—Éste que empieza por literato y poeta, acabará, como todos, por orador político y ministro de cuenta. El Toboso tendrá al fin su prohombre.

Le hemos conocido cuando llevaba tres años en Madrid y veintiuno de existencia... ¡Pobre Miquis, trabajador incansable de lo ideal, aprendiz de creador! Merecería ingresar en las familias mitológicas y que le representaran en figura de un forjador maravilloso, alumno de Vulcano, ó ladrón de sagrado fuego como Prometeo. ¡Desgraciado Miquis, siempre devorado del afán del arte; perseguidor con fiebre y congoja de la forma fugaz, y rara vez aprehensible; atormentado por feroces apetitos mentales; ávido del goce estético, de esa inmaterial cópula con la cual verdad y belleza se reproducen y hacen familias, generaciones, razas! También las ideas son una especie inmortal que habla con briosos instintos en las entrañas del artista, diciéndole: «Propágame, auméntame.»

Hombre dado á los demonios, ó en otros términos, consagrado al peligrosísimo ejercicio de la imaginación, odiaba el Derecho. Para él, la humanidad inteligente no había echado de sí cosa más antipática que aquel jus, idea suspicaz, prosáica y reglamentadora de la vida; idea enemiga de la pasión, de lo ideal, destructora de la personalidad libre y de la poesía. El jus no era otra cosa que el eterno Sancho Panza... Iba Alejandro á clase lo menos posible, y siempre de mala gana. Pero había sabido ganar sus cursos y aun obtener con poco trabajo regulares notas. Nunca fuiste tirano, amigo Sancho.

En los primeros años de la vida de este jovenzuelo en Madrid, era su carácter jovial, exaltado, bullicioso. Amenizaba el círculo del café con su peregrino ingenio. Las metáforas símiles y paradojas brotaban de sus labios como de un manantial inagotable. Cuando él no iba, faltaba el espíritu de la tertulia, el sentido cómico y transcendente de todo lo que allí se hablaba... Pero al tercer año empezó á determinarse en Miquis una transformación que había de ser pronto mudanza profundísima ó paso orgánico, precursor de otro paso moral. Su humor festivo se trocó en melancólico; cada día le eran menos simpáticos el bullicio y la gárrula palabrería del café, y si bien quería con leal cariño á todos sus amigos, muchos de éstos le molestaban. La gran batahola que se hacía en su cuarto érale ya insoportable. No teniendo carácter para expulsar á los intrusos, pues era incapaz de ofender á sus compañeros, esperaba las horas silenciosas para aislarse. De día paseaba por lugares solitarios, buscando la dulce impresión que traen al alma los objetos extraños y no vistos constantemente. De noche y á la hora en que nadie podía turbarle, leía y escribía, protegido del silencio y paz de la madrugada.

El drama, aquel pedazo de Cielo caído sobre la frente de un hombre, estaba ya terminado. ¡Feliz suceso que dejaba una marca indeleble en el tiempo! Él solo bastaba á hacer rosadas las auroras, suaves y poéticas las noches y las tardes, hermosas las horas todas. Alejandro lo había leído á un autor mediano, pero muy corrido en la escena, hombre de éstos que llaman prácticos en el arte, el cual, callándose su opinión sobre el mérito real de la obra, hizo observaciones que dejaron helado al pobre Miquis. La división en cinco actos era inadmisible. Habían de ser tres solamente, porque nuestro público no aguanta más. Pues, y aquella lista de treinta personajes, ¿cómo podía ajustarse al exiguo personal de nuestras compañías? El Schiller hispano había explanado sus ideas, como el tudesco, en un escenario inmenso, lleno de diversas figuras, con pueblo y todo. ¡Qué inocencia! Forzoso era cortar por lo sano, no dejando más que el cogollo de la obra. ¡Fuera aquel cardenal Borja, el gonfalonier, los cuatro capitanes ó arraeces de galeras, los dos lazzaronis, el príncipe Colonna! ¡Fuera también el jefe de los uscoques, los dos frailes camaldulenses y otras figuras que más eran decorativas que esenciales! Resumen: hacer de cinco actos tres, sin que ninguno subiera de 1.000 ó 1.100 versos; quitar quince personajes lo menos; simplificar mucho, y hacer decoraciones fáciles, pues la que decía Ribera de Chiaja, con varias galeras atracadas á la derecha, el palacio vicerreal á la izquierda y al fondo el Vesubio, era para hacer morir de espanto al pintor y maquinista.

