Fuera de Cienfuegos, ninguno de los compañeros de Miquis sabía el origen del repentino engrandecimiento de éste. Quién lo atribuía á inesperada herencia, quién á lotería ó hallazgo. Y que la cosa era gorda no podía ponerse en duda, porque las liberalidades del manchego casi rayaban en sardanapalescas. Por mañana y tarde no cesaba de convidar á los amigos en el café; había saldado las cuentas con el mozo y con cierto usurero á quien Arias llamaba Gobseck, y se puso en paz con otros británicos de menor cuantía. Entre los del cotarro que se formaba en un rincón del café, se hizo corriente y como proverbial, siempre que se proyectaba teatro, diversión ó merienda, la locución: «Miquis paga.»
Y para no ser el último en gozar del provecho de su opulencia, el manchego se lanzaba ¡oh sibaritismo! á la vida de gran señor, proporcionándose unos lujos, señores; unas tan grandes pompas mundanas... ¿Qué hizo nuestro hombre? Pues tomar para su vivienda exclusiva el gabinete de la esquina, que no se daba sino á dos ó tres que vivieran juntos y pagaran el máximum de pupilaje. ¡Qué gusto vivir él solo en aquella habitación regia, donde había una cama semidorada, alfombra mosaico hecha de distintos pedazos de fieltro y moqueta, consola de caoba, cajas que fueron de dulces, un espejo de los de ver visiones, y dos grandes láminas compuestas de retratitos fotográficos de todos los alumnos de un curso final de Medicina ó Derecho! Para rematar dignamente su señorío, conveníale tener un servidor, ayuda de cámara, ó si se quiere secretario particular y del despacho, y para todos estos menesteres le venía de molde el insigne Felipe, que era listo, activo, obediente y le manifestaba un afecto rayano en la idolatría.
Con esto cumplía Alejandro dos fines: el egoísta de ser amo de alguien, y el nobilísimo y cristiano de amparar al chico y ponerle al estudio. Convinieron en que le daría libros y le matricularía en un Instituto. ¡Qué gustazo tener un paje á quien mandar, á quien dar gritos, á quien decir á toda hora: «Felipe, tráeme esto... ven acá, corre allá... muévete...!» Lo peor del caso era que, pasados dos días de la entrada de Felipe en la casa, éste resultó ser criado de todos, y todos eran sus amos, porque sin cesar le mandaban á la calle con éste ó el otro recadillo. No era la última en aprovecharle Virginia, que vió en el chico una buena ayuda de su negocio. Cuando no le ponía á limpiar cubiertos, me le mandaba por carbón; ya le llevaba consigo á la compra, ya, en fin, le hacía barrer la casa. No tenía, en verdad, Felipe un momento de sosiego. Era, pues, muy común que Alejandro llamaba á su criado, y que éste no respondiese. El impetuoso amo sé ponía furioso, y sus gritos y aspavientos casi se oían desde la calle: «Le voy á matar... esto no se puede sufrir.» Pero todo concluía cuando entraba don Basilio Andrés de la Caña, diciendo:
—Permítame usted, señor de Miquis. Me tomé la libertad de mandar á Felipe por una cajetilla.
Ó bien era Alberique, que decía:
—¡Si fué á traerme tinta china y cerveza...!
Á esta comunidad de los servicios de Felipe correspondía la comunidad del lujoso gabinete de Miquis, pues los huéspedes amigos le tomaron por suyo. Era el casino de la casa, el disputadero, Ateneo, Bolsa, club, salón de conferencias, el Prado y el Conservatorio, porque allí se charlaba, se fumaba, se discutían cosas hondas, se leían los autores sublimes, se contaban aventuras, se escribían versos, se leían cartas de novias, se tiraba al sable, se hacían contratos y se cantaban óperas. Contentísimo estuvo Alejandro algún tiempo en medio de aquel bullicio; pero, al fin, tan larga y fastidiosa era la invasión en su cuarto, que llegó á cansarse. Algunos días se encerraba con llave y se estaba solo largas horas. Poleró y Zalamero, acercándose á la puerta, tocaban suavemente. «¿Cómo va esa escena?» le decían... Desde fuera le oían recitar versos, y daban palmadas, gritando: «¡Bien, bravo; que salga el autor!»
No está de más decir que tanto Poleró como Arias y Sánchez de Guevara se permitían bromas, á veces pesadas, con Felipe; pero éste lo llevaba todo con paciencia. Lo que no parecía era el estudio, ni las prometidas matrículas.
—Tiempo tienes todavía—le decía el bueno de Arias viéndole impaciente.—Á tu edad yo no sabía ni leer. Estás aventajadísimo, y casi, casi eres un pozo de ciencia.
Hacíanle preguntas de Historia Sagrada y profana, de Aritmética y Gramática, para reirse con lo que contestaba. Era, en efecto, divertidísimo oirle.