—¡Verbo! ¿quién me echó esta gota de tinta encima del dragón de gules? Me recopilo en la re-espantadísima madre de Reus...

—Habrás sido tú mismo, sin pensar...—murmuró Virginia, que al estruendo de los apóstrofes salió de la cocina con una sartén en la mano.

—¡Verbo!... esto es un presidio... Si supiera quién fué el re-indecentísimo que me hizo esta cochinada, ahora mismo, ahora mismo le hacía una tortilla contra la pared.

Felipe entraba. Verle el morazo y lanzarse sobre él, como tigre hambriento sobre la espantada res, fué todo uno.

—¡Tú fuiste, perro, tú!

Sin darle tiempo á disculparse, le tendió de una bofetada en el suelo. Doña Virginia dudaba si salir ó no á la defensa del chico. No lo hizo, porque le tenía cierta ojeriza á causa de los modos un tanto desenvueltos que había adquirido el Doctor, alentado por su amo y por los demás huéspedes, que le tenían cariño. La verdad en su lugar: Felipe había echado ciertas ínfulas que desdecían de su humilde condición. Á la señora patrona respondía con malos modos, y no respetaba á los mayores. Para nombrar á Montes, solía decir el tío prisma, y al señor de Alberique le mostraba antipatía y menosprecio.

Á los gritos que el muchacho daba acudieron Poleró y don Basilio. En el mismo instante, Felipe, revolviéndose iracundo, como cachorrillo herido, se levantó y buscó con sus trémulas manos un objeto sobre la mesa. No hubo de encontrar más que el cacharro con agua negruzca y dos ó tres pinceles, y cogiéndolo todo con prontitud, lo disparó contra la cabeza del moro. Este fué hacia él con ánimo de espachurrarle. Dios sabe lo que habría hecho si no se hubiera interpuesto Poleró.

—No sea usted bárbaro... No trate usted así á un pobre chico.

—Permítame usted, señor Alberique... ¿Está usted seguro de que ha sido él?...

—¿Y ustedes qué tienen que ver aquí?—gritó el bárbaro...—Métanse en sus cosas, que yo me recopilo en la espantadísima...