—Perdone usted, don Leopoldo...

—Abajo con él... Aunque sea amargo...

—Así es más estomacal.

—Muchas gracias, señores...

—Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta noche.

Sale Montes. Jaleo, risas, música... Óyese aquello de: Don Basilio, giungete á tempo... ¿La calunnia cos’è, voi non sapete?... Se don Basilio venessi á ricercarmi, ditelli ch’aspetti, y otras frases en que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba no lejos de allí, sacando de su seco caletre el tremendo artículo sobre el déficit, todo números y cálculos; artículo que si alguien lo leyera se quedaría yerto de patriótico espanto.

Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenían, de tiempo atrás, vivísimos deseos de entablar conversación con el taciturno huésped don Jesús Delgado, para del coloquio pasar á la confianza y poder con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexplicables quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le enviaron con Felipe un recado invitándole á tomar café. Pero respondía siempre con mucha finura, dando las gracias y declinando el honor que se le hacía.

Poleró, con ardiente curiosidad, no perdía ocasión de hablarle. Si le encontraba por acaso en el pasillo, le detenía:

—Muy ocupado, ¿eh...?

—¡Ah!... eso siempre, figúrese usted, ¡oh!...—respondía el otro haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan alborotados que ninguna facción quería estar en su sitio.