Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don Basilio la seriedad con que le oye Poleró.

—El déficit, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro, presentando las cosas...

—Bajo un falso prisma...

—Permítanme ustedes... Á esto hay que añadir la deuda del Tesoro... los compromisos que traerá la última operación con la casa Laffitte, las resultas del empréstito Mirés...

—La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de eso...—dijo Arias interpretando el cansancio de algunos.—En lo que usted cuenta habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico...

—Permítame usted...

—Tiene razón don Basilio—gritó Poleró saliendo á su defensa y enredando la cuestión á ver si se sulfuraba el hacendista, que era el paso más cómico que podían desear.—Así no se puede discutir. Los que no conocen bien la Hacienda...

—Eso es música.

—Por Dios, Caña, no nos hable usted de jeroglíficos.

—Para ustedes, lo que no sea traer y llevar á Sor Patrocinio y á... Que les aproveche.