—Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña en...
—¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.
—Poleró, que le va á hacer á usted daño la comida...
Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Ya se habla de otro empréstito...» Oyendo lo cual, el eximio Necker se llevaba las manos á la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruína... ¡Pobre país!... Yo lo digo un día y otro; no me canso de predicar... Pero no hacen caso... Al freir será el reir.»
Y al de los prismas le decían siempre: «¿Á ver, don Leopoldo, á que no cuenta dónde ha estado usted hoy?... ¿Cuántas conquistas lleva esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa ó qué ha sido?»
El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de mujeres, en las que, á ser verdaderas, se dejaba atrás á don Juan, á Lovelace y á cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el mundo. Una vez en Sevilla... aquél sí que fué lance. Otra vez en Valencia... ¡oh... cosa más dramática! Lo extraño era que él no las buscaba, y se le venían á las manos las aventuras ya bien amasadas y cocidas. Pues cuando estuvo en París, á negocios de la casa... (por cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla). En fin, si lo iba á contar todo, no acabaría nunca. Precisamente aquella mañana, cuando salía de la oficina... (nadie sabía nunca cuál oficina era), vió una moza de buen trapío que pasó á la acera de enfrente y le miró... ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre. Después había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco rato entró Sagasta, el cual le dijo... Pero ¿á qué referirlo? ¡Qué máquina de embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios, y cuando volviera á Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie, porque con sigilo es como se llevan adelante las grandes empresas. Bien querían los progresistas conquistarle; pero él no les hacía caso, porque veía las cosas bajo el prisma de la serena razón, y... á buena parte iban...
Concluído el comer, la única persona que no había desplegado sus labios en toda la noche, el taciturno y comedido don Jesús Delgado, era quien primero se levantaba, y dando tímidamente las buenas noches, íbase tranquilo á su cuarto, donde le aguardaba la interrumpida obra de sus cartas. Los demás salían en tropel ó separadamente. Unos corrían presurosos al café; los más aplicados se encerraban á empollar las lecciones del día siguiente, y en el comedor sólo quedaban al fin Virginia y su berberisco esposo, el cual, á tal hora, siempre había de tener reyerta con ella, unas veces en bárbaro tono, otras humorísticamente, siendo el motivo y término de tales disputas que Virginia le diera algún dinero para irse al café y al billar. Cuando ella sacaba, generosa, un portamonedas más mugriento que su conciencia; paz y risotadas; cuando no, mugidos y un soliloquio de verbos y amenazas que duraba hasta media noche... Comparada con él, era Virginia una hembra superior, heroína de virtud, abnegación y trabajo. La explicación de que una mujer de mérito (relativo) estuviese unida á un bárbaro semejante y que trabajase para mantenerle, no se encuentra, no, en la superficie de la humana naturaleza; hay que ir á buscarla á los senos más hondos y secretos de ella. Pero Virginia se vengaba de su gigante aborreciéndole y despreciándole en gran parte de las ocasiones de su vida, de tal manera, que le ponía en el postrer lugar de sus afectos y le consideraba menos que al último de los huéspedes, menos que á la criada, menos que á Julián de Capadocia.
IV
Á vivir en esta sociedad y entre tales personas quiso la Providencia llevar á Felipe, después de pasarle por la escuela y familia de don Pedro Polo. Ella se sabrá por qué lo hacía. Hubo dimes y diretes entre Virginia y el manchego Alejandro sobre la admisión de Felipe en la casa. Era muy desusado, en verdad, que los huéspedes tuvieran sirvientes, y un estudiante con escudero no lo había visto Virginia en todos los días de su vida. Pero á Miquis no había quien le quitara de la cabeza el proteger á su querido Doctor y facilitarle medios de aprender alguna cosa. Tocado de una como demencia filantrópica, estaba decidido á pagarle hospedaje, como lo hizo, celebrando formal convenio con su patrona... No faltaba en la buhardilla un huequecito, ni en la mesa de la cocina un plato más ó menos lleno. Convenido y realizado. Siempre que aprontase un diario de seis reales por cabeza de criado, don Alejandro podría llevar á la casa todos los Doctores que quisiera.
Por de pronto, Centeno estaba contentísimo, y no se habría cambiado por los mortales más dichosos, ni por los que se hartan de honores y ganancias en elevados puestos, ni por los que vuelven de América cargados de caudales. ¡Verse entre tanto señorito listo, entre estudiantes que hablaban y contendían á todas horas sobre cosas de sabiduría, y además de esto comer bien, no recibir porrazos, no ver á doña Claudia...! Esto era como vivir en la gloria y ver colmadas las ambiciones más atrevidas.