Levantábase siempre muy tarde; iba al café, donde estaba charlando hasta cerca de la noche. Esperábale Felipe en la Puerta del Sol, y se iban juntos á buscar dónde habían de comer. Separábanse luego, porque Alejandro iba solo á sus visitas nocturnas. En la casa, ya muy tarde, le aguardaba Centeno; hablaban del drama que se iba á representar, y luego, el amo se dormía. Á veces Centeno se iba á su domicilio, á veces se quedaba en el de su amo, durmiendo en el suelo sobre una veterana alfombra.

Por la mañana, lo primero que hacía Miquis, antes de pensar en levantarse, era deplorar su falta de fondos. La pobreza aumentaba de un modo alarmante, acompañada de terribles compromisos y sofocos. Felipe consideraba con espanto aquella penuria, y no comprendía cómo habiendo Miquis recibido de su casa algún dinero, estaba ya tan esquilmado. ¿En qué gastaba los duros?... Hacía tímidas preguntas sin obtener respuesta... Miquis, sin decidirse á abandonar el lecho, se devanaba los sesos discurriendo á qué amigo pediría, y qué argumentos eran más fuertes para apoyar su petición. Por último, daba en el quid y escribía su esquela, que Felipe se encargaba de llevar. ¡Cuánto desengaño! ¡qué horripilantes negativas! Alguna vez, entre cien, se daban casos de resultado satisfactorio. Entonces volvía Felipe lleno de gozo, que se le traslucía en el semblante.

Llegó por fin un tiempo en que Alejandro tenía que esquivar la presencia de sus amigos, que empezaban á mirarle de mal modo. El infeliz no se presentaba en parte alguna donde no viera cara de ingleses. Los que no lo eran le tenían en poco por su desordenada vida, y el aspecto de miseria y abandono que iba tomando en su vestido. El estado rentístico empeoraba rápidamente; sus deudas eran tantas, y tan perentorios los vencimientos y compromisos, que el dinero que le enviaba su padre se le desvanecía en las manos, apenas cobrado, como cosa de encantamiento.

Tuvo Alejandro que guardar cama ocho días de Diciembre, porque un fuerte catarro de pecho que le acometía todos los meses le atacó en aquél con tanta fuerza, que á poco más degenera en pulmonía. Felipe le acompañaba día y noche, procurando distraerle y apartar su ánimo de toda tristeza. Para Alejandro, verse sepultado en una cama, sin poder vagar por las calles, ir á los cafés ó á otros lugares que de noche frecuentaba, era grandísimo tormento. Hasta su exaltado optimismo se enfriaba entonces; casi, casi tenía dudas de la próxima representación del drama, y se le reproducían con dolorosas punzadas los remordimientos por haber gastado el dinero de los juros.

Impaciente por curar, echóse á la calle antes de tiempo, cuando apenas podía tenerse en pie. No quiso presentarse en ningún círculo de amigos, por vergüenza de que le vieran en lastimoso estado de ropa y con las botas descosidas. Al ver de lejos á cualquiera de sus antiguos compañeros, se apartaba para no encontrarle, ó retrocedía, ó se metía en un portal.

II

Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de todos. Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener conversación seria sobre cosa alguna; pero tenía tal entusiasmo por su amo, que no hacía diferencia en ninguna acción ni palabra de éste, y todas las tenía por acertadas, hermosas y sublimes. Era el adulador sempiterno, si esto puede decirse de una adhesión inflexible, fundada en el agradecimiento, y en un vivísimo afecto que á la vez era fraternal, filial y amistoso.

Cuando salían á sus excursiones diurnas y nocturnas, había que verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un bodegón; si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al campo raso. Daban grandes paseos por las afueras, observando la diversidad de tipos y asuntos que se encuentran á cada momento; estudiaban en el gran libro de la humanidad transeunte, cuyas páginas, llámense sorpresas, encuentros ó casualidades, ofrecen pasto riquísimo á la fantasía y á la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello cuenta, de los goces mentales que proporcionan los panoramas populares con paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en vivos altercados con las lavanderas; daban la vuelta luego por las Injurias y las Yeserías; subían fatigados á Madrid después de cuestionar con los gitanos en la Ronda de Embajadores, y, por último, algo tenían aún que hacer á las puertas de los cuarteles, oyendo conversaciones picantes entre mujeres y soldados.

Se metían también en las iglesias á oír sermones, á ver las beatas, y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de palique con los mendigos. Hasta se atrevieron á colarse una tarde en la sacristía, de donde les echaron poco menos que á puntapiés.

Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco; mas cuando lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía con vivo anhelo en los escaparates de libreros ó fotógrafos, allí donde hubiese retratos de personajes célebres. Gozoso Alejandro de verlos también, informaba al otro de los nombres, diciéndole: «Ese de la cara menuda, nariz en punta y antiparras, es Hartzenbusch; aquel joven de rostro triste, es Eguílaz; el de anteojos y bigote cano, García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el otro de cara risueña y maliciosa. Mesonero Romanos.»