Muy del gusto de todos fue el relato de Crispulín, a quien la Madre invitó a participar de la cena que Fabiana y Celedonia con diligente afán disponían. Cuando nadie le esperaba, entró de rondón en la cocina el cura del pueblo, don Venancio Niño, varón docto y afable, bienquisto de sus feligreses, cuarentón, escueto y de traza pobre. En elogio suyo debe decirse que del lado de los mundanos intereses era el más cristiano de los hombres, pues cuanto poseía, y lo que le entraba por el pie de altar, repartíalo entre sus convecinos afligidos de atroces calamidades, reservándose tan solo lo preciso para la precaria subsistencia de su nada corta familia. Al verle llegar le hicieron sitio junto a doña María, cuya mano besó, diciéndole en el familiar tono de antiguos amigos:

—Dispénseme la Señora que no saliese a saludarla cuando entró en el pueblo. Tengo a la niña mayor muy malita; la pequeñuela, aunque corretea y brinca sin parar, se me está quedando en los huesos. Me ha entrado el temor de que las dos quieren írseme al Cielo. A la Santísima Virgen pido que me las deje... Me da el corazón que no seré oído. Vivo en ascuas, señora mía. Creo que estas amarguras darán conmigo en tierra.

—Ánimo, don Venancio —le dijo la Madre—, y no desconfíe de la protección divina. Procuraré yo mandarle un médico, y las niñas sanarán.

—Dios se lo pague, y dé a Vuestra Señoría días de gloria.

—Eso es más difícil. Los días de gloria están lejos, y si no que lo diga don Alquiborontifosio, que ya no tiene chicos, ni escuela, ni mendrugos de pan que roer.

—Sostengo yo —clamó el maestro con firme voz— que los días de gloria se fueron para no volver. En mi pueblo aprendí este refrán: Don Fután por la pelota, don Zitán por la Marquesota y don Roviñán por la rasqueta, pierden la goleta. Y si este no les convence, aquí tienen otro, que es de Aliud y de Lubia, pueblos que fueron romanos: Cárdenas y el Cardenal, don Chacón y Fray Mortero, traen la Corte al retortero.

—Razón tiene el maestro —dijo el cura—; pero en este lugar de Boñices, los males de toda la tierra se agravan con el abandono en que nos tienen los mandarines.

—Yo he pedido a los pudientes —indicó la Madre— que sean desecadas estas lagunas para que acabe el maleficio, y no me han hecho caso.

—Ni lo harán —declaró el maestro, sentencioso— mientras en el agua corrompida no vean los Gaitines peces, quiero decir, negocio.

Y no una, sino seis o más voces gritaron: