La seriedad del acto, el tono grave y ampuloso de Poleró, pusieron á don Jesús Delgado como quien ve visiones. No supo qué contestar: todo se le volvía inclinarse y balbucir; gratitudes... Cuando dijo Poleró lo de los servicios á la Instrucción pública y del florido ramo, medio se enterneció el hombre y estuvo á punto de llorar.

Fué, mejor dicho, le llevaron casi á rastras; y cuando entró en el cuarto, precedido de la comisión, recibiéronle todos con ruidosos aplausos. El bienaventurado don Jesús estaba perplejo, conmovido, y tan creído de la verdad de lo que pasaba, que no se daba cuenta de la burla. Mientras tomaba café, los otros le abrumaron á cumplidos, lisonjas y felicitaciones de celebérrimos trabajos. Poleró era el único que faltaba, porque se había encargado de examinar las cartas y descubrir el secreto; acción que no consideraron villana, tratándose de un loco.

Diríase que á don Jesús le quemaba el asiento. Apenas apuró la taza, ya quería irse. Su turbación y cortedad eran grandes.

—Un momento más,—le decían, deteniéndole casi á la fuerza.

—Si ustedes, ¡oh! me permitieran retirarme...—respondía él con timidez.—Apenas he empezado mi tarea...

Por fin le soltaron. Una comisión había de acompañarle hasta su domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando el infeliz se encerró de nuevo, viérais á Poleró entrar en el cuarto tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque su hilarilad y los esfuerzos que hacía para sofocarla y no meter ruido, le daban convulsiones...

—¿Pero qué, pero qué es...?

—No podéis figuraros.

—¿Qué cartas son esas?

—La locura más graciosa que se puede hallar.