa que en los años de más muerte enterraba yo cuatro cuerpos cristianos cada año, y ahora salimos a ocho por mes, sin contar criaturas que van a la tierra como moscas.
Era Cernudas un tipo regordete, calvo, y a veces risueño, contraste violentísimo con sus fúnebres funciones en el lugar. Las chapas de sus mejillas indicaban el hábito de alegrarse con vino; mas como en Boñices escaseaba horriblemente el morapio, los dichos rosetones de la carátula del sepulturero degeneraban ya en manchas violáceas, como de cardenales recientes.
—Entenderalo mejor Vuecencia —dijo don Alquiborontifosio— cuando sepa que éramos aquí ciento veinticinco vecinos, y ahora, por bien que hagamos la cuenta, no sale mayor suma que treinta y dos. Lo demás se lo han llevado las malas cosechas, la falta de dinero, pues no hay quien posea dos pesetas, y los bandidos del Fisco, embargando tierras por no poder estos infelices con el peso de la contribución. El arrastrado Fisco saca las tierras a remate, y no viene ningún forastero a comprarlas por miedo a la infección de tercianas, cuartanas y quintanas que aquí padecemos, motivado al agua estancada que rodea el pueblo. De esta putrefacción murieron el médico y el boticario que teníamos, y ello fue en días en que había menos enfermedad que se sonaba, por lo que vino bien aquel refrán: El milagro del santo de Pajares, que ardió él y no las pajas...
—Mejor salud tenemos acá desde que se llevó Dios al médico —dijo la vieja-vieja, por nombre y cognomen Celedonia Recajo—, y aquí, don Quiboro, no hay más maleficio que el no comer, y todo eso del miquiborio es enredo y trabalenguas como el nombre de usted. Que nos traigan pan. Para espantar a la muerte nos bastaría con el pan, y con otra cosa que es el pan del alma, la santa alegría... Ya no hay mozas en el pueblo, que todas se han ido a Soria y al Burgo, a ser criadas o pior cosa. Ya no hay mozos, que unos por servir al Rey, otros porque les llama la golosina de las Indias, todos se han ido, y aquí no queda quien baile, ni se oye un rasgueo de guitarra. Yo, si hubiera un vejestorio que me sacara, bailaría; y aunque fuera danza de esqueletos, con la música de huesos contra huesos, se alegrarían los que quedan vivos en Boñices... ¡Ay, Boñices, quién te vido cuando yo me casé por primera vez, reinando don Fernando el Séptimo, y te ve ahora con tu gente ida, y la que queda descomida, y las almas... ateridas de tristeza!... Alegría, ¿dónde estás; sal de los cuerpos, a do te fuiste?... ¡Ay, ay! Cernudas, llévame pronto allá, y entiérrame, y apisona bien la tierra sobre mí, que si no, me arresucito, y saco a bailar a don Alquibori, bori... tifonsio... ¡Renegado nombre, que todavía en mil años que tengo no aprendí a decirlo de corrido!
Las bromas lúgubres de la secular Celedonia dieron cierta amenidad a la velada. Queriendo la Madre alejar la tristeza del ánimo entenebrecido de los boñicenses, incitó a don Alquiborontifosio a que hablase más de lo que le permitía su respeto. Desatose el maestro en estos peregrinos comentarios:
—Cuando yo enseñaba a los chicos a jugar con las letras y a pintarse los dedos con los palotes, ellos me socorrían... Uno me traía la ristra de cebollas, otro la media decena de huevos, aquel dos medidas de leche, quillotro una hogaza de seis libras. Pero vienen los tiempos malos, y Alquiborontifosio sale a pedir limosna a los caminos, y lo que saco doylo a los niños... Conforme Cernudas va enterrando a mis alumnos, mi escuela se va quedando vacía... Donde no hay pan, vase hasta el can... Viejo era yo cuando me salió una viuda joven, y pensé si me casaría. Pero yo dije: ¿Qué hace con la moza el viejo? hijos güérfanos... Pasado un año, por mi guapeza y mi habla graciosa, otra moza se prendó de mí. Yo pensé, yo vacilé. Demás está la grulla al sol, dando la teta al asno, que es como decir que está uno perplejo, sin decidirse... La muchacha era fea. Venía bien aquello de hambre larga, no repara en salsa... Mas era también rica. A la mona que te trae el plato, no le mires el rabo. Yo dudé, yo medí mis años y mis redaños, y dije con filosofía: Ni patos a la carreta, ni bueyes a volar, ni viejo con moza casar. Ea, he vivido luengos días, y aún viviré más con hambres y estrecheces. ¿Qué es la vida? Una muerte que come. ¿Qué es la muerte? Una vida que ayuna. Vivamos muriendo. ¿Cementerio dijiste? Pues entre sepultura y sepultura, testigo Cernudas, nunca falta un pedazo de pan y un traguito de vino.
