—No podéis imaginar, queridos amigos, lo que he sufrido, ¡ay! Ya veis mi rostro demacrado... estas ojeras de romántico, y estos granos y sarpullido que son la muestra de la irritación que llevo dentro.

—De veras podría creerse que has salido de una grave enfermedad, o que te has echado encima diez años más de vida... No debías tomarlo tan a pechos, que ardillas mil hay en el mundo, para que ocupen en tu hombro y en tu corazón el lugar de la que perdiste... Por cierto que unos arrieros con quienes comí en Calatañazor, hace días, me dijeron que tu paniquesa fue cogida por los chicos del Crudo, los cuales la vendieron a un trajinero, y este a los frailes carmelitas del Burgo de Osma.

Confirmó Cíbico esta referencia, después de contar con prolijos detalles su veloz tránsito de pueblo en pueblo, sus afanes y angustias, la reventazón y fallecimiento de la honrada pollina que se identificó con el duelo de su amo, y luego añadió lo que fielmente se copia del ya citado manuscrito:

—En cuanto supe que los Carmelitas eran dueños de mi tesoro, me fui allá. Conozco al Prior, que es un frailón lucido, un elefante con cerquillo, envuelto en veinte varas de paño canelo y en otras veinte de franela blanca; buen tenedor, buen vaso en mesas regaladas; hombre, en fin, ejemplar y perfecto... por la otra punta del ascetismo. Conozco además a dos leguitos de aquel convento, buenos chicos, modositos, serviciales. Por ellos supe que mi niña estuvo allí un día muy mimada de los buenos Padres; pero el Prior dispuso de ella con idea de hacer un regalo al Provincial del Carmelo, a la sazón de visita en la santa casa. Sabido esto, me presenté al Prior, que en la celda me recibió muy complacido de mi visita; me compró algunas manos de estampas y tres docenas de medallas; obsequiome con una copita de lo añejo y bizcochos, y tocante al achaque de mi paniquesa, díjome riendo que al Provincial le había caído muy en gracia la niña... Total, que el buen Prior no tuvo más remedio que ofrecérsela... Total, y van dos: que el maldito Provincial admitió, frotándose las manos de gusto. Distingue y protege a las Carmelitas de Almazán, y en mi ardilla vio la más preciada fineza para obsequiarlas. Me planté en Almazán; supe que las monjitas están muy regocijadas con la ofrenda, y que la miman y agasajan... Me presenté en el locutorio... Nada, hijos, que no la dan ni por todo el oro que pesa... y al decírmelo me insultaron... ¡Mal rayo con ellas!... Aquí tenéis un caso nuevo de esa peste que llaman Clericalismo. ¿No estáis oyendo todos los días que los frailones o seglares afrailados huronean en las familias, para olfatear y cazar doncellas ricas, y llevárselas al noviciado y profesión en este o el otro monasterio? Pues lo mismo han hecho conmigo ese marrajo del Prior y el zorrocloco del Provincial.

Rieron y se holgaron los amantes del desatinado parangón que hizo Bartolo, el cual se mantuvo en sus trece:

—No es para reírse, Pascuala; no es cosa de chanza, Gil. He dicho Clericalismo y no me vuelvo atrás. La preciosa y juguetona ardilla que por largo tiempo fue el alivio de mi soledad, pertenece al sexo femenino, como sabes; es una hembrita honesta, que no ha conocido varón, y bien puedo asegurarlo, porque la tengo desde chiquitita; la recogí del regazo de su mamá en Egea de los Caballeros; la he criado, dándole buena educación, y enseñándole los mejores modos. Aunque traviesa y correntona de su natural, sabe lo que es respeto y obediencia a los superiores. Me quiere a mí tanto como la quiero yo a ella. De mí se escapó por un susto, y si ahora me viera, hacia mí vendría con brinco alegre, dejando con un palmo de narices a todas las monjas y Priores y Provinciales de la cristiandad.

Enlazando bromas con veras, Cintia y el que pasaba por su marido trataron de arrancar de la mente de Bartolo la maniática idea que le atormentaba. Mas tal arraigo tenían en el ánimo del buhonero el amor del animalito y el coraje de verlo en ajenas manos, que prefería el dolor al consuelo. Aquel hombre bondadoso y manso hallábase en tremenda crisis moral. Su corazón era un volcán de odio contra las Carmelitas de Almazán, que le habían despedido del locutorio con menosprecio y burlas, como si fuese a pedir la libertad de una señorita enclaustrada por fuerza. Comiendo aquel día con Gil y Pascuala, su irritación era tal, que los amigos oyeron asombrados estos increíbles despropósitos.

—En mí tenéis una de las víctimas más desdichadas del Clericalismo. No hay que tomarlo a risa... Me han quitado el único ser que con sus gracias endulzaba mi vida. Lo reclamé, y aquellas descastadas mujeres me mandaron a escardar cebollinos, me llamaron hereje, desvergonzado, alca... etcétera, correveidile de pecados indecentes... Pues me la pagarán... vaya si me la pagarán... Tengo una idea... una idea. Para realizarla cuento con unos amigos que llegarán de un momento a otro...

—¿Qué discurres, qué proyectas?

—Pues nada: pegar fuego al convento de Carmelitas de Almazán.