Era tan estrafalaria figura, que sería preciso buscarle semejante en las momias egipcias ó en salvajes y feos ídolos africanos. Como había cambiado de sitio, Miquis no le encontró al tornar á la rampa. «¡Ah! pillo»,—murmuraba, volviendo á un lado y otro los ojos, hasta que llegó hasta él la voz débil del héroe con estas palabras:
—Señor... que no me he ido... que estoy aquí.
—Pues te vas haciendo confianzudo... ¡Qué fresco!...—le dijo el estudiante de leyes, sentándose frente á él.—Si creerás que te voy á dar la capa... No seas tonto, tápate, tápate más. Eso se llama cogerlo con gana. No, no te entrarán moscas.
—Señor, tengo mucho frío... Luego se la daré.
—Me gusta la franqueza... Parece que no eres corto de genio.
El otro se reía dando diente con diente. El frío y cierto gozo que cosquilleaba en su espíritu, se expresaban juntamente en un solo fenómeno.
—Vamos á ver. Has de responderme sin mentira... porque tú eres muy mentiroso... ¿Cómo te llamas?
—Celipe.
—¿Y qué más?
—Celipe Centeno.