—Amigos míos son —dijo Regino al otro guardia—, y me duele verme en el caso de detenerlos. Pero la ley es ley. Conozco a Cipión... Cipión amigo, te tuve por caballero... Yo no te acuso; yo no hago más que prenderte, porque eso nos han mandado. Si eres inocente, como creo, tú sabrás demostrarlo... Y en cuanto a ti, buen Corre-corre, no sé qué pensar.
—A mí me cogéis por encubridor —declaró Bartolo con cierta arrogancia caballeresca—. Yo protejo a los fieles amantes y doy mi amparo a los desvalidos. Ya sabéis aquello de Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia...
—Ea, poca conversación —dijo el guardia de la cara fosca—. Con usted, paisano, y con la señora del carro, no va nada. A ninguno de los dos se menta en este papel. Y ahora vuelvan grupas, y a Sigüenza los tres, si no quieren dejar solo al Cipión.
—Yo voy con mis amigos hasta los confines del mundo si es menester —dijo Cíbico iniciando la contramarcha.
Al dar los primeros pasos, Regino se acercó al carro, y viendo a Pascuala hecha un mar de lágrimas, la consoló con estas blandas razones:
—No llore usted, señora. Es cosa triste, sí, que tenga usted que separarse de Florencio; pero... calculo yo que será cuestión de pocos días... En todo caso, le garantizo que estará usted en lugar seguro y decoroso, tan bien atendida como en su propia casa. Y si, como pienso, Florencio resulta inocente, se reunirá con usted para continuar su camino hacia la felicidad, que pocos alcanzaron en este mundo... ¡Quién sabe si este contratiempo será para mayor dicha de ustedes! Yo así lo deseo... Vaya, vaya... tanto llorar le retuerce a uno el corazón.
Insensible a estos candorosos emolientes, Pascualita no atajaba la corriente acerba de sus lágrimas, ni su congoja le permitía pronunciar palabra alguna. En tanto, Gil marchaba taciturno entre Cíbico y el otro guardia, y su ceño adusto y su mirar al suelo indicaban el paso interno de una lúgubre procesión de despecho y coraje. Volvió Regino a su puesto junto al criminal, para llevarle en medio, y también traía entre ceja y ceja y en su grave mutismo indicios de otra solemne procesión, acaso conflicto anímico entre los deberes y la amistad. Y cuando Regino abandonó el papel de consolador junto al carro, que iba detrás, fue a desempeñarlo Cíbico, tratando de atenuar el dolor de la maestra con estas rebuscadas expresiones:
—Si se llevan a Gil, y ello será por pocos días, ya sabe, Pascualita, que en mí tendrá un padre... Y si quiere que vayamos tras de Gil a Soria, por mí no hay inconveniente... Buenas relaciones tengo en toda la tierra de los Gaitines, y algo podré hacer para que la causa vaya por buen camino. Don Eleuterio y don Sabas Gaitín no me dejarán mal, si les digo yo al oído dos palabritas, y el mismo Prior de los Carmelitas de El Burgo no me dejará feo si le pido su intercesión. Yo le perdono lo de la ardilla, si él saca el pecho fuera por salvar a un inocente. Ánimo, bella señorita... y no lloréis tanto, que se os empaña la hermosura.
Sin ningún incidente que alterara la tristeza de lo que se ha referido, llegaron a Sigüenza, lo que fue mayor duelo de Cintia, porque apenas entraron en las calles costaneras y empedradas por los demonios, la caravana fue rodeada de gente curiosa, en su mayor parte chiquillos y mujeres, que con preferencia se agolpaban a los lados del carro para contemplar a la dama dolorida, en quien algunos vieron una princesa cautiva. Con séquito tan azorante llegaron a la Plaza Mayor, donde está el Ayuntamiento y en él la cárcel. De la otra parte se alza el hastial derecho de la hermosa basílica seguntina. Porches desiguales rodean la plaza; retorcidos hierros oxidados soportan el balconaje de las casas vetustas. La llovizna y el brumoso cielo ennegrecían el ya triste escenario. Al pasar el carro junto al Ayuntamiento, formose un gran ruedo de mirones impertinentes en torno a la caravana. Regino llegose a Gil, y un tanto turbado le dijo:
—Tú solo entras en la cárcel; la señora y Cíbico quedan fuera, pues aún no se nos ha ordenado detenerlos. Yo te aseguro que debes estar tranquilo por lo tocante a Pascualita, pues la albergaré en mi propia casa, donde será tratada con todo el miramiento que merece.