—¿Y al bestia de Galo Zurdo, le has visto por aquí? Me dijeron que en el pueblo te seguía los pasos, y que al salir de su casa cogió el revólver.
—Le he visto, sí, y hemos echado un párrafo. El revólver no le ha valido.
—¿Le has visto... aquí? ¡Qué miedo! Cuéntame. ¿Qué te dijo? ¿Qué hablasteis? ¿Se insolentó contigo? Más miedo me da su cobardía que tu valor.
—Tuvimos unas palabras —replicó Gil, queriendo esquivar el asunto—. Venía con mala idea, fachendoso y ruin. Pero yo le aplaqué pronto el chillido, y salió de estampía por ahí abajo, gruñendo y hozando la tierra.
—Si anda por estos vericuetos —dijo Cintia temerosa—, podrá vernos, podrá seguirnos...
La réplica de Gil fue muy expresiva:
—No te cuides de ese animal, amada mía, que a estas horas debe de estar a la vera de San Antonio Abad. Cuídate de pisar en firme, para que no resbales en este desriscadero. Agárrate bien a mí, y vamos a prisita, hasta perder de vista a ese maldito pueblo. Guardemos silencio, que bien podrá ser que las peñas oigan. Cuando estemos en salvo olvidarás tus martirios, y yo la estampa cerdosa de Zurdo Gaitín.
A la calladita, dándose sostén y apoyo mutuamente, llegaron al soto, y de allí, con andar cauteloso por los desniveles del suelo y la oscuridad de la noche, siguieron hasta las casas del Crudo, donde les aguardaba el fogoso corcel alquilado por Gil. Fue una risa el acto de acomodarse los dos sobre la cansada bestia, que si muy honrada debía creerse con la carga de tan ilustres personas, no parecía contenta del grave peso de ellas, con la añadidura del hatillo y envoltorio que contenían la ropa. Iba Gil en la silla y Cintia en la grupa, ciñendo con sus brazos la cintura del caballero. Mostrábase satisfecho el chalán alquilador, y encomiaba con donosas hipérboles la fortaleza y agilidad del rocín. Pronto se vio que este no carecía de nobleza, y que en cierto modo se vanagloriaba de cumplir dignamente la romántica misión que su destino le impuso. Salió por el camino adelante con un trotecillo cochinero que auguraba una dichosa jornada. Los amantes fugitivos celebraban la honradez y valentía del caballejo, y con graciosos encarecimientos le inducían a sostener el paso.
En este punto, se ve precisado el narrador a cortar bruscamente su relato verídico, por habérsele secado de improviso el histórico manantial. Desdicha grande fue que faltaran, arrancadas de cuajo, tres hojas del precioso códice de Osma, en que ignorado cronista escribió esta parte de las andanzas del encantado caballero. En dichas tres hojas se consignaban, sin duda, los pormenores de la fuga; si el penco sostuvo en todo el viaje sus hípicos arrestos; si los amantes hicieron alto en algún hostal o caserío, para dar reposo a sus molidos cuerpos y a sus inquietas almas. Falta también noticia de lo que hicieron al siguiente día, y del vehículo que tomaron, pues el alquiler de la cabalgadura terminaba en Tardelcuende. Queda, pues, desvanecida en la sombra de las probabilidades y conjeturas una parte muy interesante del rapto y escapatoria de Cintia. Mas no queriendo el narrador incluir en esta historia hechos problemáticos o imaginativos, se abstiene de llenar el vacío con el fárrago de la invención, y recoge la hebra narrativa que aparece en la primera hoja, subsiguiente a las tres arrancadas por mano bárbara o gazmoña.
Resurgen de nuevo los amantes aposentados en un humilde mesón de Barahona, lugar famoso por fechorías de brujas y jugarretas de diablillos desocupados; y allí fueron sorprendidos por un extraordinario suceso, que no debemos atribuir a brujerías, sino a un feliz designio de la Providencia. Hallábase Cintia en el mal empedrado patio, lavándose la cara en un barreño, y a su lado el caballero Tarsis liando un cigarrillo, cuando de un cuartucho próximo vieron salir al ingenioso, al imponderable Cíbico. ¡Oh felicidad, tanto más intensa cuanto menos esperada! Uniéronse los tres en estrecho abrazo, y al instante saltaron de boca en boca las preguntas, las indagatorias, el contar cada uno sus cuitas y calvarios. Lo primero fue dar Gil noticia del próspero suceso de la fuga de Cintia, y luego soltó Bartolito, con atropellado lenguaje, el relato de su odisea en busca de la ardilla.