Tan tenazmente aferrado estuvo toda la tarde a la bárbara idea de quemar el convento, que Gil y Pascuala temieron por las facultades mentales del pobre Cíbico. Los amigos que este esperaba presumiendo que serían sus colaboradores en aquel intento, eran un arriero apodado el Pocho, famoso en diabluras de contrabando, y dos trajineros, llamados Tomás y Filiberto, hombres los tres de poder y travesura, que lo mismo servían para un fregado que para un barrido, y habían ilustrado sus nombres en la facción y en campañas electorales de baja estrategia. Llegaron al anochecer en dos carromatos que venían de Soria para Atienza. Pero el Destino, que dispone con salvaje independencia del proponer del hombre, quebrando y torciendo las líneas de la historia, trajo a Barahona, con el Pocho y con Tomás y Filiberto, nuevas muy desagradables, que trastornaron los pensamientos de Cíbico, y más aún los de los amantes fugitivos, como verá el que leyere.

XX

De cómo pasaron el caballero y sus amigos de la esclavitud de los Gaitines a la no menos insolente y dura de los Gaitones.

A escondidas de Gil y Pascuala, contaron a Cíbico los trajinantes que descubierto en el despeñadero de Calatañazor el cadáver del secretario del Ayuntamiento, y desaparecida la maestra de la casa de sus tíos, recayeron las sospechas de ambos delitos, homicidio y rapto, en la persona de aquel mozo, que unos llamaban Gil, otros Florencio Cipión, jornalero en las minas de Numancia. En Calatañazor había gran escándalo, y los Gaitines de Soria echaban lumbre, abrasados de ira y furor de venganza. Ya se habían dado órdenes a la Guardia Civil para la busca y captura del criminal, que por todas las trazas no era otro que el tal Cipión, a quien tenían pared por medio en aquel instante.

Agregó riendo el Pocho que perdonaba de todo corazón al matador, y aun le concedía plenas indulgencias, considerando, como dice la curia, que mejor estaba Galo Zurdo en el otro mundo que en este; y los tres declararon que con alma y vida estaban dispuestos a ocultar a Cipión, para que los civiles y la justicia no pusieran mano en él. Una circunstancia favorable al delincuente hubieron de señalar, y era el lugar donde a la sazón se hallaba, porque la Benemérita, siguiendo una falsa pista, buscábale por el camino del Burgo de Osma, San Esteban de Gormaz y Aranda. Debían, pues, llevársele a la villa de Atienza, que de allí bien podría escabullirse a izquierda o derecha requiriendo veredas solitarias y serranías casi desiertas.

Aterrado quedó Cíbico ante tal notición, y lo primero que hizo fue desahogar su pena con grandes suspiros y exclamaciones lastimosas. En breve consejo que los cuatro celebraron, se acordó proponer a Gil y a la dama robada que aquella misma noche partiesen con ellos, acomodándose en uno de los carromatos. Véase por dónde la Providencia o la Fatalidad desviaron al enrabiscado Bartolito del audaz propósito de pegar fuego al convento de Carmelitas de Almazán. Dispuesto a partir para esta villa, hallábase el hombre en Barahona; mas el generoso anhelo de librar a su amigo de las garras de la justicia, le indujo a seguir la dirección contraria. Mucho habrían de agradecer las buenas religiosas que el gran Cíbico cambiara de ruta, si de ello tuvieran noticia. Todos iban ganando: las monjas se libraban de la chamusquina, y al buhonero se le apagó el rencor que inflamaba su pecho.

Ante la gravedad del caso, se determinó el buen Bartolo a comunicar a los descuidados amantes lo que sabía. No se inmutó mayormente el caballero, que ya presumía o barruntaba la repercusión de la tragedia. En el bello rostro de Pascuala se notó el ahinco de mostrar entereza; mas la pavura y aflicción le salieron pronto a los ojos y boca. Resignados al fin los dos con la suerte que el cielo y los hombres les depararan, entregáronse sin reserva al amigo y a los carreteros para que les condujesen a la más probable salvación. Media noche era por filo cuando partieron de Barahona. Los amantes iban solos en uno de los carros, recostaditos en sacas de lana, y abrigados con mantas espesas; pero esta relativa comodidad no les dio el blando sueño, porque les desvelaba el ardiente cavilar, midiendo y pesando los riesgos que corrían. Hicieron febril examen de los diferentes medios de ocultación, y se entretenían en inventar y proponerse los disfraces más estrambóticos.

Al amanecer, parados los vehículos al subir del puerto, Cíbico pasó de su carro al de los amantes para platicar con ellos y sugerirles una o más ideas de escondite seguro. Hablando después de cosas pretéritas y de personas ya perdidas de vista, aunque no borradas de la imaginación, dijo el encantado Asur, Hijo del Victorioso, que si hubieran seguido la falsa pista, y en ella les encontrara el guardia Regino, este les habría dejado escapar. Era un amigo de acendrada nobleza, caballero a carta cabal. A esto replicó Cíbico:

—Nuestro buen Regino no está ya en la Comandancia de Soria. Le han trasladado a... deja que me acuerde... No sé si es a Sigüenza, Jadraque o Cogolludo. Sería buena sombra para ti que toparas con él, y mejor aún que antes le viera yo para prevenirle. Si esto pudiera ser, a ti vendría yo con un lindo soplo, diciéndote: «Gil, no vayas por este camino, sino por quillotro.» O bien: «Gil, vístete de fraile francisco, y Pascuala de lego; ensuciaos caras y manos, y echaos al camino pidiendo limosna, sin miedo a la pareja. Para esto habías de llevar holgadas alforjas, y Pascualita un santirulico metido en su urna»... Y en resolución, amigos, confiemos en Dios Todopoderoso y en su divina Madre.

En la Madre suya, que también era divina, confiaba el caballero con arraigada fe, y tenía por indudable que viniese a socorrerles cuando estuvieran en las apreturas y conflictos más graves. Siguieron adelante con marcha perezosa, por causa del tiempo de agua que les fastidió a poco de salir de Barahona. Encharcado el camino, las pobres mulas tiraban a desgana; los trajineros, encapuchados con sacos del revés, bajaban a estimular con palos a las pacientes bestias; cada bache producía detención y una bárbara escena de castigos, imprecaciones y ofensas a Dios y a la humanidad, envileciendo y ensuciando las cosas más santas. Solo los dos perros iban tranquilos, guarecidos de la lluvia debajo de los carros. Los amantes no se dolían del mal tiempo, pues era muy de su gusto no ver alma viviente a lo largo de la carretera. En un alto que hicieron descendiendo hacia Paredes, subió Cíbico por segunda vez al atascado carro de los amantes, y partiendo con ellos desayuno de pan y cecina, les animó con risueños planes.