Nada, nada: el sinventura Cienfuegos había formado propósito nada menos que de pegarse un tiro aquella misma tarde. Que sí, que se lo pegaba. No tenía más remedio; era cuestión de honra. Él era muy pundonoroso, y no podía sobrevivir á su deshonra... Porque como su familia no le mandaba nunca un cuarto, había hecho uso de cierta suma que le confiaran... del dinerillo perteneciente á unos huérfanos... En fin, llegaba el momento de entregar aquella cantidad. ¡Eran las cinco... las cinco! y desde las cuatro le esperaban en el café. ¿Quién? Los papás de los huérfanos; los papás no, los tíos... Total: él se pegaba un tiro, tan fresco, y... Nada, que se lo pegaba. ¡Cosa muy triste, en verdad, renunciar á la vida por cuarenta y ocho duros, tres onzas!... Pero como ningún amigo quería darle nada, por lo mucho que á todos debía... ¡Y qué casualidad y qué desconsuelo! el mes próximo tendría tres mil reales... pero seguros, seguros como si los llevara en la mano. Su tío, el boticario de Barajas, le había comprado su tanto de hijuela... Lo malo era que como se iba á pegar aquel tirito, no podría disfrutar de los tres mil reales...
Alejandro.—(Con hidalgo movimiento del ánimo y de la mano.) Toma.
Cienfuegos.—(Balbuciente, pálido y tocando con las puntas de los dedos lo que le daban.) Puedes estar seguro de que el mes que entra... ¿Qué mes es? ¡Ah! Diciembre... Sí, sí, seguro. No será en los primeros días, ¿sabes? sino allá del 10 al 12...
Eran las cinco y media. Arregladas las cuentas con Virginia, salió Miquis de la casa. Trajo Felipe al mozo que había de cargar el baúl, y él mismo llevó á la espalda su petate, que á la verdad le pesaba poco. La casa á donde fueron á parar era conocida de Alejandro, por haber visitado muchas veces en ella á un estudiante manchego, su amigo. No quiso la nueva patrona admitir á Felipe, porque allí, dijo, no se necesitaban criados, ni habían visto nunca que ningún huésped los tuviese. Sólo en calidad de tal, y pagando como su señorito, podía el Doctor ser admitido. Pero ni él tenía un solo real, ni su amo, ya caído de la cumbre de la prosperidad á la sima de la escasez, podía atender al pago de dos hospedajes. Con todo, el generoso tobosino, en la breve conferencia que amo y criado tuvieron á solas, dijo: «Sí, yo te pago: creo que tendré dinero.» Prudente y previsor Centeno, adivinó con su instintiva perspicacia las dificultades de lo porvenir.
—No—dijo,—yo me voy á vivir á una posada que conozco en la calle de las Velas... Es donde van los mieleros de la Alcarria.
La casa en que se hospedó Miquis era barata y detestable. Vivían allí estudiantes pobrísimos de Medicina, Farmacia y Veterinaria. Las habitaciones parecían madrigueras, y la comida rancho.
—Me estaré aquí unos pocos días—pensó el joven,—hasta encontrar cosa mejor.
Tan mal le supo la comida el primer día, que determinó pagar sólo el cuarto y comer fuera. Esta vida libre, nómada, irregular, le enamoraba. Según estuviese el bolsillo, así comían él y Felipe, regalada ó miserablemente: un día en la fonda, otro en un ventorrillo de las afueras, á veces en inmunda taberna de la calle del Grafal ó en alguna pastelería de Puerta Cerrada. No había mayor delicia para uno y otro que ver caras distintas, gustar distintos sabores y aliños de comida. ¡Libertad, variedad, sorpresa! Este era el principal goce de aquella errante vida.
Inseparables de la vagancia fueron ¡ay! los apuros. Alejandro vivía del crédito y de combinaciones. Cuando se le acabó el crédito, cada vez que necesitaba dinero, empeñaba una pieza de ropa, y las tenía muy buenas. Felipe era el encargado de estas comisiones, y las hacía con diligencia y hasta con inocente alegría. Llegó á tener conocimiento con todos los prestamistas de Madrid, y ya sabía dónde daban más.
Desde que adoptó la vida libre, no volvió Alejandro á poner los pies en la Universidad. Agotadas las ropas, empezó á malvender, en los puestos de libros, todos los que había comprado. La grande y la pequeña literatura, Víctor Hugo y Paul de Kock, Balzac y Pigault Lebrun, Manzoni... todos, en suma, fueron saliendo en lúgubre procesión, marchando á los desvencijados estantes de los baratillos, donde los recibían por la tercera parte de lo que allí mismo costaran. Tras esta familia simpática fueron displicentes los libros de Derecho, rotos y sucios, con los pliegos revueltos, liándose á bofetadas unos con otros. Últimamente, no le quedaban á Alejandro más que un par de volúmenes de que no quería separarse, y la ropa que tenía puesta.