Vive Dios, que es tal hazaña

digna de un Téllez Girón...

Como ecos, repercutían en su cerebro las rimas de la redondilla: galardón... España. Y volvía á dormirse para despertar de nuevo alarmado con estos gritos:

¡Hola!... ¡prendedle!... ¡traición!

¡Necio, atrás!... ¡Italia es mía!

V

Porque Alejandro era autor dramático. Tenía tres dramas, ya desechados por su propio criterio, y uno flamante, nuevecito, que era su sueño, su gloria, su ambición, sus amores. Tan cierto estaba él de que se había de representar como de su propia existencia, y tan seguro y patente consideraba el éxito, cual si lo estuviera viendo con los ojos de la cara... Ideas para otros dramas, planes brillantísimos, ¡oh! teníalos por docenas y se le ocurrían á cada momento: al levantarse, al salir, al tomar café; mas érale forzoso apartarlos de sí para que no le atormentaran, apoderándose antes de tiempo de los ricos moldes de su cerebro. Convenía que tanto verbo fecundo aguardase la oportunidad de su encarnación, y que tanta vida nueva tuviera calor interno antes de ser sometida al trabajo de forja. Después que se representara El Grande Osuna, vendrían otras obras y éxitos más colosales, ¡Misión altísima la suya! Iba á reformar el Teatro; á resucitar, con el estro de Calderón, las energías poderosas del arte nacional. Como los más puros místicos ó los mártires más exaltados creen en Dios, así creía él en sí mismo y en su ingenio, con fe ardientísima, sin mezcla de duda alguna, y mayor dicha suya, sin pizca de vanidad.

¿Y por qué no había de tener razón? Entre sus compañeros y amigos no eran unánimes los pareceres respecto al superior ingenio de Miquis. Unos le tenían en mucho; otros en poco; quién por un visionario; quién por tonto ó algo menos. Los compañeros de casa le amaban por sus prendas morales, entre las cuales descollaba el corazón más generoso, más expansivo, más copioso de afectos que puede imaginarse; pero en lo tocante al numen, también variaban las opiniones. Poleró, sin conocer el drama, sostenía que era un hatajo de inocentadas, y que el mayor favor que se podía hacer al joven manchego era quitarle de la cabeza sus pretensiones de autor dramático. Cienfuegos no pensaba lo mismo, y veía en Alejandro, mejor dicho, columbraba en aquel espíritu algo misterioso y grande que no existía en los demás.

Físicamente era raquítico y de constitución muy pobre, con la fatalidad de ser dado á derrochar sus escasas fuerzas vitales. Sus nervios se hallaban siempre en grado muy alto de tensión, y todo él vibraba constantemente, como cuerda de templado metal, sin cesar herida por el divino plectro de las ideas. La fiebre era en él fisiológica, y el organismo del cerebro constitucional y normal. Era un enfermo sin dolor, quizás loco, quizás poeta. En otro tiempo se habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una víctima de la neurosis.

Desde la infancia se había distinguido por su precocidad. Era un niño de éstos que son la admiración del pueblo en que nacieron, del cura, del médico y del boticario. Á los cuatro años sabía leer, á los seis hacía prosa, á los siete versos, á los diez entendía de Calderón, Balzac, Víctor Hugo, Schiller, y conocía los nombres de infinitas celebridades. Á los doce había leído más que muchos que á los cincuenta pasan por eruditos. Su feliz retentiva le había familiarizado con la historia de los libros de texto. Á los catorce Abriles, varones graves del país le consultaban sobre materias de Historia, Mitología y Lenguaje. Era general allí la creencia de que el Toboso, ya tan célebre en el mundo por imaginario personaje, lo iba á ser por uno de carne y hueso. Destináronle á estudiar Leyes. Los amigos de su papá decían: