—¡Eh! no sea usted animal... No le aguanto á usted sus coces...
—¡Si cojo á uno...!—gruñía el moro acobardado.
—Le digo á usted—gritó Poleró con repentina cólera,—que no tiene usted que tocar á Felipe. Vaya usted noramala.
Corrió Centeno al cuarto de su amo. Alberique balbucía con estropajosa lengua excusas, blasfemias y amenazas. En esto, Virginia, que quería poner paz y evitar un escándalo, se llegó á él diciéndole:
—No seas bestia... ¿Á qué tanto grito para nada, por una gota...? ¡Qué hombre! No sé cómo...
El berberisco de Cocentaina, manso con los fuertes, tremendo con los humildes, halló en la oposición de su mujer buena coyuntura para mostrarse valeroso. Aquel león no era tal león si no tenía un cordero en que cebarse. Le habían quitado á Felipe; pues echaba la zarpa á su mujer. Como arma de fuego que se dispara, así soltó estas palabras:
—¿Y tú?... Mejor te callaras, grandísima...
¡Ay, Dios mío, lo que salió de aquella boca! Abochornada la buena mujer de oirse calificar tan indignamente por su propio marido, estuvo un momento vacilante entre el llanto y el furor. Su espíritu enérgico decidióse al fin por lo último, y se fué derecha á él gritando:
—La culpa tengo yo que mantengo animales...
Palabrita tras palabrita, pronto vinieron los hechos. Ven, Homero, y canta esta colosal pelea. Virginia descargó de plano la sartén sobre la nefanda cabeza del moro, y éste agarró con su mano hercúlea el moño de ella... Gracias que los huéspedes acudieron todos á la defensa de la señora, que si no... En aquel punto entró Zalamero, y, sin decir nada, acometió furioso al berberisco, agarrándole por el pescuezo... Momento trágico con sus vislumbres humorísticos. Don Ramón de la Cruz, ¿en dónde estabas, que no fuiste á verlo? Cayóse el fez de Alberique, y á Zalamero se le abrió la camisa por el cuello...