Montó en cólera el caballero al oír esto, y no pudo contenerse:

—Ya veo la infamia, ya veo tu deslealtad conmigo. Por caballero te tuve; pero ya entiendo lo que puedo esperar de tu amistad. Mi mujer no se separará de mí; mi mujer no puede ir a tu casa, porque no debe ser así, porque no quiero yo, Regino... no quiero, no quiero.

—Párate un poco, y reflexiona —replicó el guardia, pálido, con temblor de la mandíbula—. En Numancia te dije que aquí nací yo, que aquí vive mi madre, señora de cuya respetabilidad pueden darte noticia muchas personas de las que aquí están. Mi madre es hermana del Rector del Colegio de San Antonio, y con él mora. Es vivienda por demás honrada y decorosa... No dudes de mí, que fui tu amigo y sé portarme como tal y como caballero.

No se dio Gil a partido; antes bien, poseído de furor, trató de desasirse de los que le sujetaban, y con modos tan violentos se sacudía, que el guardia fosco ordenó que le amarraran.

—No te creo, Regino; eres un villano —gritaba—; eres un hipócrita: ahora me quitas a la que con artes de mala ley quisiste hacer tuya... ¡Suéltenme! Regino, por la fuerza me vencerás... pero yo me vengaré de ti, yo...

No pudo decir más, o no se oyó lo que en rencorosos borbotones salía de su boca.

En esto se adelantó un hombre, un señor de buena estampa, con barba negra, el cual por su actitud y manera de producirse tenía sin duda predicamento y autoridad en la ciudad. Era don Ramiro Gaitón, y sus palabras fueron de las que no admiten réplica:

—Ea, metedle adentro, cacheadle y ponedle grillos si fuese menester, que este, por las trazas, es bandido de cuidado. Pronto, adentro con él.

Y luego se fue a ver a la del carro, que de la fuerza de su congoja y del bochorno de verse entre tal gentío, había perdido el conocimiento. Mirola el Gaitón con ojos ávidos de conocedor y catador de bellezas, y risueño dijo así:

—¡Bonita mujer! No caen estas brevas todos los días. Llévatela, Regino; guárdala en tu casa.