—Ya que estoy aquí —les dijo—, seguiré hasta mi pueblo, que es Taravilla, en término de Molina de Aragón; y si queréis llegaros allá conmigo, desde ahora os garantizo tanta seguridad como tendríais si os subiérais al mismo cielo. Ya os he dicho antes que os conviene casaros por la ley de Dios, que así os hallaréis santificados, y mejor dispuestos para que la justicia se ponga tierna con vosotros. Haced caso de mí. No está bien que sigáis amontonados según eso que llaman librepienso, porque casaditos no podrá decir nada contra vosotros el malvado Clericalismo... Sed, pues, un poquitín hipócritas; poneos en el tono de los más, y aparentad religión, que si la lleváis en la voz y el gesto, ya tenéis medio camino andado para que la opinión os crea inocentes. A propósito de religión, sabed que el cura de Taravilla es mi tío, don Librado Cíbico, santo varón que os casará en dos palotadas en cuanto yo le hable de ello. Me diréis que os faltan los papeles, y os contesto que cuanto papelorio necesitéis os lo facilitará otro de mis tíos, don León Conejo, cartulario en Molina de Aragón, el cual es un águila en escritura moderna y antigua, y lo mismo imita la letra gótica que la Iturzaeta o la bastardilla, rasgos para arriba, rasgos para abajo; y documento que sale de sus dedos es tan de fe como los que escribieron los cuatro Evangelistas. Tened por seguro que los papeles de ambos contrayentes los apañará tan en regla como si fueran los propios, sin que nadie pueda poner la menor tacha en los sellos, rúbricas y demás requilorios.

Convencidos quedaron los amantes, y tal era el efecto de la suelta labia del buhonero, que ya se veían refugiados en Taravilla esperando a que les arreglaran el casorio don Librado Cíbico y don León Conejo... Por el mal estado del camino y la insistente lluvia, tardaron los carromatos dos largos días en llegar a la ilustre villa de Atienza, ceñida de doble muro y guardada por uno de los más altaneros castillos que han sobrevivido a la época feudal. En una venta situada al pie del cerro en que se alza el castillo, pararon los trajineros para tomar la mañana, y allí se discutió si sería o no conveniente que los fugitivos entraran en la villa, oprimida, como las más de España, por autoridades metijonas y cargantes, por clérigos fastidiosos y acusones, y señores rígidos que en todo metían las narices olfateando la inmoralidad. Estas advertencias hizo el Pocho en bárbaro lenguaje, y Filiberto trató de desvirtuarlas, asegurando que el vecindario y autoridades de Atienza eran buenos, generosos y hospitalarios. La opinión de Tomás fue que no mandando en aquella comarca los Gaitines, sino los Gaitones, no había nada que temer. Aunque el Gaitón de Atienza y sus hijos eran de la peor ralea del mundo, bastaba que aquellos fugitivos vinieran de tierra gaitinesca para que se cuidaran de protegerlos antes que de perseguirlos.

Oídos los distintos pareceres, determinó Cíbico que Gil y Pascuala quedaran en la venta, y él con ellos para prevenir cualquier incidencia desagradable. Además, había que hacer frente a una nueva dificultad. Los tres amigos trajineros tenían que volverse a Soria. Era forzoso estudiar y poner en práctica otro medio de locomoción, para llevar más lejos a los perseguidos de la justicia. Instalose, pues, Bartolo con estos en un camaranchón alto de la venta, para descansar, reponer fuerzas, y ocuparse en discurrir los cantos inéditos de aquella odisea.

Con algunas dádivas y expresivos requerimientos que llegaban al corazón, ganó Bartolo la voluntad de los venteros, quedando así garantizado el escondite hasta emprender nuevamente la marcha. Pero la tranquilidad en que se hallaban los fugitivos fue turbada al siguiente día por las noticias alarmantes traídas de Atienza por los carromateros. En la villa corría un rumorcillo del crimen de Calatañazor, del cual hablaban ya con misterio, apuntando también a Cíbico, como encubridor, los papeles de Soria. No le nombraban; pero bien claras eran las señas y la pintura del tipo, con los rasgos indubitables del comercio ambulante y la pérdida de la ardilla. Opinaban, pues, el Pocho y compañeros que los sospechosos debían tomar soleta sin demora, internándose en los montes de Sierra Pela. Con estos graves avisos de la realidad, se turbó el ánimo del buhonero; mas recobrando pronto su buen temple, supo ponerse, como dicen los políticos, a la altura de las circunstancias, y con el dedo en la frente, los ojos medio cerrados, largó esta soflama de general en jefe en día de batalla:

