Otra vez le decía el catalán:

—¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentí levantarse...

—No, señor... ¡oh! Trabajando hasta la madrugada... Figúrese usted... á lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y á todas, ¡ah! he de contestar. Buenas noches.

Poleró vivía en el cuarto próximo al de don Jesús Delgado, y algunas noches, subiéndose en una silla, se asomaba á un tragaluz abierto en lo alto del tabique. Había observado que el bendito señor, cuando no se paseaba de largo á largo por la habitación, escribía cartas en su pupitre.

Conforme iba despachando epístolas, les ponía los sobres; luego los sellos, de que tenía buen acopio, y las agrupaba á un lado, y con las contestadas hacía gruesos paquetes que guardaba en un arcón. Como nunca salía á la calle sino para ir al Correo, y al salir echaba la llave á su cuarto, no había medio de penetrar en la misteriosa oficina. Receloso hasta lo sumo y atento siempre á su secreto, si secreto había, don Jesús no evacuaba la plaza ni en el acto de la limpieza, y se tragaba todo el polvo del barrido antes que dejar expuestos sus papeles á un ataque de los huéspedes.

Arias sostenía que Delgado, hombre ya próximo á los cincuenta, tenía una novia perpetua, relaciones de esas que no terminan ni en el matrimonio ni en el olvido; pero este caso de platonismo de toda la vida, verosímil en el melancólico personaje, no explicaba las catorce cartas, á no ser que tuviera don Jesús catorce novias platónicas, todas poseídas de epistolaria demencia.

Aportó Zalamero algunos antecedentes del señor Delgado. Pertenecía éste á una familia bastante acomodada; era soltero, y había servido veinte años en la Dirección de Instrucción pública, desempeñando uno de los mejores destinos. Le apoyaban eminencias del partido moderado. Zalamero no recordaba bien qué clase de disgustos, qué contrariedades oficinescas obligaron á tan apreciable sujeto á dejar su destino. Tiempo hacía que estaba cesante, y la familia le trataba como á loco pacífico, sin tener con él relaciones directas.

Una noche, aguijoneados por su ardiente curiosidad, hicieron propósito los huéspedes de sacarle del cuarto, valiéndose de cualquier ardid, aunque no fuese prudente ni delicado. Invitáronle á tomar café, y como contestara negativamente dando las gracias, imaginaron atacarle con una burla de gran aparato. Miquis redactó al instante un mensaje, y se encargaron de llevarlo Poleró y Sánchez de Guevara, para cuyo acto solemne, el primero se puso un frac viejo de don Basilio y el segundo su uniforme. Entraron con toda ceremonia en el aposento, y sin preámbulo alguno, sacó Poleró su papel y empezó á leer con enfática entonación lo que sigue:

«Excelentísimo señor don Jesús Delgado: Los que suscriben, hospedados en ésta su casa, se atreven á interrumpir las graves ocupaciones de usted para rogarle se digne aceptar una modesta taza de negro café en el humilde albergue en que la amistad los reúne. Aunque la fraternidad que informa los actos de personas aposentadas bajo un mismo techo, justifica por sí este acto, los que suscriben, Excelentísimo Señor, quieren dar á la presente manifestación un móvil y origen superiores á los que tendría si fuese un simple arranque de urbanidad: quieren ¡oh! derivarla de los sentimientos de admiración y respeto hacia la augusta persona que ha prestado tan eminentes servicios al país y al mundo entero en el importante y florido ramo de la Instrucción pública.

Siendo los que suscriben, señor Delgado, escolares que aspiran á la posesión del saber en diferentes artes y ciencias, no pueden menos de sentirse orgullosísimos de vivir junto al insigne estadista que en doctas y previsoras leyes ha sabido trazar el camino por donde la juventud marcha á la conquista del Vellocino de Hierro de los modernos tiempos, señor don Jesús, que es la Instrucción.

Los que suscriben, Excelentísimo Señor, esperan que usted, con la modestia del verdadero mérito, aceptará esta humildísima prueba del respeto, de la consideración, del entusiasmo de sus compañeros de casa; y si tal honra merecen, tendrán por feliz y gloriosa entre todas las noches, la noche del 4 de Noviembre de 1863...»

Seguían las firmas.