—Pues yo soy Asur, yo soy Mutarraf —replicó Gil enardecido por la insolencia de la deforme bestia—, y no temo a los guarros, aunque sean secretarios del Ayuntamiento, y vengan con facha de gigante de bambolla. Largo de aquí, mamarracho. Vuélvete al infierno, de donde has venido.

Diciéndolo, le atizó con su cayada un fuerte garrotazo en la parte a que alcanzaba del voluminoso vientre del espantajo, y este se deshizo al golpe, quedando convertido en un hombre de mediana estatura, regordete, arqueado de brazos y piernas, cara de media luna, mofletes gordezuelos con chapas herpéticas. De la visión primitiva conservaba el sombrerete ladeado, y la corbata y alfiler deslumbrantes.

Con altanería grotesca y procaz, Galo Zurdo arrojó sobre Gil sus denuestos chabacanos:

—Gandul, vete pronto de esta honrada villa... Aquí no consentimos vagos que vienen a merodear y a llevarse lo que roban. Mira que yo soy terrible; mira que estás delante del secretario del Ayuntamiento; mira que yo hago aquí lo que me da la gana, y que si no ahuecas pronto, te cojo y haré contigo una hequitombe.

—Pues yo —replicó el caballero con entereza— te digo que, quiéraslo o no lo quieras, vengo por Cintia, a quien tú llamas Pascua, y he de sacarla de este pueblo, que si te tiene por amo es el más puerco lugar del mundo. Yo, que no temo a los leones, menos temo a los cochinos, y vas a verlo ahora mismo si no te retiras a tu cubil, dejándome libre el campo.

Con necia presunción trató Galo de acometer al caballero; este le rechazó vigoroso y pujante; se tambaleó el de la vista baja, y a punto estuvo de dar en tierra con su crasa humanidad. Al rehacerse, metió mano al bolsillo de su americana para sacar el revólver... Pero antes de que pudiera hacer uso del arma, Gil con rápido movimiento le ganó la acción... y entre el esgrimir de la navaja y el clavársela en el pecho, no medió el espacio de un pensamiento. Cayó Galo Zurdo sobre un peñasco, al borde de las vertientes que en aquel punto descienden casi cortadas a pico. Gil no se detuvo a examinar el rostro de su rival vencido, y cogiéndolo de las patas, lo empinó sobre el precipicio y abajo fue rodando como pelota... Al rumor del rebote se mezcló un gruñido sordo, postrer aliento del ensoberbecido secretario y elegante lugareño.

Contempló Gil un rato la tenebrosa hondura, y no pudo apreciar hacia qué parte de la vertiente había quedado el cuerpo de su víctima, entre malezas y rocas. Su condición generosa le sugirió el impulso de bajar a reconocer a Galo y cerciorarse de su muerte; pero aquel impulso fue contenido por otro de reflexión egoísta, y se dijo: «Bien muerto está. Bien vale mi Cintia la vida de un imbécil. He despachado a un Gaitín. Si la justicia me persigue, el pueblo me lo agradecerá. Cintia me pertenece, y ese miserable quería quitármela. Cuando no nos dan lo nuestro, debemos tomarlo, y caiga el que caiga. Así lo han dicho San Basilio, San Agustín, San Gregorio Nacianceno y San Alquiborontifosio...»

Paseose tranquilamente un rato entre el humilladero y el portillo, y a la media hora de febril ambulación vio salir a Cintia con el envoltorio de su ropa. Venía la gentil mujer medrosa y risueña, estado de espíritu que denotaba cierta tranquilidad en el paso arriesgado de su fuga. Diéronse las manos, y sin detenerse, conforme caminaban hacia las veredas descendentes, Pascuala dijo a su amado:

—He tenido la suerte de que mis niños no me sigan esta noche. Cuando estaba disponiéndome para escabullirme, guardando el mayor silencio, se me aparecieron y me rodearon... Sus vocecitas zumbaban y aún zumban en mis oídos. Uno me coge por aquí, otro me coge por allá. Yo les decía: «Dejadme, ángeles míos. Volveré con vosotros.» Pero nada; no había medio de zafarme de ellos. Ya tu Pascuala se veía, como la otra noche, imposibilitada de salir, cuando de pronto recostáronse todos en el suelo y se quedaron dormiditos. ¡Qué cosa más rara! ¡Qué dicha para mí! En fin, aquí me tienes. Dime ahora tú: ¿diste a los niños algún bebedizo para que se durmieran?

—Yo no les di nada, Cintia —replicó el caballero apresurando el paso—. Ello habrá sido arbitrio de nuestra Madre, o de alguna divinidad, de algún genio desconocido que nos protege.