—La cuestión se complica. Procuremos conservar nuestra sangre fría, y ante las arrogancias del enemigo saquemos del magín todas las matemáticas pardas que poseemos. Visto que mi objeto es refugiarnos en Taravilla, donde tendremos para el ocultamiento, casorio y demás a mi tío don Librado y a don León Conejo; visto que aquí no podemos seguir, nos escabulliremos de noche hacia Riofrío, y por atajos seguiremos hasta plantarnos en Alcolea del Pinar. De allí a Molina, todo el territorio es mío, pues en Selas y Maranchón hasta las piedras me tutean, y los ciegos me ven y los mudos me oyen... Conque, amigos, dad memorias a los Borjabades de Soria, que a mi parecer esos son los causantes de que yo me vea complicado en este negocio. El avestruz de don Saturio me tiene tirria porque yo me llevo las simpatías de todo el mundo, y a él nadie le puede ver. Que siga buscando las minas de plata, y que las encuentre de porquería. Y despídase para siempre de este filón de Pascualita, que es para mi amigo Gil. Rabiad, Gaitines; tragad quina, Borjabades. A estos desventurados novios me los llevo a Taravilla, y allí los caso, y seré padrino de la boda y de lo que venga después. Conque, amigos Pocho, Tomás y Filiberto, buen viaje, y si os preguntan por nosotros, decid que nos ha tragado la tierra... Cuando paséis por Almazán, echad a las Carmelitas de parte mía todas las maldiciones que se os ocurran, con la mar de ajos y otras desvergüenzas; y si podéis meterles por las rejas una tea encendida, prestaréis un servicio a la patria y a vuestro seguro servidor...

Un día más dejó pasar el astuto capitán de la expedición para mayor descanso de Pascualita, y en espera de mejor tiempo. Por fin, ajustados y dispuestos tres borricos de buen pelaje, propiedad de un recuero de Sigüenza, partieron en noche fría y serena a tomar las angosturas de Riofrío, faldeando el monte llamado Padrastro de Atienza. Nada digno de contarse les ocurrió en esta travesía. Llegaron felizmente a Huérmeces a la tarde siguiente; descansaron allí algunas horas, y con ocho más de recorrido avistaron la ilustre y episcopal ciudad de Sigüenza. Guardose bien el prudente Bartolo de penetrar en ella, y pasando el Henares por un kilómetro más arriba, rodearon hasta parar en una venta situada en la carretera de Alcolea del Pinar.

Era el ventero amigo y algo pariente de los Cíbicos de Taravilla, y enterado del asunto quiso mostrar a los fugitivos su generosa simpatía, proporcionándoles un carro para seguir hasta Selas. En el carro pusieron media carga de ladrillos, y encima unas piezas de estameña y saquerío para que se acomodara la señora; los dos hombres irían a pie, cambiando su ropa por las prendas usuales del país. En los preparativos de esta combinación se les fue todo un día y parte de la noche. Salieron al fin hacia Barbatona, confiados y contentos... Pero ¡ay! al amanecer, cuando se aproximaban a este lugar, se les apagó súbita y desgraciadamente la buena estrella que en su fuga les guiaba, y quedáronse a oscuras en pleno día. Día fue en verdad funesto, de los que han de marcarse con piedra negra... Al salir de una revuelta, vieron venir la pareja de la Guardia Civil. No les valió hacerse los indiferentes, con idea de pasar de largo sin más que un ligero saludo. Pronto vieron que los guardias venían al bulto... pronto reconocieron en uno de ellos al bondadoso Regino.

Al compañero de este le desconocían los fugitivos: era proceroso, bigotudo, de rostro cetrino y fosco. Dioles el alto y les pidió los nombres. Vacilaron un momento los dos caminantes, y mirando a Regino, parecían solicitar su benevolencia. El guardia feo sacó el papel en que llevaba las señas de Florencio Cipión, presunto autor de un homicidio. Regino le dijo:

—No te canses, Juan. Les conozco, y ni este ni los demás pueden ocultar sus nombres. La dama irá en el carro. Ya la veo: es ella.

—No queremos mentir, Regino —dijo el caballero con gallarda sinceridad—. Somos Cintia y yo que vamos huyendo de la justicia. No nos maltrates, y cumple con tu deber.