Poleró rompió á reir. Endeble tabique separaba su cuarto del de Zalamero, y en él daba algunos golpes el maligno catalán diciendo:
—Zalamerín, ¿estabas en casa?
No respondía el otro. Mas Poleró, saliendo al pasillo, se ponía á toser fuerte.
—Ejem, ejem.
Y Sánchez de Guevara respondía desde su cuarto con iguales toses. Arias aparecía también tosiendo.
—Vete al comedor—decían á Felipe,—y mira á ver si está Alberique.
—¿Qué ha de estar? La señora le dió dinero para que se fuera al café...
Cuchicheos, risas, reunión de los tres en el cuarto de Poleró, y redobles en el tabique, sin lograr que Zalamero responda. Felipe, mensajero de Cienfuegos, entra de súbito:
—Dice don Juan que si alguno de ustedes tiene cigarrillos.
—Toma dos... ¿Ha entrado don Leopoldo?