Pasaba luego al cuarto de Cienfuegos, y de todos los libros que sobre la mesa había, se iba derecho á uno lleno de láminas; ¡pero qué láminas! Inspiraban á Felipe una especie de horror sagrado y curiosidad febril. ¡Ave María Purísima! Allí había vientres abiertos, tripas sanguinolentas, cráneos levantados como se levanta la tapa de una fosforera. Era algo como lo que cuelga en los ganchos de las carnecerías... Con el alma en los ojos, Felipe leía los letreritos... Páncreas... estómago... Más adelante: bronquios. «Sopla, pues esto es los gofes.» Músculo ciático. Y se tentaba el cuerpo diciendo: «Aquí está. Estas figuras son lo propio de nuestro cuerpo.» Se pasaba allí las horas muertas, absorto, hasta que entraba Cienfuegos y le sorprendía: se enfadaba un poco; pero desenojándose pronto, decíale:

—Ve á ver si Guevara tiene cigarrillos.

Los libros de don Basilio no ofrecían maldito interés, y Felipe les habría arrojado al fuego si le dejaran. La Deuda del Tesoro y el déficit. Este folletito estaba encima de un voluminoso libro. ¿Á ver? Presupuestos de 1862-63... ¡Vaya unas papas! El señor de los prismas no tenía en su cuarto más que un Calendario del Zaragozano y una novela de á peseta, cuya mugrienta cubierta estaba llena de redondeles de sebo, señal de que Montes apagaba la luz con el libro. Muchos volúmenes y apuntes tenía Zalamero; pero ¡qué cosas tan insulsas! Nunca pudo Felipe sacar substancia de aquello. La Cuarta Falcidia... Los Testamentos. ¿Qué le importaban á él los testamentos?... La mesa de su amo contenía revuelta colección de obras diferentes; pero había sin fin de libracos en francés... ¿Á ver? Balzac, Scribe... ¿De qué trataría aquello? Le pe... re Gori... Gori... Memo... moires, memorias de Deux jeunes... de Diógenes querría decir... El demonio que lo entendiera. Centeno no acertaba á comprender para qué leía su amo aquellas tonterías... Don Víctor Hugo... Ruy Blas... esto sí era claro. Schiller... Don Carlos... también clarito. Seguían muchas comedias ó dramas en verso castellano. Aquello ya era más claro. Leía mi Doctor las primeras escenas; pero luego se cansaba, porque, á su parecer, todas decían lo mismo.

Poleró, que le tenía cariño, le llamaba:

—Ponte á estudiar, Felipe. No le revuelvas los papeles á tu amo. Ven á mi cuarto... Siéntate aquí, á mi lado. Coge tu libro.

Y él se ponía á estudiar Analítica y Mecánica. El Doctor leía también un poco; pero aburrido muy pronto, salía y entraba para matar el fastidio.

—Estate quieto. Me estás distrayendo. Mira que te pego... ¿Quién anda ahora por el pasillo?

—El señor de Zalamero.

—¿Pero estaba en casa Zalamero?

—Sí, señor. Ahora salía del cuarto de la patrona.