—¿Pero has visto qué célebre...?

—¿Quién está ahí en el suelo?... ¿una chica?

—Un gandul que hemos encontrado como muerto. Le ha dado su capa.

—¡Alejandro!... ¡Otro como éste...!

Miquis subía paso á paso, frotándose las manos. Con zumba y chacota le acogieron sus dos amigos.

—Tú no aprendes nunca—le dijo el registrador del firmamento.—Dale bola... que te vas á quedar sin capa... Y van dos.

—No lo creas. Es una persona honrada.

Ruiz se partía de risa.

—Este pobre Miquis es de lo más inocente...

Los tres fueron hacia el Observatorio nuevo, donde está la gran ecuatorial y las habitaciones de los astrónomos. Entraron; pero al poco tiempo salió Alejandro y bajó hacia donde había dejado su capa. Conviene decir que el llamado héroe se hallaba muy bien dentro de su inesperado sayo, y empezaba á mirarlo como cosa propia. Poquito á poquito se fué acomodando en la sabrosa amplitud pegadiza del paño, y al fin, como quien no hace nada, se embozó hasta los ojos. ¡Qué gusto!... ¡Y qué bien comprendía la felicidad de los escogidos mortales que poseen una capa! En su vida había probado él las delicias de prenda tan amorosa. Así, cuando se vió solo, aliviado del respeto que le imponía su favorecedor, se familiarizó más con la hermosa tela, y se envolvió mejor, y la apretó contra sí. Lentamente se desvanecía el horrible malestar que le había privado de conocimiento; pero el maldito frío no se le quitaba. Sus fuerzas eran escasas, y cuando probó á ponerse en pie tuvo que dejarse caer de nuevo, porque las piernas no querían sostenerle. Como sabandija herida, se fué arrastrando hasta un lugar más seco y abrigado. Buscando apoyo en el tronco de un árbol, se sentó en cuclillas, se colgó la capa sobre la cabeza y se tapó con ella todo, no dejando abierto más que un triángulo, por el cual le asomaban solamente ojos y nariz.