Celebraron todas las humoradas del viejo filósofo y vividor, y en esto llegaron otros que a doña María con festejo saludaron. Entre ellos venían dos mozos fornidos y guapetones, los únicos que quedaban en las proximidades del pueblo, inmunes ya contra el paludismo y resignados a la miseria, y uno que a la espalda traía su guitarrillo colgado de una cuerda, y era músico, juglar o coplero, de esos que a los pueblos divierten con sus ingenuas invenciones de poesía mal trovada y burda. Por su andar a tientas y por la fijeza inexpresiva de sus ojos, se vio que era ciego. Lleváronle junto a la Madre, cuya mano buscó para besársela; sentose en el suelo, y le espetó esta retahíla:
—Gran Señora, dígame si es verdad la lienda que de Su Alteza corre por estos pueblos; dígamela, y pondrela yo en solfa con caída de sonsonete para recite o cante... Dicen que Su Magnificencia vive en el castillo de Clavijo, con su corte de ricas hembras, de caballeros y de trovadorcillos que le cantan y le bailan las cosas añejas. Dicen que en noches de tempestad se presenta ante el castillo un caballero; llama soplando en un cuerno que con su son atruena toda Castilla; levantan los de dentro el puente levadizo; entra el jinete en la plaza de armas, y vuestros escuderos le tienen del estribo para que baje de su caballo poderoso, blanco como la nieve. Es el Apóstol Santiago que va cuando le place a visitar a la gran doña María, y con ella cena en manteles de brocado, y de sobremesa platican de las cosas de estos reinos, y de las picardías de los hombres ruines que en ellos han puesto el mantel de sus negras meriendas. Yo voy a componer unas coplas y seguidillas con este asunto para cantármelas de lugar en lugar, y comer de ellas, que el comer es necesario, y ya que he tomado este oficio, tengo que sacar de él los garbanzos de cada día.
—Puedes componer y cantar lo que gustes, buen hombre —replicó la Madre risueña—. Pero cuanto supones de mi vida y mi castillo es invención, que no por mentirosa deja de tener su encanto y algún crédito en el mundo de las almas. Engaño es la poesía; mas con tal engaño se alimentan de substancia pura los entendimientos... Y diciendo y cantando cosas que no serán creídas, te aplaudirán las multitudes y ganarás honradamente tu pan... Direte ahora la verdad, que no es poética ni cantable. Yo vivo pobremente en Clavijo. Soy noble hidalga que ha venido muy a menos; no tengo más corte que dos o tres criados fieles como este que aquí ves, y mi castillo es una ruina desmantelada, donde verás gallinas, patos y otras aves, y algo de cuatropea para mi servicio y sustento, y nada más. Amiga he sido del Apóstol Santiago; pero hace siglos que el buen señor ni me visita ni de mí se deja ver en ninguna parte. En mi casa le tengo pintado en una lámina vetusta, y si hablo con él es tan solo para decirle: «Caballero mío, descansa en tu fuesa, si es que en ella yace tu santo cuerpo, y pon tu corcel blanco a tirar de un carro, que solo para eso sirve ya...» Esta es la verdad; pero si tú quieres lienda, como dices, y vives de ella, componla a tu gusto, y Dios te inspire y te ayude, hijo.
—Así lo haré, y algún día oiréis mis trovas en estos y otros caminos —dijo el ciego—, si os dignáis pararos en el corro de mis oyentes. Yo ando en el canticio y recitorio desde que la gota serena me quitó la presencia de las cosas. Mi nombre es Críspulo, y soy conocido en todo el mundo, verbi gracia, en toda esta tierra, por Crispulín de Chaorna, que tal es el nombre del pueblo donde vi la luz y donde la luz me fue quitada.