—¡Mis láminas... las tiene que pagar!

—Vaya usted á donde fué el padre Padilla.

Basta... Aquella tarde, cuando ya los ánimos se aplacaron, Virginia entró con altiva arrogancia patronil en el cuarto de Miquis. Considerando que la permanencia del manchego en la casa renovaría la escena lamentable de aquella mañana; considerando, además, que Alejandro había escrito las cartas que soliviantaron el pacífico ánimo de don Jesús Delgado, venía en sentenciar y sentenciaba que el don Alejandro no podía seguir más tiempo en tan ilustre casa. La notificación fué breve y expresiva:

—Don Alejandro, vengo á decir que hoy mismo me hará usted el favor de marcharse con su criado, sus dramas y sus literaturas.


V

PRINCIPIO DEL FIN

I

Oída la sentencia, se quedó el manchego un tanto perplejo y triste. Después de larga pausa, abrió meditabundo el cajón de la cómoda, donde guardaba su tesoro; sacó los restos de él, contó... ¡Tristísimo caso! Del pingüe caudal que le diera su tía no le quedaba ya cantidad suficiente para liquidar cuentas con Virginia. ¡Qué trágicas sorpresas ofrece el destino á los hombres ricos!... ¿Pero por qué había de acobardarse? ¿Por ventura el crédito no equivale á dinero? Alejandro tenía crédito, y al punto, en caso tan apurado, iba á hacer uso de él. Salió con prisa, volvió más tarde con dos mil realejos en cuatro billetes muy lindos de á quinientos. No necesitaba tanto; pero bueno era estar preparado para las contingencias de un cambio de domicilio.

Hay días terribles, hay horas que debían ser borradas de la tabla del tiempo. ¡Por dónde se le antojó aquella tarde al bueno de Cienfuegos entrar en la casa con cara de ajusticiado, ponerse delante de su amigo, y endilgarle palabras que, por lo cavernosas y lúgubres, bien podrían salir del frío hueco de una tumba!