XXI

Donde se verá cómo principió el espantoso vía‑crucis y horrendo calvario del caballero sin ventura.

Mientras el don Ramiro (que por ser Gaitón merecerá toda la antipatía de los que esto lean) creíase obligado, por deber y por derecho, a prestar auxilio a la hermosa señora del carro, y disponía que conducida fuese a la botica (regentada por otro Gaitón) para que se le administrara una bebida antiespasmódica, Gil era empujado con violencia y grosería hacia el interior del feo edificio. Hallose dentro de un local que recibía la luz de enrejada ventana estrecha, y con abandono de animal rendido de cansancio se arrojó al suelo, que en algunos sitios tenía montones de paja donde duraba el hueco de otros presos allí albergados anteriormente. Su desesperación no le dejaba espacio para considerar las consecuencias de su infortunio ni los medios de conjurarlo. A poco de humillarse sobre la paja, cayó en un sopor febril, que le daba la sensación lúgubre de un descenso a los profundos abismos, donde le maltrataban y escarnecían diablos crueles y harpías desvergonzadas... La noche le encontró en el propio estado de somnolencia, con intervalos de estupidez o embrutecimiento, en los cuales percibía los ásperos ronquidos de otro infeliz que no lejos de él mataba las horas.

Hallábase ya el caballero más despabilado de su negra modorra, cuando hirió sus oídos la voz del compañero de encierro, el cual en tono familiar así decía:

—Buen amigo, pues la mala suerte nos ha traído a estar juntos en esta mazmorra indecente, hablemos y contémonos nuestras miserias, que yo soy de los que, a falta de pan y de alegría, se alimentan con el sueño a ratos, y a ratos con la buena conversación.

La réplica de Gil fue tan solo de monosílabos perezosos, y el otro, incorporado en su lecho de pajas, prosiguió así:

—Como yo voy siempre a cara descubierta, sin ocultar mi nombre ni renegar de mí mismo, le diré que me llamo Tiburcio de Santa Inés, y que soy natural de Rebollosa de Jadraque, donde tengo, digo, tuve mi hacienda, y que estoy preso por haberle tirado una piedra a Crisanto Gaitón... Le apunté a la cabeza, y le di en el hombro sin hacerle daño... Fue por... Verá usted... Mi padre, José de Santa Inés, natural de Garabatea, me dejó una finquita que fue de mi abuela materna, Rosalía Carbajosa, natural de Tor del Rábano, y dicha finca linda por el Naciente con huerta y viñedos de don Zacarías Escopete, por el Sur con las tierras de... Pero si está usted dormido, me callo y lo dejo para después, que no quiero molestarle...

Contestó Gil con estas incongruentes expresiones:

—Yo maté a Galo Zurdo por rescatar a mi novia y sacarla del infame cautiverio en Calatañazor... Ahora no descansaré hasta que dé muerte a Regino, que me engañó con arrumacos hipócritas, haciéndose pasar por caballero encantado como yo... ¡Quién me había de decir que recobrada mi mujer, fuera Regino quien me la quitara! Si usted defiende a Regino, se verá conmigo en esta cárcel, o fuera de ella; y si nos llevan juntos a Soria, veremos quién puede más.

—Amigo —dijo el otro con voz blanda, tirando al humorismo—, no me hable usted de matar, que yo, aunque ando en cárceles, no soy hombre que acomete a sus semejantes, y jamás he quitado la vida a ningún nacido, como no sea mosca, mosquito, o cuanto más algún pobre conejo que se me ha puesto delante de la escopeta. Yo no mato... Tiré una piedra al Gaitón en el momento de más coraje que he tenido en mi vida; pero no iba más que a descalabrarle, para que se acordara de Tiburcio de Santa Inés, el despojado y atropellado en Rebollosa de Jadraque.