Con grandísimo dolor emprendió el manchego la refundición de su obra. Á cada miembro cortado, echaba sangre su corazón de padre; pero no había remedio, ¡zas! Más que trabajo de reducción, debía serlo de compresión. Era necesario coger al gigante y comprimirlo hasta poder encerrarlo en un frasco de alcohol, como los fetos. Mucho padeció el poeta; pero al fin triunfó de sí mismo. Sólo que no pudo reducir los cinco actos á tres, y la obra quedó en cuatro. Había quitado trece personajes, y entresacado casi la mitad de los versos.

¡Gracias á Dios! El director de un teatro leyó la obra y la encontró excepcional. Estaba el hombre entusiasmado; pero al expresar su regocijo á Miquis y al felicitarle, indicóle la necesidad de nuevas modificaciones. Todavía era forzoso comprimir más. La obra cabía ya en un frasco: era menester que cupiera dentro de un dedal. ¡Nuevo trabajo, nuevos afanes! En esto se ocupaba Alejandro en aquellas madrugadas, viviendo solo en el gabinete de la esquina, después de su cambio de fortuna. Á tales horas, excitado por su labor, sentía febril entusiasmo; había algo de convulsivo y epiléptico en la onda de vibraciones nerviosas que de su cerebro salía, viniendo á morir en su epidermis. Su sangre era lumbre; el pulso se aceleraba, corría, como viajero impaciente. Su fantasía poderosa encendíase á la acción magnética de aquel estilo ampuloso y calderoniano. Los personajes del drama tomaban á sus ojos figura y realidad teatral; vivían, si no la vida del mundo, la oropelesca y convencional del teatro, cubierta de vistosos remedos vitales. Veía, tan claramente cual si lo tuviese delante, á don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, virrey de Nápoles, insigne caudillo de mar y tierra, político, diplomático y muy galán, figura que el poeta soñaba como la más gallarda muestra del ánimo español, de la ambición sublime y del desorden caballeresco; veía también al solapado veneciano Ángelo Barbarigo, figura sombría y trágica con olor y color de sangre; al aventurero normando Jacques Pierres; al sarcástico y honradísimo Quevedo, secretario del Duque, y, por último, á la enamorada Catalina Paoli, la Carniola, robada á los uscoques por Jacques Pierres, como verían bien los que la obra conocieran. El lugar de la escena igualmente revivía en la fantasía del poeta, y poco le faltaba para ver con los ojos mortales al propio Nápoles con su Vesubio ardiente, su pintoresco mercado, su mar y su cielo más azules que lo azul, la delirante alegría de su pueblo, su naturaleza á la vez florida y plutónica, llena de hierbas y lavas, prodigio de la Naturaleza, arca del paganismo, compendio de toda la hermosura terrestre.

Sentir este entusiasmo vidente y no poder comunicarlo á otro sér, era el mayor de los tormentos. Sus amigotes no le comprendían, y algunos de sus compañeros de casa se burlaban de él. Ya el maligno Poleró, hablando del drama, lo había llamado El gran Cerco de Viena, y Cienfuegos, el mejor amigo de Alejandro, no le mostraba un afecto muy vivo sino cuando necesitaba de él para salir de sus apuros. No podía comunicarse más que con Felipe, él cual era un inocente y no entendía palotada de teatro, ni de arte, ni de historia; pero tenía un alma cariñosa y entusiasta, que respondía siempre con dulces vibraciones de amor á toda acción ó ideas procedentes del alma idolatrada de su amo.

Dormíase Felipe algunas noches en el sofá del gabinete. Su sueño era profundo; pero bastaba que Alejandro le llamase para que se despertara, como él excitado, como él dispuesto á las alucinaciones. Sin duda, por la simpatía y parentesco de ambas almas, la pasión artística de la una se comunicaba á la otra, venciendo su rudeza.

Entre serio y burlón, Alejandro le decía: